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Los primeros viajes de la revista Poesía

jueves 7 de septiembre de 2017
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Revista “Poesía”

El año 1971 encajó perfectamente en la dicción de Raúl Gustavo Aguirre cuando abrió la primera página del Nº 1 de la revista Poesía de la Universidad de Carabobo. Era una Valencia donde se respiraban los aires renovadores de una ciudad que aún conservaba el tinte colonial de su casco histórico, y Naguanagua todavía se mecía en la sensación de quedar muy lejos de la ciudad.

El poema de Aguirre, escrito en 1970, levitó en la mirada de los ansiosos lectores de aquella aventura que ya arribó a 46 años de existencia.

Los primeros versos corrieron por las pupilas de aquellos jóvenes fundadores:

Mis amigos, los que en otro tiempo venían,
se apasionaban por ese tema.
En la ciudad de traficantes eran
sus corazones el mayor tesoro.

Eran ellos, los iniciadores, dirigidos por Alejandro Oliveros: Reynaldo Pérez Só, Eugenio Montejo, Teófilo Tortolero, J. M. Villarroel París, Rafael Humberto Ramos Giugni y Gabriel de Santis, los poetas que calcaron sus emociones en esas páginas recién nacidas.

Desde ese número 1 hasta hoy, las palabras germinan a diario en la Universidad de Carabobo.

La diagramación la hizo Fritz Küper. Y fue en julio-agosto en la calle 132-A, Nº 98-3 de Los Sauces, donde se imprimió, en la Editora Central. El ingeniero Octavio Acosta Martínez hizo la presentación. Y desde ese instante hasta ahora no ha parado la poesía de esa publicación que festeja sus altos y bajos, sus alegrías y tristezas con la misma fuerza de su primer brote.

Pero también navegaron ese día de la lectura prodigiosa los invitados especiales René Daumal, Herman Hesse, Max Jacob e Hilde Domin.

En la contratapa se anunciaba el contenido del venidero número dos: Mario de Sa-Carneiro, Joe Bousquet, Montejo, Elsa Lasker-Schüler, Rolland de Reneville, Oliveros, Francis Ponge y Teófilo Tortolero.

El poema de Raúl Gustavo Aguirre seguía su sonora travesía por aquel paisaje de los primeros tramos de la década de los 70:

Mis amigos de pronto dejaron de venir.
Los vi de lejos detrás de los cristales
de enormes edificios alfombrados.
Les hice señas desde el viento.

Les hice señas desde el sol,
desde la luna y los planetas,
señas de espadachín, de siux, de mono.
Les hice señas pero no me miraron.

Algunos de esos amigos se han marchado. Dejaron su polvo poético sobre estas páginas como una ofrenda. Otros siguen el viaje con la misma pasión, más jóvenes, traviesos en sus versos entre silencios y muchas más páginas para decir. Pero el viaje y la aventura siguen: el sendero trazado por los pioneros continúa abierto.

La casa de la Poesía está iluminada.

La magia habla, se despliega, madura como fruta y cuelga de las ramas de un árbol que abunda en sonidos, olores y sabores.

Desde ese número 1 hasta hoy, las palabras germinan a diario en la Universidad de Carabobo, el espacio propicio para que la poesía se revele siempre.

Alberto Hernández
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