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El cascabel que llevamos dentro

viernes 16 de marzo de 2018
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“Alegoría de la Prudencia”, de Tiziano (1565-1570)Una tarde cualquiera, sin que nada venga a cuento, uno de esos cascabeles que no sabíamos, o no nos acordábamos que llevamos dentro, suena. Y como no sabíamos cómo era el sonido, nos sorprende. Y te hace vibrar. Algo así como una sacudida, parecido a cuando se mete accidentalmente un dedo en un enchufe, y todo el cuerpo se estremece. Y tras el trance, esa luz que llevaba apagada dentro del cerebro, se enciende y lo llena todo de luz. Asaltan entonces todas las dudas, los temores, los recuerdos. Y aquello que es más importante: se despierta todo aquello a lo que no éramos capaces de enfrentarnos cara a cara. En este estado, que no se sabe cómo reaccionar, quisiera uno echar a correr, o gritar, o saltar, o llorar, o reír. Entonces, en ese estado de excitación, de sobresalto, algo hace que todo se pare, que todo se calme, que todo se sosiegue. Y una voz que debe de ser el eco del cascabel, te pregunta en voz baja: ¿Qué haces? ¿Qué has hecho de tu vida? Y del estado de euforia se pasa al silencio, a pararse. Una vez así, te miras a las manos, te miras a la cara y te das cuenta de que lo que allí se refleja es una vida pasada. Entonces te asalta una duda dolorosa, que se cuela por las entrañas tal cual un dolor irresistible y agudo. Ya no hay tiempo para recuperar cuanto se ha perdido. Entonces vuelve a sonar de nuevo el cascabel, que ya no produce una descarga como la vez primera, sino que en esta ocasión actúa como un bálsamo, un susurro que te acaricia el oído para decirte: “La primavera vuelve cada año”. Quizá estas cosas no se le puedan contar a nadie. Sin embargo, te vienen a decir que en cada criatura hay algo dentro, que cuando uno menos se imagina, los resortes se disparan. Y, aunque sea una sola vez, ha de haber alguna justificación del creador para que esto que se llama vida tenga alguna verdad que nos salve. Puede que todo esto no venga a ser más que palabras que le vienen a dar gracia, ilusión, magia a la existencia. Aun siendo así, no se producirán porque uno tenga el deseo de imaginar, sino porque algo habrá dentro de esto que somos y no sabemos bien, que salga afuera para dar testimonio de que la criatura tiene sentido de estar aquí. Otra cosa, sea que alguien, una tarde cualquiera pueda traducir con palabras, lo que muchos han podido sentir alguna vez. Algo debe de tener este oficio de escribir para explicarlo. Pero jamás como privilegio, porque ay de aquel que se aparte del dolor humano, sino como mensajero, acaso portavoz de silencios y sueños. Tampoco ha de creerse uno poseedor de ese privilegio. No se olvide que en una lágrima tan pequeña cabe todo el dolor del mundo. Y en una sonrisa tan amplia, todo la memoria del amor. Y para eso no hace falta palabra alguna. Es más, sobran todas. Sólo es preciso oír el cascabel que nos habita, en ese preciso momento que suena.

José Ruiz Guirado
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