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Azorín y el paisaje manchego

jueves 30 de abril de 2020
José Martínez Ruiz, Azorín
Azorín describió con galana prosa las tierras manchegas para la eternidad.

Reivindicar a estas alturas la figura de Azorín (José Martínez Ruiz, 1873-1067); puede que nos reprochen quienes, como Francisco Umbral, en la Estafeta Literaria de 1973, justificando el escaso interés que le despertaba Azorín asegurando: “Creo que su experimento carecía en la tradición literaria española, que tiene dos vertientes: el realismo, un realismo crudo, o el barroquismo. Azorín intenta una forma de estilización que acaba en él, puesto que no tiene arraigo en la literatura española”. Quizá las características predominantes en la tradición literaria española, que explicarían Ramón Menéndez Pidal o Guillermo Díaz-Plaja, coincidan con el aserto de Umbral. Sin embargo, no asumo que le juzgase porque fuera un innovador; cuando en nuestras letras, en Literatura, la innovación es un mérito fuera de toda discusión. Mario Vargas Llosa le consideraba autor al que habría que volver una y otra vez. Justificadas o no estas preferencias personales, quien esto suscribe no oculta su admiración hacia el monovero. Y si se pudiera estar a la altura de este autor de la Generación del 98, se proclamaría continuador de su estilo. (Mas esto ya es mucho afirmar). Vayamos a lo nuestro, a cuanto nos ha traído a este breve. Y no vamos a necesitar una amplia documentación; nos basta con una sola obra, poco extensa, de la cual, con un solo capítulo, el décimo (“La Cueva de Montesinos”), con unos cuantos fragmentos más del texto, el autor nos va a esbozar, en unas certeras pinceladas, cómo es el campo manchego. Se trata de la obra: La ruta de don Quijote (Alianza Editorial, Madrid, 2013; páginas 49, 91-97). En tan sólo algunas líneas de estas siete páginas, nuestro autor va a introducir al lector en el campo manchego, sin necesidad de conocerlo de antemano, localizarlo o informarlo. En este capítulo, Azorín se encuentra en Ruidera. Don José Ortega Munilla, padre de José Ortega y Gasset, nos dice: “El notable escritor Azorín colabora desde hoy en las páginas de El Imparcial. Hoy sale de Madrid para describir el itinerario de don Quijote en una serie de artículos que seguramente aumentarán la nombradía del original humorista”. La calificación de Ortega procedería, según comentaría Jorge Urrieta en el prólogo del citado libro, a la “ironía que destila su prosa en las crónicas políticas”. Veamos qué nos dice Azorín cuando sale de Ruidera: “Y cuando sale del poblado, por una callejuela empinada, tortuosa, de casas bajas, cubiertas de carrizo; cuando ya en lo alto de los lomazos, hemos dejado atrás la aldea”… Una vez alejado del pueblo nos describe el paisaje que contempla: “Es sí, un paisaje de lomas, de ondulaciones amplias, de oteros, de recuestos, de barrancos hondos, rojizos y de cañadas que se alejan entre vertientes con amplios culebreos”. Una vez caminado una hora, ya dentro de ese paisaje que nos describía, ya se encuentra inmerso en él. Y, como alfarero sobrecogido por su ánimo, traza estas pinceladas, ya no sobre el barro, sino sobre las cuartillas en blanco, al acabar la jornada: “…las colinas, los oteros y los recuestos se suceden unos a otros, siempre iguales, siempre los mismos, en un suave oleaje infinito; reina un denso silencio; allá a lo lejos, entre la fronda terrera y negra, brillan, refulgen, irradian las paredes nítidas de una casa… Y la senda, la borrosa senda que nosotros seguimos, desaparece, aparece, torna a esfumarse. Y nosotros marchamos lentamente, parándonos, tornando a caminar, buscando el escondido camino perdido entre lentiscos, chaparros y…”. Afírmanos que nos dejó en galana prosa estos apuntes de las tierras manchegas para la eternidad, que hoy nos trae a estas páginas, con su acendrada pluma. Juzgue el lector por sí mismo este fragmento, en la página 49 de la misma obra: “Yo abro la ventanita; la ventanita no tiene cristales, sino un bastidor de lienzo blanco; a través de este lienzo entra una claridad mate en el cuarto. El cuarto es grande, alargado; hay en él una cama, cuatro sillas y una mesa de pino; las paredes aparecen blanqueadas con cal y tienen un ancho zócalo ceniciento, el piso está cubierto por una recia estera de esparto. Yo salgo a la cocina; la cocina está enfrente de mi cuarto y es de ancha campana; en una de las paredes laterales cuelgan los cazos, las sartenes, las cazuelas; las llamas de la fogata ascienden en el hogar y lamen la piedra trashoguera…”.

José Ruiz Guirado
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