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La poesía indignada de la venezolana Astrid Salazar

domingo 26 de mayo de 2019

La poesía indignada de la venezolana Astrid Salazar, por Julia Elena Rial

Este texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2019 con motivo de arribar a sus 23 años.

La vida parece encogerse en la poesía de la joven venezolana Astrid Salazar. Desde el 2001, cuando se hace merecedora del Premio de Poesía Interliceísta Sergio Medina, en Maracay, no ha dejado de sorprendernos con un lenguaje que arrincona vejeces líricas, renueva y estremece.

Cada palabra, tiempos inéditos, silencios expresivos, espacios que abren y cierran interrogantes, parecen salir de un cofre donde la poeta guarda sus temas constantes: la ciudad, la casa, los olvidos, las ausencias, reclamos, y también el amor.

Dice en “Casa de mi niñez”:

Si he de volver a vivir
quiero nacer en ella
entre sus paredes blancas y verdes
bajo su techo agrietado y envejecido

(…)

Casa de mi niñez.
eres mi gran refugio
en donde volveré a nacer
y volveré a vivir.

Con el tiempo la palabra se vuelve audaz, no acepta disculpas ni promesas. Se convierte en epitafio y desahucio. La impotencia ante el desamparo la lleva a escribir:

Tengo quebrantada el alma

tiene 39 grados
y a veces tose
escamándome los huesos.

Tengo resfriada el alma
no
estos son inventos de las abuelas

sólo son huecos en el hilván de la falda
y se descosen
en puntadas fuertes detrás de los ojos.

Tengo el alma en 39 grados
porque estoy fuera de juego (…).

Las palabras se convierten en imágenes, ellas van formando la arqueología de presencias que cobran vida: la casa, las tazas de té y café, la cama, el cuerpo, la calle, la basura.

La poesía es un oficio urbano
lleno de espera y té amargo
es una lágrima que quiebra la cerveza
de nuestras manos.

La sensualidad envuelve sus imágenes poéticas. Adjetivos y sustantivos estremecen en cada verso por su crecimiento elocuente. Los cinco sentidos acusan la añoranza del ausente.

Ayer perdí tu calor del lado derecho de mi cama
y todo este reino de soplos de segundos
que me hizo ser muralla china, se desploma
junto a ese VapoRub untándome mi pecho.

La ausencia es tema recurrente en la poesía latinoamericana: Delmira Agustini, Alfonsina Storni, María Calcaño, Mario Benedetti, Roberto Juarroz, Nicolás Alberte trajinan el camino con diferentes visiones y emociones.

Modernistas, vanguardistas, posmodernos, neogóticos, idealistas, materialistas, expresan sus variadas sustancias poéticas con expresiones rítmicas, muchas veces de inestabilidad y transgresión.

Astrid es depositaria del sentir del tiempo actual, el cual, al límite, agota su reserva de espera. La palabra se retuerce, explosiona en elocuentes metáforas que encierran su estado de ánimo. Reverbera un lenguaje rugoso, de reclamo e incertidumbre. Expresión de la desarticulada Venezuela de este siglo XXI. Es en estos momentos poéticos cuando Astrid revela su poesía del ver, sentir, oler, oír, gustar.

 

Roland Barthes debe sonreír desde su tumba francesa, disfrutar con la sensualidad de los poemas de Astrid, cuyos versos la convierten en su propio personaje que cuestiona la realidad, la dramatiza, la ficciona. Aunque nuevos tiempos reclaman nuevas poéticas, siempre el atrás alimentará significados, fertilizará los lenguajes.

La poética de Astrid Salazar es la de un país que se esconde en mentidos guiños virtuales. Es la lírica con la que la poeta llama a la reflexión, para marcar su dolor en el reloj virtual que suena con el tic-tac de las ausencias. Un metadiscurso de exilios obligados le hace decir:

Enviaste una carta
en el destino está grabado mi nombre
la leeré algún día
tal vez cuando esté sola
y no existan voces que confundan.

Astrid habla “desde el hueso y la carne del alma”, como decía Miguel de Unamuno.

Con el don exclusivo de la creatividad estimula el sentir del lector, quien comparte junto a ella esa lucha interna que desgarra y duele. La musa invocada nos deja su mensaje, desde la creación, la recepción y el vuelo de cada fantasía. Allá en la lectura surgirán las diferencias; se enriquecerá su legado poético, porque el arte del lenguaje no obedece a mandatos externos, ni a élites ni a populismos. Tampoco responde a requerimientos ideológicos de culturas masificadas.

Astrid escribe para quien respeta la sinceridad del sentir y escribir lírico, y sabe comprender los ruidos sordos del dolor, la tristeza, la rabia, el desamparo. La poeta construye el ritmo de su materia sonora del lenguaje. Pide un mundo sensible, encierra en cada verso un juicio de valor humano.

Palabras, sílabas, vocales, consonantes ajustan sus moléculas, se acurrucan o liberan para expresar el mundo que las hostiga, logran su resonancia en las ideas que emanan de sus versos: creatividad, libertad, humanidad, en esta Venezuela que se ha convertido en un gran oxímoron del siglo XXI.

No es por menospreciar a quienes ya han transitado
estos caminos mórbidos
en una Venezuela con zapatos de quinta
donde ya queda claro
todo está desmembrándose.
las suelas desgastadas
las costillas junto al espinazo
el romper la bolsa de basura
para el festín.

La poeta sabe que cuando no se habla se confunde y crea la nada. Por eso allí esta sin descansar, con el trasnocho de sus protestas, con las rabias por tantas ausencias, con sus objetos convertidos en imágenes vívidas, con sus madrugadas de temor solitario cuando cada mañana sale a trabajar, con indignación al ver niños que revuelven la basura en búsqueda del mendrugo de pan. Ella está allí, sonando la huella de tantos amores distantes.

La palabra poética salva lo perdurable para no naufragar en lo azaroso del mundo actual. No es un pretexto para convertir las ausencias y demandas en desafíos de Eros, sino un grito lírico en la complejidad de lo cotidiano. Sin excesos retóricos, con el fraseo neomoderno que convierte el lenguaje en estigma de un mundo que se evapora.

Astrid Salazar logra la alquimia profunda y misteriosa de expresar en sus poemas el ritmo vital de un corazón que sacude la palabra, saborea las lágrimas en un tumulto lírico que expresa la congoja del país cotidiano.

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