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Nuestra tierra tan pobre, de Jan Queretz

martes 9 de junio de 2020
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“Nuestra tierra tan pobre”, de Jan Queretz
Nuestra tierra tan pobre, de Jan Queretz (edición del autor, 2020). Imagen de portada: detalle de Mulheres, de Iberê Camargo. Disponible gratuitamente en la web del autor

Nuestra tierra tan pobre
Jan Queretz
Novela
Edición del autor
Caracas, 2020
208 páginas

1

La imagen es la causa secreta de la historia.
El hombre es siempre un prodigio, de ahí que la imagen
lo penetre y lo impulse. La hipótesis de la imagen es la posibilidad.
José Lezama Lima, Imagen y posibilidad

La imagen está centrada en la muerte. La imagen es una mujer que mata con los ojos. La imagen es la violencia, ese prodigio que convierte al ser humano en un nombre, en un símbolo. Y la pobreza es la justificación social para que el mosaico del barrio elabore sus propias leyes. Y la causa secreta de la historia concentra su energía en todos los nombres que pasan por estas páginas, por esta novela de Jan Queretz, Nuestra tierra tan pobre, un entramado de seres donde el odio también forma parte de la imagen que el poder ha sabido construir desde un enclave que se ve desde la opulencia de la gran ciudad.

Caracas es el gran barrio donde nuestro autor ha armado estas historias que se entrecruzan en varios tonos, en distintos espacios y laberintos de una colmena donde sobreviven o mueren los muertos de la memoria.

La gangrena crece a orillas de la ciudad, la Caracas que emerge con los túmulos de los edificios.

La posibilidad dejó de ser tal para consumirse ella misma en la realidad. Queretz ha estado en los barrios cuya imagen lo ha convertido en la voz de todos los fantasmas que los habitan. Mujeres y hombres, referentes de una incuestionable verdad, se hacen novela, una novela que rasguña, escuece y se formula tanta realidad, tanta posibilidad, que deja de ser ficción para ir más allá: metaficción donde la muerte, el terror, el abuso, las violaciones, son los hilos que se anudan para converger en un universo de insanias.

La pobreza ha dejado de ser una hipótesis. Se puede teorizar acerca de su presencia, del hedor que emana de sus laberintos, callejuelas, escaleras, charcos y cadáveres descompuestos: seres que han recibido el disparo que nadie ha disparado, el disparo anónimo que se convierte en rumor mientras la vida es sólo, también, un instante para buscar en la metafísica las respuestas para poder seguir abonando el odio.

La gangrena crece a orillas de la ciudad, la Caracas que emerge con los túmulos de los edificios, desde donde se puede sentir el hedor de la muerte, el silbido de los disparos y la maraña de los resentimientos.

 

2

…habíamos asumido la pobreza como un apostolado,
sabíamos que se trataba de una condición definitiva. No nos sentíamos
como espías dentro de ella. Y mucho menos como informantes de la miseria.
Sencillamente, éramos militantes de una condición
con una práctica que nos conduciría inevitablemente a lo desconocido…
Alejandro Padrón: Escuela para pobres

Quien está sentado en el borde del barranco, desde donde aprecia las luces de Caracas, sabe que la pobreza es un signo, la marca bíblica en la frente. Pero también está presente en su mirada la vocación por la pobreza, por no querer salir de ella, por no querer huir de los recuerdos, de los muertos vivientes que lo acosan. Para querer huir de la venganza.

Cada personaje de esta novela se construye a sí mismo. Es un reflejo que la realidad no ha podido ocultar y que la literatura ha sabido aprovechar para sacarla a la luz. Desde los iniciales días del éxodo campesino hacia Caracas, desde ese mismo instante, se sembró en los primeros habitantes de los cerros de Caracas la idea de asomarse al vacío. El apostolado de la pobreza consiste en hacer de la solidaridad un encuentro con la tragedia. Una militancia que contiene un largo testamento en el que se reparten bondades y maldades, sobre todo las maldades a través de la práctica delincuencial, las creencias esotéricas y el sexo como resignación.

No obstante, los pobres, los que respiran en estas páginas, abren muchos canales para llegar a un lugar: el río donde se depositan todos los olvidos: arrojar cadáveres al Guaire es una fórmula para despejar la carga del odio, para despejar la carga de un cuerpo que pensaba, que hablaba desde el monólogo interminable de sus dolientes.

El barrio es la concentración de todos los sentimientos, de los odios y querencias, de las utopías.

El barrio concentra todos los dolores, todos los hedores, todos los brebajes de los brujos, los malos y buenos deseos. Dios es un asomo en cada muerte, en cada herida, en cada llaga, en los ojos de un personaje que con sólo mirar mata o desgracia.

La Mortal es una representación. Es el personaje/mujer que recorre casi toda la narración. Es el personaje que se deslinda de la vida —fue asesinada— para seguir siendo amada, cuyo amor era un riesgo, un grave peligro para quien la deseara o la tuviera como propiedad.

Todos los personajes se hacen uno solo: el barrio es un solo nombre. El barrio es la concentración de todos los sentimientos, de los odios y querencias, de las utopías: vivir en la ciudad en alguna casa o apartamento que el poder ofrece y casi nunca cumple.

Ser el jefe del barrio es ser el dios de la calle. Los pranes o líderes negativos, una creación del socialismo para controlar a los que no están de acuerdo con sus mandatos, se rebela y hace de su poder una insignia para luego “entrompar” al mismo poder que le dio las armas: otro tipo de apostolado. El malandro como espía del régimen, como controlador de todo. Y el régimen apostrofa ese poder a través de la confiscación de bienes, allanamientos a viviendas y la muerte segura si el pobre desvalido enfrenta al pobre armado, quien ahora forma parte del “colectivo” del poder. El barrio se convierte en una cárcel que conduce a lo desconocido, a la desaparición forzosa, a la vigilancia, a la muerte por disparo de quien desde hace tiempo, y ahora más, es el dueño de las calles y almas del barrio.

He allí entonces la condición definitiva de quien sigue en la orilla del barranco buscando respuestas en las luces de la gran ciudad.

 

3

Ahora voy sencillamente incendiando, voy incendiando
colocando mechas hasta que el barrio entero empieza a licuarse.
Los torrentes de agua vencida avanzan por las calles (…)
Inicio el incendio. Sólo mi fuego puede curar todos los males,
sólo el fuego es puro y purifica…
Roberto Mascaró: Asombros de la nieve

Todos los caminos terminan en Caracas (…). Los barrios comenzaron como pueblos y terminaron como símbolos del fracaso, afirma el narrador, tan protagonista como testigo de lo que acontece en una ciudad colmena donde el fracaso, esa otra imagen que forma parte del diario ir y venir de los desheredados, suerte de épica que tiene en ese viaje la metamorfosis cotidiana de la existencia.

Las creencias arrastradas por la ignorancia y el miedo: la brujería, el altar al Santo Niño de los Rencores, esa procedencia producto del lado perverso de la biografía del cerro malandro.

Un incendio, la degradación del horario: los fuegos artificiales que forman parte de la celebración macabra de un régimen que mata y criminaliza. Fuegos artificiales que desmienten la algarabía del neorriquismo revolucionario, puesto que esas luces son también las del fogonazo de un disparo. O la presencia de la ira, de la venganza en una conflagración producida por quien perdió a su familia por gracia de la delincuencia.

No hay metáfora que no logre registrar cada paso dado hacia arriba o hacia abajo del cerro. Todos esos pasos dejan marcas de sangre, de ceniza, del fuego que también narra la desgracia de ese país/colmena donde mueren a diario los que ya sabían tenían que morir por obra del malevo/malandro criminal o por la mano del policía bolivariano, una extracción del barrio convertida en uniforme.

…la selva de la ciudad recién despertada,

la que señala la ruta del fuego, del humo que emerge del útero de la pobreza, de la justicia por mano propia, de los sueños eróticos y la preñez fantasmal. Son tantas las voces que estructuran el miedo, que así pagaríamos con sangre la tortura del hambre. Y de allí, de la afirmación anterior, esta otra que consagra el apostolado:

La sangre es la patria de los pobres.

Nombres, apellidos, la argamasa de una herencia que vino de tantos lados del mapa nacional ahora convertido en un papel arrugado sobre un cerro.

Las creencias arrastradas por la ignorancia y el miedo: la brujería, el altar al Santo Niño de los Rencores, esa procedencia producto del lado perverso de la biografía del cerro malandro. La creencia de que hay varias vidas como varias muertes.

La gente de verdad vive muy bien.

Es decir, el pobre no es gente. Es sólo sombra, negación, la narrativa de la desolación.

Y la política oficial, el desenfreno de la corrupción de un poder que ha desestimado mucho más a los pobres, con quienes jugaba su carta electoral y ahora tendrá que dar cuentas cuando bajen en cambote hacia los centros de poder.

Los Fuegos de la Victoria no hacen daño. Los lanzamos para celebrar que nuestro gobierno amoroso va a estar aquí mucho tiempo. Tenga cuidado con lo que dice…

La afirmación tajante y la amenaza. Para luego soltar el salivazo:

Nosotros prometemos una sola vez.

El odio concentrado en la mirada. El odio como herramienta de lucha, como destino, como forja vital. Y el desenfreno de los sentimientos:

…mátalos, mátalos a todos. No hay mejor porvenir que este orgasmo de sangre (…). Mátalo, es sólo un hombre…

Y desde esa pronunciación, el futuro manifiesto de la cultura de la muerte: los pranes, el líder negativo parido por la revolución, tuétano del poder en el cerro como jueces en las zonas de paz.

Todos los barrios de la capital se sostienen sobre las columnas de esas metáforas, de esas realidades confrontadas:

Este país está en la ruina por parir pobres.

Esta novela no tiene un cierre. Son tantas las puertas como las ventanas que abrir. Se trata de un tema que el mismo texto señala:

Los pobres son infinitos.

 

4

En el ensayo Paisajes de novela, de Ana Teresa Torres, publicado en compañía de textos de otros autores en Poética de la novela (Editorial Eclepsidra, Caracas, 1997), la autora caraqueña afirma:

En algunos momentos me sentiré perdida entre los bordes que separan la vida de ficción de la existencia concreta, tentada a identificarme con mi fantasma textualizado.

Y, en efecto, en esta novela la realidad es tan asfixiante que se reinventa ficción en cada personaje, en cada acción que hace del cerro el centro de un universo donde habitan las sombras de quienes saben que la muerte puede tocar a su puerta a cualquier hora.

Alberto Hernández
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