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Efímeras, de Grigoris Papadoyannis

martes 28 de septiembre de 2021
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“Efímeras”, de Grigoris Papadoyannis
Efímeras, de Grigoris Papadoyannis (Strange Days Books, 2021). Disponible en Amazon

Efímeras
Grigoris Papadoyannis
Cómic
Traducción de Mario Domínguez Parra
Strange Days Books
Creta (Grecia), 2021
ISBN: 978-618-5278-59-5
40 páginas

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La sonrisa del pez es permanente, aun después de muerto. La sonrisa del pez es una metáfora del cinismo. No ríe, como las hienas, pero la marca de su boca curva es un pronóstico peligroso. Siempre habrá riesgo frente a la cara de un pez. La sonrisa de un pez podría representar lo permanente, el asedio de la hipocresía, del pensamiento oculto en lo más hondo de la conciencia, que podría ser el referente abismal del río o del lago donde habita y desde donde saca la cabeza para cazar, para tragarse el cuerpo íntegro de un insecto, cuya vida es tan corta como el día. Y si el insecto lleva el nombre de efímera, la semiología termina dándole la razón al pez, quien le acorta la existencia al insecto volador, tan reflexivo como un filósofo o un semidiós de esos que aún proliferan en el aire, empujados por la brisa hacia la superficie del peligro.

Grigoris Papadoyannis (Janié, Creta, Grecia, 1961) nos pone a pensar. Nos lleva a un estadio donde el ojo recrea las palabras dialogadas por unas figuras que hacen del cómic otra representación. Dos lecturas, en consecuencia: la voz emergente de las Efímeras y el pensamiento inclemente del pez. Dos lecturas que son asimétricas porque uno de los sujetos, en este caso el que habita en el agua, se lleva a las profundidades de su hábitat oscuro lo que era punto luminoso bajo el sol.

El cinismo, la sonrisa del pez, su indeseada inteligencia, devora la eternidad de un instante. El instante de una vida que sólo cuenta con veinticuatro horas de sacudimientos aéreos mientras su pensamiento, sus ideas, revolotean igual sobre la trompa feliz de un enemigo que siempre está allí, porque siempre será el mismo pez, la misma amenaza contra numerosos insectos que llegan a ese aire para ser tragados por la boca sonriente de una bestia que luego se marcha sin remordimiento alguno. Siempre con un pensamiento tan profundo como la superficie que lo asoma, mientras los pequeños voladores filosofan sobre la vida, la muerte y hasta sobre personajes que sólo son mencionados, referencias que se quedan como parte de la finitud en el lector.

El autor, Grigoris Papadoyannis, es cineasta y abogado. Su trabajo como autor que maneja la plástica, el movimiento en pantalla, dinamiza el contenido verbal de los sujetos actantes. Es decir, una combinación redonda, ajustada a derecho, al derecho que podrían tener los animalitos ante la conciencia humana, mientras el dibujo se franquea con la imaginación de quien se sabe parte de la fauna urbana, el ir y venir al mismo sitio cuya presunción procura la idea de distintos personajes, porque en efecto lo son: quien vea y lea estos trabajos saldrá lleno de pensamientos, de imágenes y de contradicciones que avalarían tanto la breve existencia de las Efímeras, como la travesura gastronómica y psicológica del depredador.

¿Se trata del mismo pez o es la representación plural de un espíritu cuya axiología radica en calmar el hambre o hartarse de irreverencias?

 

La lectura del dibujo se hace en secuencias, en las que el mismo autor, el pez y su sonrisa, aparecen a la caza de la porfía de esa inocencia.

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El trazo del dibujo aproxima al espectador al niño. Es un dibujo elemental, sencillo, pero esa es la idea puesto que se trata de influir en el pensamiento a través de lo que dicen los personajes. Los diálogos, los monólogos profundizan, densifican el dibujo.

Un cómic —precisamente— no invierte en el arte de impresionar plásticamente. Se expresa a través de la hipérbole, de la estricta figuración plástica o de la imitación de la realidad. Pero en este caso, siendo una imitación de la realidad, el dibujo es una tira expresiva del humor negro. La perversión del pez es una crítica a la perversión del humano que pervierte, que se burla del débil, que se aprovecha de la luminosidad o ligereza del inocente para hartarse, para llenarse con la fuerza corporal o espiritual de las víctimas.

La lectura del dibujo se hace en secuencias, en las que el mismo autor, el pez y su sonrisa, aparecen a la caza de la porfía de esa inocencia, la del insecto que vuela hacia su sino, hacia la muerte segura, hacia su efímera revelación. Y la lectura de los textos verbales le permiten al autor justificar o no la acción del pez y la inocencia o torpeza del insecto, que quedaría en la mente del lector como un solo sujeto válido desde la otredad de su perfil genésico: el insecto se repite en el otro en tanto en cuanto son varios que van a la misma boca. Para el pez son muchos porque se alimenta a diario con ellas, mientras las Efímeras son la representación metafórica de un colectivo dominado por un sujeto cínico capaz de dominarlas con tanta facilidad que se aleja como un barco cargado de un tesoro.

Dibujo y palabras se compensan entonces. Hay toda una filosofía en este engranaje de trazos y voces. Siempre habrá alguien detrás del pez y detrás de las Efímeras que pueda dirimir entre lo bueno y lo malo. Se trata, en este caso, de una fábula que seguramente encontrará en todos los lectores espectadores la moraleja para cada historia.

 

“Efímeras”, de Grigoris Papadoyannis
Una de las imágenes de Efímeras, de Grigoris Papadoyannis (Strange Days Books, 2021). Disponible en Amazon

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33, treintaitrés, son las anécdotas que podrían (siempre se debe regatear en cuanto al tiempo para no asegurar finales) conducir a una historia cuya autonomía tenga en cada salida y partida del pez un significado, así como lo tendría la llegada en grupo de las Efímeras o la presencia solitaria de una que a la larga es el mismo grupo devorado por el pez. Digamos que Grigoris Papadoyannis nos ha puesto a pensar, más allá de la ironía que él mismo le consagra a sus contenidos. Imagino al autor vertido pez mientras ve en algún farol un grupo de insectos alrededor de la luz artificial, mientras su imaginación también revolotea.

Y como los peces siempre sonríen, bien vale destacar los títulos de cada brevedad donde dibujo y palabra representan todo un universo de significados.

La primera imagen: el rostro feliz fuera del agua, a la espera de sus víctimas. La segunda reúne tres preguntas ontológicas que nunca han tenido respuestas: “¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos?”. Y allí, el pez, sonriente. A la caza de una respuesta en la línea curva de su boca. La tercera imagen tiene que ver con la inmadurez, con la inconsciencia de los “Chicos”. Y el pez, que se burla de esa condición etaria. “Quiero vivir intensamente”, se dice el cínico, mientras mastica el cuerpo de una de las Efímeras, es decir, se come un trozo corto del tiempo. La cuarta imagen, titulada “Enseñanzas”, nos abre los ojos ante el diálogo en el que una aconseja a la otra, pero termina en el buche del pez. La quinta, “Eternamente”, destaca “el sentido de la vida”. La sexta se aproxima a una pregunta teológica: “Alguien me sigue, ¿Dios?”, y es titulada “Solitario”.

Las imágenes continúan hablando. El dibujo —casi estático— permite el movimiento de las alas de las Efímeras y la sobriedad de sus palabras. La inocencia siempre dura poco. La séptima aborda el “Existencialismo”, como si Sartre perdiera la cordura de su estrabismo. Ellas, las víctimas, saben que su destino será la muerte. En este caso, el pez no está presente. Pero en la octava vuelve a aparecer el rostro de la bestia marina, suerte de ballena asesina a lo Melville, donde la “Vida perfecta” contiene el ser diferente, y el cinismo y gula del pez en eso las convierte, en carne para su estómago. La novena imagen ofrece un conflicto en “Parejas”, donde las ofensas son aprovechadas por el pez para tragárselas. La décima: “¿Por qué?”, una pregunta que no tendrá respuesta porque la desobediencia nunca la ofrece.

El lector podrá darse una idea de lo que continúa. El pez sigue comiendo Efímeras. El pez sigue quitándole tiempo al tiempo. Trozos de tiempo, de muy corto tiempo, pasan a los intestinos de un pez que está hecho de tiempo, pero cuya duración podría estar en la agudeza de un anzuelo y, finalmente, en el aceite hirviente de una paila.

 

De pronto, aparece un héroe, “Hunter”, mencionado por los voladores. Pero, ¿quién es Hunter? ¿Un cazador? ¿Un tonto?

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El lector nuevamente encara la sonrisa del pez. La imagen número once, titulada “Vive”, consolida la opinión filosófica acerca de la existencia. El pez, en su sorna criminal, afirma. La número 12, “Buenas acciones”, por vez primera el depredador le perdona la vida a una Efímera, la deja ir, pero en su fuero interior sabe que otro se la comerá. La 13, “Problemas”, contiene un monólogo sobre el cuerpo vital. La insistencia de la vida flotante en el aire, mientras el pez flota en el agua. En “Razones para vivir”, la número 14, el amor como tema, tan efímero él como la vida de un insecto que sobrevuela cerca de la boca de una bestia. La imagen 15, “Otro pez”, destaca la presencia de un pez bondadoso, lo califica el otro de estúpido. En la número 16, “Impredecible”, pasa lo de siempre, el pez grande se come al más chico. De pronto, aparece un héroe, “Hunter”, mencionado por los voladores. Pero, ¿quién es Hunter? ¿Un cazador? ¿Un tonto? En la siguiente, la número 18, “De ensueño”, otra vez Hunter, pero hasta ahí. En la número 19, “Sabias palabras”, un tal Oliver, quien logró vivir dos días. Un récord. En la 20, “Inútil”, Oliver aconseja. En la 21, “Los demás”, el sexo. En la 22, “Lista”, el ajetreo, regresó el pez sonriente y… En la 23, “Dieta”, el nihilismo, la nada. En la 24, “Motivación”, filosofía aérea. No hacer nada. En la 25, “Conversaciones”, el absurdo, suerte de Ionesco efímero. Manda el pez a la mierda. El pez fracasa. En la número 26, “¿Qué le digo?”, nuevamente el pez, como si nada. La imagen número 27, titulada “Madurez”, el fracaso, el sueño de la revolución. En la imagen 28, “Inseparables”, una efímera declaración de amor. El pez, imagina el lector, no se inmuta. En la número 29, “Ideólogos”, se “comerán mi cuerpo, no mis ideas”. Y en verdad se lo comen pero no quedan ni las ideas. En la imagen número 30, “Explotación”, el suicidio, y el pez, feliz. En la número 31, “Pasado”, una discusión amorosa, el pez cínico no cambia su sonrisa. En la imagen 32, “Que se difunda”, al parecer la vida no tiene sentido, el pez asiente. Y en la número 33, “Fin”, el pez sigue sonriendo mientras el vuelo insiste cerca de la superficie.

La historia jamás termina mientras sigan volando las Efímeras cerca de la sonrisa del pez. Y así todo.

El lector se verá retratado en esas voladoras parlanchinas que siempre terminan en la lengua de un bicho que también sabe lo que hace. Mejor, él sí sabe lo que hace.

Dibujo y diálogos para seguir pensando.

Este libro fue publicado con los auspicios de The Creative Europe Programme of the European Union, y traducido al español por Mario Domínguez Parra.

Alberto Hernández
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