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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Terrallá, de Andriana Minou

jueves 30 de septiembre de 2021
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“Terrallá”, de Andriana Minou
Terrallá, de Andriana Minou (Strange Days Books, 2021). Disponible en Amazon

Terrallá
Andriana Minou
Cuentos
Traducción de Mario Domínguez Parra
Strange Days Books
Creta (Grecia), 2021
ISBN: 978-618-5278-60-1
72 páginas

¿…Y si, como yo soñé haber escrito este cuento, quien lo lee ahora simplemente sueña que no lo lee?
Álvaro Menén Desleal
Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado ahí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces qué?
S. T. Coleridge

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Todos los sueños conducen a una escritura, pese a que quien sueña no escriba, porque los sueños ya han quedado escritos en el libro del soñador, quien luego relata a sus congéneres —como en los antiguos tiempos cuando el tiempo no existía— las aventuras laberínticas vividas durante el reposo nocturno del cuerpo.

Soñar es un arte. No todo el mundo construye sueños desde los sueños mismos. Se suele soñar mientras se escribe, pero no todo es escribir, aunque sí soñar, lo que significa que un sueño es un relato elaborado que se sale del soñador y podría convertirse en una controversial realidad.

Hay sujetos que sueñan despiertos y con los ojos abiertos, pero esos ya no son sueños. Son impulsos de la realidad. Un sueño es una suerte de perfección donde confluyen todos los sentidos para revelarse receptores o creadores de ilusiones, emociones, sensaciones. Un sueño es música, movimiento, olores, colores, trazos de una plástica cambiante, climas, lugares, caminos, laberintos, mitos, recuerdos ajenos y propios, hipérboles, metáforas, revelaciones y rebeliones, amores y guerra. Todo sueño es un compendio del todo recogido en el absurdo o en el esquema más estricto de una realidad imposible. Todo sueño suele salirse del cuerpo y hacerse dueño de otro cuerpo; en ese instante el sueño deja de ser de quien lo tuvo o creó y se convierte, a la sazón, en propiedad de todos, desde la oralidad o desde la escritura como parte del sueño que ahora es otro trazo y trozo de los misterios oníricos. Los sueños suelen ser milagros. Inocentes o pecaminosos, los sueños persiguen un objetivo: ser contados, descubiertos, añadidos al día para que la noche pase a formar parte de la cotidianidad.

Se sueña para no morirse de vacío durante el sueño. Y por esa razón los sueños son escritos, y no se quedan en la expresión de Calderón de la Barca: “los sueños, sueños son”. No, los sueños van más allá de los sueños. Los sueños son más que sueños. Son perfecciones que albergan todos los senderos imposibles y a veces inenarrables hacia la eternidad, porque los sueños nunca mueren, continúan en la memoria del otro, quien se perfila otredad de lo soñado.

Por todo lo anterior, los sueños son escrituras profundas, no premeditadas. Son infundios que agravan a la realidad y la obligan a ser parte de ellos. De allí que mucha de la humanidad que sueña se crea los sueños y los convierta en pesadillas, en crímenes, en pasiones oscuras, en dictaduras o pelotones de fusilamiento. En el asco que se siente cuando los ojos se abren y perciben que ya el sueño se ha disipado.

 

Minou explica el significado de la palabra que le da nombre a su volumen: quiere decir extraño, “de otra parte”.

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Andriana Minou (griega habitante de Londres), autora de un grupo de cuentos ilustrados y musicalizados por ella misma titulados Terrallá, es una empedernida soñadora que convierte sus andanzas oníricas en relatos breves, donde ella o el soñado narrador sucumben ante la verdad de los eventos que le suceden porque los vive, aunque vivir es una suerte de derrota frente a la densidad del sueño.

En la introducción de su libro, Minou explica el significado de la palabra que le da nombre a su volumen: quiere decir extraño, “de otra parte”. Deriva de “tierrallá”, que dice del inmigrante en la lengua kaliardin, jerga secreta, como toda jerga, usada por los homosexuales para evitar el asedio y la persecución de las autoridades policiales durante la dictadura. De modo que se podría afirmar que también esta lengua es una suerte de sueño que contiene códigos imposibles de descifrar por el poder.

Una definición de la misma autora destaca que “cada fragmento de este libro es una película” microscópica, primitiva”. El lector podría añadir que son segmentos cercanos a las alucinaciones, porque los sueños son un tipo de enfermedad que cura las patologías de la realidad.

¿Y acaso los sueños no forman parte de la realidad?

Los surrealistas, tan dados a vaciar la realidad de su propia esencia, crearon los sueños desde la perspectiva de la escritura automática, desde las imágenes que dislocaban los sentidos, desde el mismo absurdo que en el teatro también se vivió con Ionesco, Beckett. El movimiento dadá hacía del diario existir un sueño, una postura alejada de lo inimitable.

Los sueños de Andriana Minou forman parte de la cultura de quienes saben que soñar es un proyecto de vida, un oficio que se descarga como relato, como reflejo de lo que podría ser y no es. Pero es en la medida en que vierte en constructo, en escritura, en trazo para pensar, en líneas para soñar mientras se lee.

Andriana Minou
Andriana Minou, la autora de Terrallá, es también compositora, pianista, artista plástica y escritora.

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De un sueño a otro, los cuentos. Un código QR abre la brecha musical, porque la autora es también compositora, así como pianista, artista plástica y, bueno, escritora, cuestión que amalgama todo un universo de posibilidades creativas. Su talento conduce a un personaje a hundirse en una profundidad acuática acompañada de un pez. El dibujo se apresta a ser el respaldo verbal de una historia que supone un lenguaje cifrado. Abundan referentes de personalidades, un schubert, un mozart, una Edith Piaf y un Xulurisi, quienes conciben un hijo hermafrodita. Y ciudades por las cuales andan la épica, la Grecia abundante y nuestra por herencia: Tesalónica como telón de fondo de uno de los relatos, y Egnatía, Maratón, y una película de Jristóforos Papakalietis, de quien se dice gran actor griego sin haberlo sido.

Un recorrido por los sueños, por la tierra de los simulacros, por la vertebración de un mundo ineludible en el que “mis pies están descalzos, pisan sobre un suelo de otro sueño”.

Todo es posible en los sueños. Algunos se convierten en pesadillas que luego son vertidas como relatos cortos, profundos, extraños, imposibles. Posibles para la escritura, donde de la prosa emergen imágenes poéticas: “Y él enjuaga el otro sueño, que está en mis pies”, clara referencia bíblica perfilada en Juan 13:8.

Y la Grecia imperturbable, la que no se borra de la memoria colectiva de quienes la han asumido como bastión espiritual y creador: un babuino. “Escriba de los dioses, el que pesa el corazón de los muertos”.

 

Los títulos de los cuentos se regodean en ellos mismos.

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Una vez más, el viaje será personaje activo en estos relatos. Con razón son griegos, míticos desde la imaginación de un laberinto, desde la épica marina y terrestre, desde el hilado de Penélope, desde los callos de los caminantes. Desde la lejana París en un concierto, un piano imaginario, su afinación, “una gnosienne de Satie”, y el mar, como si nada. El surrealismo, la escritura como automatismo psíquico, que sólo ocurre en los sueños. Y después, en el otro, Peter Pan.

También, al cruzar el imaginario charco, está Nueva York, la brooklyn en minúsculas, como suele ocurrir en los sueños, donde las mayúsculas sobran. Estatuas muertas, vivas, como “híbridas entre sirenas homéricas”, y afirmar con toda la boca del sueño: “Aquí todo está oxidado. Incluso el crepúsculo”. Y después, un salto a egipto, donde una mano salvadora, amante, rescata a quien ha venido soñando o viviendo un sueño.

La propuesta onírica invoca el cadáver de Cary Grant. Vivo en la muerte, a la espera de un vaso de licor. Un funeral, un cortejo sagrado. Un cadáver con los ojos abiertos.

Los títulos de los cuentos se regodean en ellos mismos. Van desde “Aceras de chocolate”, un laberinto acuático, un “Doble eclipse de luna” en un cinematógrafo, una barca en un lago donde el sueño se mueve entre ruinas, sitios ignotos y, otra vez, el mar, un mar que se convierte en río.

Todos los textos son laberínticos, invenciones inesperadas. Teseo podría estar sentado frente al monstruo y el lector podría eludirlos. Mientras tanto, un retazo, una línea, un minirrelato irreverente: “un poeta permanece de pie incómodo como un pollo sobre una peana marmórea mientras trata de poner un huevo”.

Pirandello y una obra de teatro donde quien sueña es una actriz. Un vaso destrozado da pie para metaforizar la pasión, lo que servirá para darle título a la pieza escénica.

Un veneno, un escándalo hospitalario, un sueño cuya recurrencia amplía la verdad escondida en la imaginación. Y la hija de Hans Christian Andersen presente como un regalo que promete ser más adelante, fuera del libro, otra ocurrencia. Y así, “Una jungla de leche”, “Carteras de piel humana”… y más sueños, los que el lector quiera recrear, re-crear, inventar, solventar, inventariar, animar con el profundo sueño que habrá de animar también el despertar.

El lector, ahora protagonista de estos cuentos, ha atravesado el Paraíso y ha comprobado que la duda también es una densa pregunta cuya respuesta podría estar en medio de una cama o a la orilla de un precipicio.

Alberto Hernández
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