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Para no morir tanto, de Carlos Decker-Molina

lunes 8 de noviembre de 2021
“Para no morir tanto”, de Carlos Decker-Molina
Para no morir tanto, de Carlos Decker-Molina (Caligrama, 2021). Disponible en Amazon

Para no morir tanto
Carlos Decker-Molina
Cuentos
Caligrama Editorial
Madrid (España), 2021
ISBN: 978-8418787133
164 páginas

“El tiempo no pide nada porque el tiempo no habla, está ahí esperando a que los hombres sean las manecillas de su propio reloj”.
“La muerte nace con nosotros, la muerte y la vida son hermanos siameses, sólo que a la muerte no se la ve porque habita el lado oscuro de nuestro ser. Si ahora la vemos es porque la pandemia le ha dado luz”.
Carlos Decker-Molina

1

Juan Antonio es un estratega de vida, un relator, suerte de juglar trágico que cuenta la muerte, que aparta la cortina de ese personaje invisible que azota al mundo y mantiene en ascuas a quienes saben que la muerte ronda. El sujeto que dimensiona el contagio, un boliviano que vive en Suecia, en una especie de insistencia o locura transmisora, periodista con radio portátil en los oídos, recoge con minuciosa capacidad inventiva y realista la presencia letal del Covid-19 en ese país del norte de Europa, la bella Suecia acosada por la agonía y la muerte provocada por el ya mencionado virus, transformado en referente narrativo, en actante que inocula el cuerpo y el alma de los seres humanos que viven en ese país donde muchos extranjeros han sido recibidos en calidad de refugiados y son blanco de la enfermedad que, inducida por algún poder, barre con la vida de quienes se exponen a esa amenaza, convertida en agobio, ahogo y muerte.

Juan Antonio tentará las horas de silencio con una pregunta: “¿Hay alguien con vida?”.

Estos relatos, narrados en un presente que se futuriza, más allá de que la muerte no tiene tiempo, sacude el ánimo del lector, porque no se trata de una ficción: el lector también tiene miedo, también podría ser el cuerpo invadido por una bestia diminuta, tan letal como un disparo en la cabeza. Y no hay presente porque el futuro es la constante de quien se mueve en un espacio abismal, sometido por el deseo de haber tenido un presente seguro, pese a haber sido perseguido, esquilmado, acosado por la realidad política, social o económica que algunos regímenes le impusieron a los ahora muchos habitantes que forman parte del cromatismo epidérmico de un país de blancos.

Es la muerte la que vigila, la que protagoniza todo el estamento de estas varias narraciones que Carlos Decker-Molina pone en boca de Juan Antonio como voz interior.

Juan Antonio siempre será —en este libro de narrativas de Carlos Decker-Molina— el sujeto evocativo o evocador, el que sustituye su nombre y se hace vertiente de voces en los distintos relatos que contiene este volumen.

El lector, antes de entrar a cada una de las historias aquí reveladas, asiste a unas líneas en las que Juan Antonio reclama su espacio —es una manera de decir— como creador o reportero de eventos que podrían ser ciertos o recogidos de la realidad para advertir acerca de la presencia de la muerte, tan invisible, asintomática a veces, y tan reveladora de la vulnerabilidad de los humanos.

En medio de la tragedia, contada desde la perspectiva del sujeto relator Juan Antonio, aparece otro narrador “invitado”, quien se desdobla e incita una lectura literaria en la que aparecen diferentes personajes provenientes de diversos países. Suecia, su capital y algunas de sus ciudades, se convierten en receptoras de esta gente que lleva un bagaje de costumbres, retazos culturales, lenguas, colores de piel, ajustes de cuentas y bonanzas que arbitran, junto con los nacionales, el legado de ambas —multiplicadas— tradiciones.

Pero es la muerte la que vigila, la que protagoniza todo el estamento de estas varias narraciones que Carlos Decker-Molina pone en boca de Juan Antonio como voz interior que se abre a cada uno de los actantes que hacen vida —y muerte— en este libro del cual es difícil despegarse una vez se comienza a leer. De él se pueden desprender muchas lecturas, por los antecedentes, influencias de otras tragedias que han sido contadas, convertidas en novelas o ensayos, por escritores como Daniel Defoe en Diario del año de la peste, como Bocaccio en El Decamerón, donde en cien cuentos relata la vida, pasión y muerte a merced de la peste negra o bubónica, a través de los mismos temas que hoy nos agobian; de Albert Camus con su novela La peste. O George Orwell, entre otros que han relatado tragedias personales o colectivas producto de la peste del control social. Igual nos lo muestra Imre Kertész o Joseph Brodsky, porque no sólo se trata de una pandemia sanitaria sino del totalitarismo (como endemia) fundado en la división de un país/mundo por diferencias raciales, religiosas, culturales, económicas, etc., sujetas al terror causado por la elaboración de una enfermedad que tiene como objetivo provocar la muerte de millones de habitantes del mundo.

(Incluyo en esta lista la novela venezolana Casas muertas, de Miguel Otero Silva, por tratarse de una obra en la que la historia nos remite a dos hechos memorables: la presencia de una dictadura militar y una epidemia de malaria que asoló al pueblo de Ortiz, comunidad que quedó marcada como un símbolo de dolor nacional).

 

2

El libro de Decker-Molina, que mantiene al lector pegado de sus páginas por la densa tensión que tienen sus relatos, es un registro de lo que la tecnología ya está causando en el mundo todo: la deshumanización de todas las culturas, basada en la persecución, el exilio, la degradación social y el control sobre la individualidad, producto del influjo de una enfermedad viral que ya está en el futuro de todos los seres humanos.

En este libro la muerte es una prescripción, una receta que no deja de preverse como parte del control de un poder omnímodo, tajante, mortal.

 

3

Dieciséis meses: dieciséis narraciones. De marzo del año 2020 a junio de 2021: vertientes en las que eventos, aventuras, recorridos, búsquedas, esperas, agonía y muerte soportan el entarimado de este libro del autor boliviano residenciado en Suecia, y quien desde su raíz latinoamericana, desde su forma de decir, entrega a los lectores un mosaico de cuentos, de narraciones, epístolas llenas de recuerdos, reclamos, voces perdidas en el pasado, sustratos de un ciclo pandémico que vierten en cada personaje el peso de toda la humanidad.

Para no morir tanto es la muerte lenta, en algunos casos, cuando la cepa viral sostiene sobre su lomo perverso poca fuerza. Y violento, cuando la carga viral es tanta que el paciente cae frente a otro, solo, asfixiado, intubado, contagiado también por la soledad, apoyado en una mano amiga o familiar que sostiene la que está a punto de marcharse.

Cada historia es ya la historia personal de todos los países del mundo donde el contagio ha hecho contacto con la conciencia. Cada semblanza, cada rostro y nombre propios, es una manera de decir que tanto lectores (la realidad) como sujetos de ficción (la creación) están al borde del abismo, cerca de la tanta muerte de la que se muere tanto.

 

El crimen perfecto. Una muerte sin culpable visible. Una muerte que se pavonea por calles, avenidas, aeropuertos, tiendas, mercados, casas de familia.

4

Allá, en la honda memoria de Juan Antonio han quedado los ancestros sembrados. De su tierra de Bolivia se trajo esa carga de la que recibe mensajes, tan densos como densa es la actualidad del dolor provocado por la pandemia, y desde esa carga, desde ese dolor sabio y antiguo, el personaje, fuera de la cadena de relatos que le dan forma al volumen, indaga, investiga y luego cuenta con la voz de un interpuesto narrador que se multiplica en voces, en diferentes personajes que lo abordan, y que hacen de este libro una novela poliédrica, donde los prejuicios sociales, los resentimientos, la muerte como un hecho tomado, como un exilio más, un “mientras tanto”, porque

…el susto es la pérdida temporal del alma…

Y                                                                  

Eran muertes sin apuro.

El narrador expresa con claridad el nudo de todo el libro en estas líneas:

La muerte de hoy, la de la pandemia, no sólo nos quita la vida, elimina la ceremonia. Es el crimen perfecto. Nadie ve cuándo le tapa la boca y le corta la respiración.

En efecto, el crimen perfecto. Una muerte sin culpable visible. Una muerte que se pavonea por calles, avenidas, aeropuertos, tiendas, mercados, casas de familia. Una muerte que tiene origen en un lejano país de Oriente, según reportan las noticias. Una muerte que se viste y desviste delante de todos y hace de las ciudades desiertos de concreto, voces apagadas, ojos que se cierran: cadáveres solos a la puerta de un crematorio.

El miedo es otro de los personajes que ambulan por estas páginas. El miedo a ser parte de esos tantos que mueren asfixiados, abandonados, casi olvidados por la gran cantidad de dolores, tantos que se hace costumbre el pésame. Pero también la indolencia. El miedo, el alejamiento, el ocultamiento, el barbijo, la respiración entrecortada: el miedo, siempre el miedo.

Sin embargo,

…el aislamiento no elimina la realidad.

Y así:

¡Qué solos se han quedado los muertos!

 

5

Este libro se lee con crispación, con el mismo miedo de los contagiados. Pero es un miedo terapéutico. Un miedo que advierte, que empuja al encierro físico y mental, al reacomodo físico y espiritual: un miedo tan real que se convierte en terror. Por esa razón podría llegarse a la conclusión de que —como han expresado algunos— se trata de un ataque terrorista, biológico, los tantos vistos en películas de ciencia ficción.

De allí se desprende entonces la inteligencia artificial (IA), que en el último cuento de este libro cierra el miedo biológico para entrar en el miedo a la constante vigilancia, al extremo cuidado de cometer algún error que podría llevar a los personajes a la otra muerte: la ejecutada por las leyes, por el totalitarismo de regímenes que han dividido el país o los países en parcelas de poder donde imperan diferentes modelos de gestión dictatoriales.

En el fondo, el virus es una forma de gobierno. Tanto, que en estas historias del autor boliviano se establece un modelo de vida que ha cambiado totalmente la conducta de los seres humanos frente al otro futuro, el que vendrá con la pandemia como permanencia en el cuerpo, frenada por vacunas o medicamentos que la pondrían a raya, pero siempre allí, lista para matar, como si fuese la ejecutora de los disparos contra un condenado a muerte por fusilamiento.

Una realidad que surte el mismo efecto de muchas pesadillas.

El sexo controlado, encuentros físicos controlados, fronteras vigiladas para que la gente no pueda escapar de la muerte o de la vida en vilo.

Este libro es un ensayo de lo que sucede. Es un libro que se vive en tiempo real. En este instante se lee y se vive. Se respira entrecortadamente. En este momento la política de la pandemia significa dividir, silenciar, develar conductas, amores y afectos olvidados, descubrir pasados y presentes y saber que el futuro es sólo una palabra. Una dudosa palabra. Una palabra peligrosa.

 

Juan Antonio el boliviano, gracias a su afán, le abrió las puertas al narrador para darle forma a este universo de recuerdos, de memorias.

6

De acuerdo con informaciones del mismo autor en el epílogo de su libro, el título, Para no morir tanto, “es la respuesta de un personaje de la novela Salvar el fuego, de Guillermo Arriaga, cuando le preguntan la razón de su escritura. Y la pregunta ‘¿Hay alguien con vida?’ surgió de un reportaje de Lotten Collin de Radio Suecia, que informó sobre los efectos de la pandemia en Colombia”.

El personaje que descubre las historias, Juan Antonio, el que construye este compendio o inventario narrativo sobre la pandemia, hacía esa pregunta casa por casa, calle por calle de una ciudad o de villorrios de Suecia. Esa pregunta es una suerte de vocativo esperanzador —cualquier pronombre pudo haber respondido— que espera una respuesta: el silencio o un quejido.

Juan Antonio el boliviano, gracias a su afán, le abrió las puertas al narrador para darle forma a este universo de recuerdos, de memorias, de relatos que han quedado como legado luego de salir de esta catástrofe.

                                                                                                                                                               

7

El final le trae al lector esta noticia, fuera del contexto de las narraciones ya leídas, como para empalmar su vida al comienzo del libro con su destino al final del mismo:

Juan Antonio “se salvó de la pandemia, se pasó escribiendo las narraciones que recogió en las calles, nunca se sabrá si son historias reales o no. Está vacunado con las dos dosis, pero morirá esta noche frente al pelotón de fusilamiento de sus pesadillas”.

Y como “el tiempo no pide nada porque el tiempo no habla”, Juan Antonio, sujeto de ficción que le aporta realidad a Carlos Decker-Molina, seguirá siendo la voz que relate estos meses que faltan para que la pandemia, ese agresor invisible, termine de ser en nuestra humanidad como amenaza y se convierta en una simple gripe tratada con vacunas y gotas nasales.

Y quedará en la conciencia colectiva, no tanto en la literaria, este mensaje:

Eran muertos sin apuro.

Alberto Hernández