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Primer vuelo, de Clara Mesa

sábado 13 de noviembre de 2021
“Primer vuelo”, de Clara Mesa
Primer vuelo, de Clara Mesa (2020). Disponible en Amazon

Primer vuelo
Clara Mesa
Poesía
2020
ISBN: 9798672034379
100 páginas

1

Guillermo Sucre, ensayista y crítico venezolano, afirma en su monumental obra La máscara, la transparencia, que “la obra sólo tiene una validez imaginaria y como tal no es ni la realidad ni el mundo; sólo un modo de ver la realidad y el mundo, y de estar en ellos”. De esta manera, con estas palabras de Sucre, podemos iniciar una lectura de este libro de Clara Mesa, Primer vuelo, donde, precisamente, lo imaginario y lo real se compactan y producen una sensación de estar en ellos como si la poesía convidara al lector a confrontarse como parte de esa “realidad”.

Los poemas aquí contenidos, que no son poemas que formen parte del facilismo escritural, develan una manera de ese estar en el mundo, de saberlo lineal y luego convertirlo en elipses, en curvas de comprensión, en parábolas, en ideas que se cruzan con muchos significados. Es una poesía polisémica, una poesía multiplicadora de lecturas.

Podría decirse experimental desde el uso del automatismo. Desde el uso de las palabras como tentaciones, como elucubraciones, como ramas de un árbol cuyas adventicias se alimentan de otros abonos, corrientes de creación como si el mundo, en el que se está, en el que se vive, una suerte de surrealidad persiste en establecerse para hacer del mundo otro mundo. Cuestión que nuestra autora logra, porque hace de su poesía otro mundo. Otra manera de estar. De ser.

La validez promulgada por Sucre aparece en cada texto que Clara Mesa nos entrega en este volumen, toda vez que registra —más allá del tiempo lineal o del espacio plano— un horizonte donde las palabras dicen y se desdicen: son voces continuas, suerte de historia que se va contando de poema en poema, un tejido de ecos que traducen la presencia de un alguien que está allá, en el sitio de las palabras, y no se deja ver. O se deja traducir desde cualquier lectura. El lector está en capacidad de imaginar, de estar en ellos como si fueran las palabras de otro que nos sopla desde algún lugar. Por eso es poesía, por imaginaria, sin una realidad que la obligue a desmentirse. La poesía es un eco permanente, experimenta con mayúsculas, con efectos en los que se luce el pensamiento, la imaginación como emblema, como herramienta para ir más allá de la sucia realidad cotidiana, dura, irreverente y hasta borrosa.

Aquí, en estos poemas, hay una manera de reverenciar la imaginación.

 

Asegura el título que vendrán otros, que la poesía no termina, que habrá muchos vuelos, mucha imaginación que recorrer.

2

Primer vuelo como título, primeros poemas, como introducción, como deslizamiento de atmósferas para arribar a los poemas donde se vierten todos los elementos visibles y los invisibles. Pues, si se trata de los primeros poemas, el vuelo ha sido bastante seguro. Planea bajo un cielo en el que las palabras son relámpagos, centellas y truenos: todas las palabras son capaces de construir una tormenta. Y aquí hay una tormenta de iniciación en la que las palabras hacen de la poesía un aviso de que los próximos poemas seguirán atrayendo voces, sonidos, vertebraciones orales y escritas.

Como título será una continuación. Asegura el título que vendrán otros, que la poesía no termina, que habrá muchos vuelos, mucha imaginación que recorrer, muchos caminos que tomar para hacerlos, para trazarlos, para andarlos sin término. La poesía es un permanente naufragio. No obstante, permite que quien la tome llegue a una orilla y allí respire la aventura de todos los ahogos, de todos los movimientos terrestres y celestiales. La poesía, como la que aquí se lee, permite pensar, negar, afirmar, profesar, profundizar, cavar en los versos que anuncian la posibilidad de muchos otros intentos: seguir creando. El gerundio siempre será una manera de leer un poema al imaginarlo. Se imagina para no dejar de pensar, para escribir, para trazar el rumbo de un sueño.

 

3

En este comienzo podría estar la clave:

silencio que mutila / cualquier idea // palabras que se deshacen / DESGRANAN / en letras / y como misiles // Se eyectan / una / por / una // lanzadas con maestría / por ausentes / que escriben combates / en campos que tiemblan…

Esta suerte de poética nos indica ya el sendero a tomar en la lectura: las palabras son como el aire, las que se pronuncian con la boca abierta son aire, permanencia del afuera. Las que se piensan permanecen encerradas hasta que se hacen escritura. O se deshacen si no son maceradas por las letras. El silencio es portador de noticias capaces de construir un poema. El silencio es también poesía. Es decir, es la poesía en bruto: un poema nace del cieno del silencio. De su estructura invisible.

Por eso es viable asentir que quien así habla diga “camino en el silencio” y diga de “palabras rasgadas y secas”, pronunciadas en calles, en la puerta de una librería “en mis días de trabajo”. Días “grises”, dice. Y esto confirma entonces que las ideas emergen también de la sombra, de la umbra, del silencio mundo de la oscuridad, donde se alimentan.

El epígrafe que Alejandra Pizarnik nos ofrece al comienzo sujeta al mástil de los significados a quien entra en un mar proceloso de voces. Son tantas las voces como las maneras de escribirlas, de decirlas en el papel. Y Clara Mesa es dueña de esas palabras que seguramente la acosan durante la vigilia y durante los sueños.

Y en esos sueños, el vacío, muchas veces invocado en estos versos. El vacío como navegación, como mar donde las palabras se renuevan, salen airosas, construidas, deconstruidas, rebeladas, reveladas, desveladas, veladas en significados por la dificultad que ellas mismas ofrecen por rebeldes, por anunciadoras de su poder.

 

Y en este acontecer poético, el discurrir, el transcurrir, la corriente de los días y las noches, el girar de la tierra forman parte del no que querer saber de sus maniobras.

4

La poeta marca los “pasos lentos”, mira el “vacío ya vaciado”, “avanzan / en indefensión”, se mueve entre el bosque de las palabras en búsqueda de un espacio para el vuelo, para el primer vuelo, ya iniciado, ya probado como aventura, como si mirara “un vacío a través del cristal”.

Y en este acontecer poético, el discurrir, el transcurrir, la corriente de los días y las noches, el girar de la tierra forman parte del no que querer saber de sus maniobras: “para algunos / que como yo no saben / para qué es el tiempo”. ¿Existe el tiempo? ¿Es una trampa de la realidad? ¿Es pura imaginación? Y si existe, ¿somos víctimas de él? Preguntas para la poesía, para la filosofía, para el mismo tiempo.

Y así: “Tiemblo como la gota que se sostiene / un segundo antes de romper en átomos”, el tiempo, su movimiento. Y el miedo, parte de la perpetuación del tiempo.

Unos personajes que aparecen con ese pronto indagatorio del lector: “Las brujas siguen ahí”. ¿Quiénes son? ¿Las palabras, el silencio, las sombras? ¿La imagen infantil de unas mujeres feas que aparecen y desaparecen en los sueños? Personajes a quienes “los puedo sentir / corren y superan mi paso”.

Otro texto lo descubre: “…el temor / de estar / EN EL LUGAR / sin nombre…”. ¿Qué lugar? ¿El de los sueños, el de la realidad creada, inventada, imaginada? La poesía la crea. Y mientras esto ocurre, el pensamiento establece que “como el que se siente antes de atravesar el vacío”.

 

5

La voz de esta poesía anda como acechada, vigilada.

 

6

Y lo dice para marcar un hito: “lectura nómada”, que se mueve, que no tiene sitio establecido: “lectura de un escrito / que no contiene frases / mucho menos versos / no habitan en él palabras / Sólo silencios”. El vacío: “se vacía lo vacío / se oscurece la noche / más oscura”, y el poema ensombrece su decir.

Se va a algún espacio, lugar, escondrijo o sitio visible: “escapo a la esquina”, y precisa que “toman un atajo / descienden por coordenadas / que se marcan / al paso”.

El vuelo no ha terminado. Sigue su curso migratorio: “tiro los dados hacia arriba / no leo / es imposible entender”.

Y así, al cerrar el vuelo, el primero de esta aventura verbal: “sueño con despertar”.

Alberto Hernández