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Donde el río se toca, de Rose Mary Salum

martes 6 de diciembre de 2022
“Donde el río se toca”, de Rose Mary Salum
Donde el río se toca, de Rose Mary Salum (Sudaquia, 2022). Disponible en Amazon

Donde el río se toca
Rose Mary Salum
Cuentos
Sudaquia Editores
Nueva York (Estados Unidos), 2022
ISBN: 978-1-938978-13-5
90 páginas

…durante una intervención mía en los Cursos de Verano que la Universidad Complutense de Madrid ofrece año con año en San Lorenzo de El Escorial, alguien surgido de pronto del público me interrogó con la mano en alto (…) sobre cuál era mi animal favorito.
Augusto Monterroso: “La pulga en la oreja”.

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¿Qué tienen que decir los relatos de Ramon Llull en estos de Rose Mary Salum?

Aunque el imaginario del catalán se inclina hacia la crítica al poder, existe como una fascinación de algunos escritores por el tema del reino animal hacia muchas variaciones argumentativas.

Donde el río se toca, de Rose Mary Salum (Ciudad de México, 1964), no es un bestiario como tal, aunque lo parezca: se aproxima más que todo a ser una revisión, un compendio de aventuras donde la imaginación se la juega desde la infancia hasta la fantasía del que ya ha recorrido mundo. Es un libro donde lo humano es una representación: cada animal que participa en estas páginas deviene tema de racionales: desde la comunicación como conflicto cotidiano, familiar, hasta la orwelliana mirada de quienes deciden quién será el dueño de la razón.

Se trata de nueve cuentos de relativa extensión en los que los personajes son referentes, presencias imaginarias del zoo ciudadano. Podríamos calificarlas de fábulas modernas, de confabulaciones metafóricas enriquecidas con la abrumadora realidad de estos tiempos de inmediatez.

Nueve cuentos breves en los que predomina la audacia u osadía de quien no sufre de timidez a la hora de trabajar tema, personaje o paisaje alguno. La voz temeraria de Rose Mary Salum se congrega alrededor de los actantes que representan nuestra ciudadanía humana.

Desde que el hombre comenzó a imaginarse, a cerrar los ojos ante los diferentes paisajes y situaciones, convino en aproximarse a la bestia. La historia de la literatura está sembrada de fábulas, relatos, cuentos, historias donde los animales representan las conductas humanas. Los relatos infantiles dan cuenta de esta categorización, de esta invención donde los irracionales actúan como seres pensantes. Las palabras, que han sido vertidas por la bestia, emergen de la boca de un humano imaginario.

Largo, extenso ha sido ese recorrido. La metaforización, la hiperbolización, la comparación: las imágenes literarias y plásticas han estado siempre presentes en la creación de personajes fabulados. Toda una simbología que contiene las aventuras del escritor mientras piensa como el animal que es o ha sido: dos personas hablan por teléfono y una lora interfiere como elemento unívocamente imprevisto, toda vez que se convierte en parte de un enredo que podría traducirse como una crítica a la confusión producida por el ruido de la realidad: el exceso de voces, la interpretación de los sentidos. En este caso, también el humor juega su rol.

Cada animal es un tema, un detalle, una anécdota. Un conflicto.

 

El libro que hoy leemos es un inventario de personajes que van de ficción en ficción hasta conformar un ensamblaje que configura el zoo humano en nueve estadios.

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Como seres sociales, los personajes, sus variaciones, demuestran la riqueza de la fábula. En tal sentido, el libro que hoy leemos se ajusta a esa categoría: es un inventario de personajes que se transmutan, cambian, varían de corpus: van de ficción en ficción hasta conformar un ensamblaje que configura el zoo humano en nueve estadios. En ese ambiente, el sujeto humano es otra representación, una fantasmagoría en el sentido de no jugar un papel visible: el sujeto animal lo representa, lo alude, lo hace posible desde la voz irritante de la lora. Desde la rebeldía de la mona, desde la violencia de la gata, desde la molestia de la mosca, el zángano, el zancudo o el mosquito. Personajes que Monterroso pudo y destinó a sus brevedades como tradición que se ha convertido en emblema, en insignia y género literario.

En su estudio Variaciones de un personaje, un trabajo sobre la ficcionalización en la obra de Elisa Lerner, la reconocida crítica venezolana Alicia Perdomo afirma: “Al basarnos en la premisa de que todo discurso no construye el objeto, sino su emisor, veremos variaciones en el personaje Lerner (leído como la ‘sádica’, la ‘sarcástica’ y la ‘irónica’…)”. Pues, bien, en los sujetos actantes de este libro de Rose Mary Salum podemos observar que sus personajes representan estas variaciones atadas al emisor. ¿Qué más sádico que la lora que se burla de Clara? ¿Qué más sarcástico que los zancudos que se mueven alrededor de alguien que es acosado? La ironía siempre estará presente en todos los personajes. Es su condición. Siempre habrá un lado irónico, de destemplado y juguetón intelecto.

De manera que se formula la elaboración, la arquitectura de una ficción a través de figuras o imágenes que se mueven como metáforas o símiles. La construcción de un imaginario basado en la parodia, en la simulación, en un ser sustituto.

 

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La vertiente más significativa de esta aventura está en la elaboración de un personaje doble: un hipopótamo de peluche es, per se, un personaje artificial, un artilugio, pero la niña (personaje sintomático por ser real en medio de una ficción) le confiere al objeto muñeco otra personalidad: la ficción se desdobla: como objeto afectivo que es uno y como personaje (sujeto) hipopótamo de peluche que es otro. A los ojos del observador, estamos en presencia de otra variación, pero doble.

La mosca que ronda: Monterroso nos guiña un ojo. La parodia: en este caso el personaje no sueña con ser águila, sólo es una mosca que se presenta como tal. Y como tal desaparecerá: el cuento se encarga de reconstruirla. Y por extensión, el zángano, el zancudo, el mosco o los mosquitos.

 

La parodia, la fábula, la brevedad de la agonía: sustentos de un instante en el que se percibe una realidad que va más allá de la ficción.

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Una vaca es atropellada por un camión. La madre vacuna iba acompañada de dos de sus becerros. Su ubre llena de leche indica que está recién parida, que ha sido bien alimentada. Es una vaca feliz. Era una vaca feliz hasta que ocurre el accidente. La tragedia tematiza el cuento, el dolor humano de los becerros, la mirada lejana de los humanos que ven la escena. Y un río que pasa, tan el de Heráclito que la vaca no logra bañarse una sola vez en él, sino todas las veces de su quietud cerca de la corriente. La parodia, la fábula, la brevedad de la agonía: sustentos de un instante en el que se percibe una realidad que va más allá de la ficción. El relato se relata él mismo desde la imagen que conmueve.

Un momento con Horacio Quiroga en el título “La gallina cocinada”. Mientras el sureño la degüella, la de Salum se mueve, salta, trata de estar con su ama, con quien se la habrá de comer. La gallina es movimiento antes de la muerte. O de su existencia pronosticada. Y sigue siéndolo en la mirada de quien relata. Es la muerte viva. Es un sujeto hiperbólico: su presencia se exagera desde la empatía con el personaje humano que habrá de convertirla (imagina el lector) en parte de un almuerzo.

El discurrir de la lectura nos lleva al miedo: una cebra y varios tigres. El tema simboliza el acoso, el temor a ser devorado. En todo caso, el animal indefenso seguirá siéndolo mientras viva. Ya muerto, de ser el caso, será un símbolo.

La aparición de unos cerdos inclina al lector a recordar a Orwell, aunque no haya sido la intención de la autora: aquella reunión en la granja para disputarse el poder y activar la venganza contra ese poder, estima válida la posibilidad de que el símbolo toque una analogía: es decir, también los cerdos serán devorados porque ellos nacieron para eso. Para quedar como símbolos, como destrezas de quien imagina que el mundo es un zoológico que nos observa y que no dejará de observarnos desde el ojo calculador de quien relata, cuenta, inventa estas interesantes historias.

De manera que la relación con la filosofía de las bestias de Llull o los guiños de Monterroso y hasta la tentación orwelliana podría servir para hacer de esta lectura un lugar para la discusión.

Este es un libro que nos revela, que nos descubre como las bestias que hemos sido, acompañados de humanos que estamos dejando de ser.

El río termina de tocarse en la permanente búsqueda de su propio cauce.

Alberto Hernández
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