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Sobre cómo olvidamos volar, de J. R. Spinoza

miércoles 3 de abril de 2024
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J. R. Spinoza
Sobre cómo olvidamos volar, del escritor mexicano J. R. Spinoza, es un libro donde las fantasías corren parejas con los sueños que entran y salen de los actantes.

“Sobre cómo olvidamos volar”, de J. R. Spinoza
Sobre cómo olvidamos volar, de J. R. Spinoza (Ápeiron, 2024). Disponible en la web de la editorial

Sobre cómo olvidamos volar
J. R. Spinoza
Novela
Ápeiron Ediciones
Madrid (España), 2024
ISBN: 978-84-128198-6-1
126 páginas

En el Poema de Gilgamesh, el héroe tiene un sueño del que despierta sobresaltado. Pregunta a su compañero Enkidu, que aún no se ha dormido: “¿No ha pasado un dios cerca de mí? ¿Por qué entonces soy presa de pánico?”.
José Antonio Marina: Anatomía del miedo.
Los muchachos, sobre todo los muchachos estudiosos, y más aún aquellos que han tenido la dicha de librarse de ciertos peligros, son muy propensos a soñar, mientras duermen, que se elevan en los aires y que se mueven allí a voluntad; un hombre de gran ingenio… me decía que en su juventud tuvo con tanta frecuencia tales sueños que sospechaba que la gravedad no era natural al hombre. Por mi parte, puedo asegurarle que la ilusión era en mí tan fuerte en ocasiones, que ya llevaba unos segundos despierto antes de desengañarme.
Joseph de Maistre, citado por Gastón Bachelard en El aire y los sueños.

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Esta novela del escritor mexicano J. R. Spinoza (H. Matamoros, Tamaulipas, 1990) es un largo y profundo sueño de aventuras de donde es imposible salir sino cuando se llega a la última página. Cada relato, cada personaje, cada evento que el lector encuentra en estas páginas, con ojos atemporales, conducen a diversos paisajes interiores que se revisan a cada instante porque tanto tiempo como espacio se desplazan mientras el sueño induce a levitar en medio de las peripecias de unos muchachos que luchan contra una especie de organización criminal que se encarga de la trata de niños.

Pero en Sobre cómo olvidamos volar nada es realmente real. Es un libro donde las fantasías corren parejas con los sueños que entran y salen de los actantes. Los sueños son también personajes, toda vez que protagonizan cada suceso, cada revelación: los personajes están atados a los sueños, así como los sueños están atados a ellos. Es más, existe la constancia de una escuela para aprender a soñar, lo que conlleva a volar, a estar en el aire, en el éter onírico, en una dimensión en la que se confunde una supuesta realidad con la ficción como verdad. De modo que estamos ante una poética fantástica en la que los personajes (los lectores caerán atrapados por esa magia que el narrador usa con maestría) siempre serán jóvenes aventureros, capaces de luchar contra los demonios y pesadillas, así como dispuestos a desbaratar las ejecuciones de la banda de pederastas que secuestra niños y los convierte en eslabones de sus perversiones. Los niños son usados como aprendices de sueños para manejarlos, instruirlos en profundidades oníricas y en carnalidades criminales provocadas por quienes “compran” sus favores sexuales. Sujetos dictadores que se valen de una terapia onírica para realizar sus graves actuaciones.

Esta es una novela de muchos escenarios en los que los diferentes personajes ejecutan acciones individuales o en grupo para enfrentar las acciones de los secuestradores, los de los sueños torcidos y de quienes han contribuido con la pérdida de la angelación. Quien pierda esa condición, también pierde la de volador, de pájaro humano, de soñador aéreo.

 

Los niños siempre sueñan, siempre vuelan en los sueños y en la vida real.

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La lucha contra la diosa Tiamat mientras el mundo de los sueños abarca un viaje constante entre lo tangible y lo intangible. Diego, Briana, Estela (la asesinada), Fernando (Sky), Keyla, Sarahí (Tecna), Emily (la más joven), viajeros de los sueños o en los sueños, oniromantes. Ellos, víctimas de una red de trata infantil en Octlán, destinados a detectarla para ubicar a los pederastas, “para meterse en sus sueños”.

José, uno de los perversos, si se quiere el jefe de ellos, abría la boca para decirles, a los niños que habían olvidado ser ángeles, que tenían la capacidad de volar: “Se puede volar a través de un sueño”. Pero más allá de cualquier consideración, se trataba de una manipulación: los niños siempre sueñan, siempre vuelan en los sueños y en la vida real.

Ellos, claros al pensar que “las leyes de la realidad no existen cuando se sueña”, buscan, en medio de tantas tribulaciones y aventuras, convertidos en Los Chicos Demolición, una suerte de vigilantes vengadores. Pueden entrar y salir de los sueños de los otros, en una especie de alteridad onírica que revela los deseos de no perder la capacidad de volar en sus sueños o pesadillas.

Así, “la persona sueña que está soñando”.

“Personas malvadas intentaron demoler nuestra infancia haciéndonos cosas horribles y aun así estamos aquí en los confines del universo onírico tratando de salvar la existencia misma”.

 

El narrador pasa del sueño a la realidad y de la realidad al sueño. O todo es un sueño convertido en una realidad.

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Esta novela es una gran metáfora del futuro. Del tiempo en el que es posible alcanzar lo imposible. Por esa razón, el narrador pasa del sueño a la realidad y de la realidad al sueño. O todo es un sueño convertido en una realidad. O una realidad hecha sueño, como suele ocurrir en estos días cuando retornamos a las más antiguas mitologías: el futuro se mueve muy rápido, como si fuese un trozo del pasado detenido, mitológico: una máquina, a través de una llave, es capaz de pensar por el ser humano, de allí que, al final, ser demasiado humano concita el deseo de no perder la capacidad de volar, pero fuera del sueño.

La lectura de un hechizo. La búsqueda permanente del conocimiento en una biblioteca en la que los libros se rebelan. La diosa de los sueños termina dividida, asesinada por los jóvenes, en cuatro trozos que podrían representar las cuatro estaciones o los cuatro ventrículos del corazón. Toda una simbología elaborada desde la juventud, representación de una cronología que no ha terminado: las páginas de La historia interminable, Los viajes de Gulliver, El libro de la selva, Peter Pan… Libros de viajes, libros del tiempo, libros de vuelos, libros juveniles, los de una generación que será capaz de volar sin las alas de los ángeles. Una gran metáfora determina la lectura de este libro de J. R. Spinoza.

Este es un libro que no termina de leerse porque nunca termina. El lector, quien esto escribe, vuela a través de la imaginación del autor. Viaja en una permanencia infinita. Los personajes se metamorfosean, se mitifican, son la utopía que habrá de resolverse mientras atraviesa el espejo del tiempo, como ocurrió con Alicia, la de Carroll, la que no dejó de ser un sueño.

Fijar la mirada en esta oración: para volar “sólo se necesita una idea feliz”. En esta imagen se concentra, se sintetiza la escritura de esta novela, obra de muchas lecturas, de tantas como tantos personajes se mueven en su geografía onírica, en el vuelo de quienes seguirán apostando por estar en el sueño de los demás, en las aventuras oníricas ajenas.

Viajeros del sueño, onironautas, los que se encuentren con estas páginas, llenas de asombros, de sorpresas, de sueños con los ojos abiertos, de levitaciones, de aventuras donde ellos, los chicos de esta vertebración verbal, hacen y deshacen hasta encontrar el camino hacia la libertad, hacia la puerta que no amerita llave alguna.

De allí que vale pena añadir las palabras de Novalis, tomadas de sus Fragmentos, con las que expresa: “Si tuviésemos una Fantástica, como hay una Lógica, se habría descubierto el arte de inventar”.

Y este libro es un invento que nos inventa, que nos sueña, que nos despierta y nos hace volar.

Alberto Hernández

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