

Altar de nadie
Félix Anesio
Poesía
Editorial Oxeda
Ayapango (México), 2022
ISBN: 978-6079963811
126 páginas
Yo visitaba la selva acústica, asilo de la inocencia, y me divertía con la vislumbre fugitiva, con el desvarío de la luz.
José Antonio Ramos Sucre
En una larga noche de invierno, / recogido y distante, / miraba el hombre / una neblina negra / que se cernía en el espacio.
Francisco Pérez Perdomo
1
La noche es espesa. La poesía aparece mientras los párpados del hombre se abren hacia la sombra que se fija en la ventana. La voz del poema calibra su peso. Vierte su enseñanza en el papel o en la rectangular transigencia de la pantalla. El hombre medita, le habla a la vida, al silencio, a la angustia depositada en una palabra. El sueño espera. La noche se agita en la parte exterior del pensamiento. La poesía revisa y envuelve la mirada del hombre que escribe, el que ansía revelarse en un verso, tan intenso como la misma noche, como el sueño que se niega a envolverlo.
Altar de nadie es un compendio de voces. Un libro antológico que recoge la poesía más cercana al gusto de su autor. Es un libro tenso, crudo. Es una poesía hecha por la noche. Nocturnales son sus abismos y sonidos. El poeta lo afirma en sus reflexiones, en su comienzo, en la entrada a la casa de este testimonio poético que habrá de ser recogido por otros ojos, por la lectura esperada, por las ansias de quienes tendrán en sus manos estos cuatro libros resumidos en la fuerza de una escogencia cabalística, de una selección que se hace universo en este título: Altar de nadie, que recoge poemas escritos entre los años 2011 y 2021. Es decir, una década plena de creación, plena de imágenes, de sensaciones y sentimientos convertidos en poesía, en el sonido reverente del poema.
El libro se divide en siete secciones en las que se agrupan por tonos y temas los poemas de cuatro de los libros del autor. Son estas secciones “Surmenage”, “Quiénes somos”, “Transformación”, “Revelaciones”, “Goce y desengaños”, “Turbación y vigilia” y “Testigos”.
Así, La cosecha (Entre Líneas, Estados Unidos, 2013), El ojo de la gaviota (Betania / Entre Líneas, España, 2016), Los cuervos y la infamia (Betania / Entre Líneas, 2018) y País sin moscas y otros poemas (Primigenios, Estados Unidos, 2020), son los nombres de los libros que la noche ha convertido en sonoridad poética, en la sombra lumínica del poema desde la perspectiva de quien tiene en esas horas de silencio el momento para elevarse y recabar las palabras posibles. También las imposibles.
2
En la llamada psicología ascensional, mencionada por Gaston Bachelard en su ensayo “El sueño de vuelo”, contenido en el libro El aire y los sueños, el autor destaca que debería tratarse también de una metapoética del vuelo, lo que podría resumirse o traducirse en una poética que va más allá del viaje aéreo. En tal sentido, connota que se trata de un vuelo imaginario que, para efectos teóricos, se traslada al sueño como estética, como creación, mientras el soñador o soñante tenga conciencia de que tales sueños son también materia para una poética. En este caso, Félix Anesio cumple con este aspecto porque tiene en la vigilia espacio para la escritura de su poesía: ésta aparece en la noche mientras el sueño amenaza con entrar y hacer que el poema sea parte de la sombra. Pero mientras el poeta sepa que la noche es su aliada, que la alta noche lo cobija, el poema será entonces parte ascensional del texto que habrá de leerse a posteriori. El poema, la voz que se traza en el papel o en la pantalla, es la voz del otro, la de quien desde la vigilia tiene en el sueño una manera de decir. La noche es el espacio de la palabra oscura, aquella que Rimbaud insinuaba, aquella que se mueve y es posible en la mirada de quien la traza.
3
Afirma Anesio al comienzo de su libro antológico: “Las altas horas de la noche son mi refugio...” y desde ellas la temática de esta antología, de su poética. Y desde esas horas mira el mundo como “un retablo convulso”. La noche cabalga en estos poemas.
Ese mundo convulso contiene la angustia existencial, no sólo la del mundo sino la del propio poeta que la muestra en sus versos, en sus latigazos verbales, que se ajustan a la experiencia “que de ella emana”.
La noche, siempre la noche, el misterio, la densidad de su contenido. La fuerza de su oscuridad, tan vital como la luz. De esta manera nuestro autor, sumido frente al sitio donde dejará plasmadas sus palabras, destaca versos que iremos despejando para sabernos parte de esa noche, de esa poiesis en la que se debate el poeta antillano.
Todo es efímero
banal, pérdida, ausencia.
El hombre nunca será flor radiante,
nunca cielo, nunca estrella.
Con este aforismo se abre la puerta de esta aventura con la que el lector se encontrará. Y desde ella, desde la lectura, un mundo desnudo, a veces áspero, otras delicado, pero siempre con la verdad formulada verso, palabra ética, estética, precisa.
La duda, tan sabia, aparece: “No sé quién soy / ni a qué he venido”.
Y después, para reafirmar lo anterior: “Y lo que es peor aún, haber sobrevivido / a la crueldad de estos versos”. Es decir, desde ese saber de esa crueldad, el autor admite no saber a qué ha venido al mundo: esa contradicción es lo que hace relevantes sus versos: la duda y la contrariedad suscitan una respuesta que habrá de encontrar el lector.
Confirma todo lo anterior acerca de su horario creativo cuando añade: “El refugio de la noche es pródigo en sucesos”.
Tantos eventos, tantos sucesos que hacen del silencio sonidos.
La noche y su materia: “Camino al filo de la sombra / haciendo malabares / para beber el agua de la noche”.
La sombra, ella, la siempre ambulante, la que se mueve con la luz o es detenida por la misma luz. Y así, vuelve el poema: “Al filo de la medianoche...”, en otro resquicio expresivo.
4
En otro ambiente temático, el destino, lo que habrá de dejar con la partida, la angustia de no saberse nada en el después de la existencia.
De esta manera lo dice este hombre de palabras: “Todas las cosas lo abandonaban de golpe...”: la familia, el padre, la madre, el paisaje, el río, el agua, el aire, los mismos sueños, el todo mirable y respirable: “las amables puertas del vecindario (...) las esquinas del amor (...) la sopa de la abuela...”, y así, todo.
De pronto, un Ernesto se asoma en un poema: es Hemingway por los datos aportados. El novelista del mar, el novelista del viejo pescador en el oleaje cubano. El narrador del gran pez, pero podría ser también el escritor amargado, suicida, aunque no esté expresado en el texto.
De esos abandonos, el padre recordado, como la madre: “Ha pasado el tiempo / Y mi madre ha muerto”.
Una vez más se niega en medio de una afirmación: “He sido a la vez mil hombres / y ninguno”. Otredad múltiple y el ser nadie, ninguno, nada que es el todo en la sombra. Es decir, “...una noche definitiva”.
5
La presencia de alguien, de algunos que suelen aparecer en la vigilia, en el recuerdo, en el día que es también imagen de una noche venidera, futura, aunque todo futuro siempre será pasado: “Un hombre en una esquina del mundo / permanece en silencio...”.
Y otro, otro, sí, podría ser el mismo, “no para de hablar”, y esos anteriores se hacen éste que elige “plantar signos para celebrar la vida”. Uno y múltiple.
Pero la “noche / endemoniada” continúa su labor, mantener despierto al hombre de los versos, al que confiesa “Soy lo que he leído”, como lo expresó una vez Borges. Y esa lectura, ese hacer de los ojos y la mente en permanencia con los libros provoca esta expresión plural: “Nos consumimos / como cirios / en el altar de nadie”, núcleo que le da nombre al libro, cordón umbilical de esta obra de Félix Anesio que también tiene lugar en este verso: “Toda erudición es un exceso”, a sabiendas de que ya el hombre sabe por qué respira y habla mientras la vida se va consumiendo en un gerundio placentero o doloroso: “La pátina del tiempo es de los otros / el tiempo no transcurre mientras crea / y se le hace infinito en cada pieza”.
El tiempo que discurre es ajeno, como el nuestro.
Y para el cierre, un consejo, un aforismo que Hipócrates no incluyó en los suyos:
Poeta: “no mueras más de lo que has muerto”.
La sombra se acumula, se adensa, y el hombre que es muchos y ninguno, pero a la vez uno, escribe: “Esta noche no soñaré, no debo”, mientras el tiempo se afana en sus trajines.
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