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Voces del valle, de Emir Brando Tepepa Esquivel

jueves 15 de mayo de 2025
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Emir Brando Tepepa Esquivel
Emir Brando Tepepa Esquivel ha escrito Voces del valle, un poemario donde canta para que la memoria continúe presente en todos los tiempos verbales, en todos los días y las noches de la tierra que la vio crecer.

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Voces del pasado y del presente. Voces de todos los tiempos. Voces que traen nombres y los eternizan. Voces de un lugar, de un tiempo, de un espacio donde la memoria sigue viva. Voces y ecos de una cultura que se personaliza en el poeta mexicano Emir Brando Tepepa Esquivel. Voces vibrantes en medio de las piedras, en medio de la espesura de una lengua que cada día aparece y nombra. Voces que dicen, entonces, para quedarse en el poema.

Tepepa Esquivel ha escrito un poemario donde su lugar, el lugar de muchos, el de tantísimos ombligos enterrados, pronuncia, menciona, celebra, conmemora, se pasea por los accidentes geográficos más notables, canta para que la memoria continúe presente en todos los tiempos verbales, en todos los días y las noches de la tierra que la vio crecer, que lo vio leer el signo de cada monumento, de cada río, de cada volcán, de cada sala de espectáculos donde las imágenes visuales, las del cine, revelaron otra realidad, otras ficciones, otras pasiones. Y así, el Valle de Atlixco es un emblema topográfico transformado en poema, en metamorfosis, porque cada poema es un cambio pese a ser el mismo aliento el que lo canta: cada poema cambia de piel, se hace muchos en uno y uno en muchos. El valle se multiplica en la voz de este representante de la poesía venida del estado de Puebla, donde está enclavado el precioso valle al que él le ofrenda sus oraciones.

Allí están presentes los dioses del valle, los hombres y las mujeres del valle, los símbolos y signos del barro.

Detrás de cada poema, escrito en presente con un leve pasado silencioso, está la cosmogonía del valle. Su mitología en los personajes anónimos, en los que no menciona pero que sabemos están en los textos protagonizando la existencia, la de vivir en un lugar donde pasaron tantas voces, tantos tesoros culturales, tantos movimientos de la tierra, tantos adornos del viento, tanta poesía y tanta sangre, después. Allí están presentes los dioses del valle, los hombres y las mujeres del valle, los símbolos y signos del barro, de la tierra amasada para erigir los grandes monumentos de la imaginación y los que fueron forjados por las manos del poder de la naturaleza.

He aquí que los ríos se fundamentan. Se mueven como sierpes en los nombres que los mencionan. En este espacio México es la celebración de una consagración perpetua, sagrada, desde la mirada de quienes siguen vivos en la memoria de sus moradores.

 

“Voces del valle”, de Emir Brando Tepepa Esquivel
Voces del valle, de Emir Brando Tepepa Esquivel (2021). Disponible en Wattpad

Voces del valle
Emir Brando Tepepa Esquivel
Poesía
Puebla (México), 2021
66 páginas

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El Valle de Atlixco es un emblema, la presencia activa de una cultura que a través de estos poemas se da a conocer en otros ámbitos. Cultura que se halla fijada en los ojos de los dioses ancestrales, en los mismos nombres que son representaciones del tiempo vivo. El valle recoge todos esos sentidos, el constructo de una fusión entre la lengua autóctona y la impuesta por los invasores. Ambas se reúnen para cantarle al pasado, a lo que queda, a lo que quedará mientras le poesía siga revelando su poder. Ambas miradas, la mexica y la extraña llegada del otro lado de la tierra, conjugan en un acto que celebra a diario su eco, sus voces, el mismo valle como símbolo de eternidad.

La arquitectura, la asombrosa presencia de la mano constructora de aquel México del pasado remoto, así como la poderosa naturaleza traducida en personajes: dioses, sacerdotes, vírgenes, templos, ermitas, iglesias, pirámides (Macuilxochitepec), el famoso volcán Popocatépetl, toda la arqueología, las ruinas palpitantes, vivas, vibrantes de lo que aquella mano aborigen moldeó para inventar lo que Carlos Fuentes llamó la región más transparente, más allá de la gran ciudad, toda vez que el novelista mexicano hundió su pensamiento en lo que significa todo México ante los ojos de todo un eco convertido en voz colectiva, en las voces que hoy el poeta de este libro nos regala.

Desde la perspectiva narrativa (el poema también relata muchas veces) se pueden sentir los pasos de Rulfo por la tierra reseca de su tierra, la misma tierra de Tepepa Esquivel, plena de silencios, signos, sequía y ríos, nombres y fantasmas.

Todo el libro es una sola voz que se diversifica. He aquí entonces el sincretismo, pero a la vez la pureza de unas palabras que siguen vigentes en un idioma que tiene eco en el pasado de los que amasaron el polvo del valle.

 

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¿Qué más dicen estos poemas? ¿Qué más cantan? ¿Qué nos dice el Valle de Atlixco?

Un poema desliza la presencia del abuelo. Es decir, la carne y la sangre de la herencia, el sonido de una voz que avisa de los recuerdos. Pero también nos habla el poema de las danzas, de la plaza de toros, de los bailes, de los juegos de gallos (y Rulfo nos visita de nuevo), de la ineludible geografía, de la hidrografía fluvial, de algún pájaro que se ha quedado en alguna rama en silencio.

Y así, como una poética:

Arrinconado
mi poema. Perdido
en el arroyo.

Porque el mismo arroyo es el poema, el que corre por la tierra y lleva la voz del valle, hecho poema, a cada uno de los rincones de esa planicie donde habitan los dioses del pasado y del presente, evidenciada en la zona arqueológica del mismo valle.

Por eso, el poeta canta:

Ni una voz queda
ni letra de los templos
ni un solo ruido

Adiós a mis
cantos (perdona a los
ignorantes)

adiós a mis
flores (perdona a los
cebollinos)

adiós
adiós
adiós.

Y canta como si lo pronunciara cerca de la pirámide de Macuilxochitepec. Como si lo dijera en el instante en que el arroyo o el río se detuvieran en una suerte de hierática sumisión regional.

Los poemas son retazos, trozos de memoria. Cada texto está escrito con la fuerza de la voz que lo conduce a cantar, a decir, a moldear las palabras. Cada poema es una oración que se cuela desde el Huitzilatl:

Llanto del río
Halo de libertad
Áspero vuelo

Del colibrí
Cuyo espacio y tiempo es
¡infinito!

 

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Pero el poema se prolonga, se hace otro y visible temáticamente. Es un texto donde todo se nombra, por eso las voces, por eso el eco. Poemas para mencionar los cines, el de Metepec, el Antiguo Cine de Capitolio y así los molinos para la fábrica de vientos e insumos. O la de hilos donde se teje la tradición, la floreciente cultura de los colores. Y el tema del amor en la voz “Ahuehuetes narrando los años...”, y así los antepasados: “¿Me acompañas al reencuentro?”.

Otra parte destaca “Los tesoros”, como si los anteriores estuviesen ocultos, y donde cada poema remata con una pregunta que se convierte en otro poema:

¿Quiénes somos?


¿Quiénes nos vigilan todos los días?


¿Cómo sabré lo que eres si nunca me miras?


¿Emanará la magia en los tesoros del valle?

Ya han emanado a través de estos poemas que hablan también de “Solares”, las zonas arqueológicas de Atlixco, de donde también emana la magia que estos poemas nos entregan.

Alberto Hernández
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