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Desde el título mismo el lector aprehende el momento de los latidos que habrán de provocar estos relatos. Cada cuento, cada historia, nos hace regresar a nuestras primeras lecturas, a ese “érase una vez” que nos imbuía en una densa capacidad de saber que quien nos hablaba había inventado las voces que nos llegaban cada noche en la sala o en el portón de la casa.
Ese comienzo descubrió el mundo de lo que vendrá, de lo que no imaginábamos, pero que se convertiría en ensueños cuando los oíamos o los leíamos.
En María del Mar Gómez Guerra ha quedado la siembra de esa oración construida con la imaginación sencilla, pero a la vez profunda, en la que se esconde una sorpresa, un susto, una carcajada o el más persistente anhelo de que la historia no termine.
Se trata de 33 relatos que devuelven a quien los lee a la niñez sintiéndose adulto. Pero igual, el adulto que vuelve a la niñez sintiéndose niño. Ese ensoñado eterno retorno. Encaramos esa primera impresión y seguimos hasta la última palabra que encaja en el convencimiento, en la posibilidad de un nuevo mundo, de un relato que podría continuar contándose, en el que una moraleja desnuda todo el cuento y posibilita la reflexión del lector.
Estamos hablando de una cultura verbal antigua: la fábula como descubrimiento en un nuevo lector, en ese que se siente a gusto en el mismo instante en que se humanizan más los personajes e inclusive las cosas, la naturaleza que habla y aconseja.
Esta treintena de historias, llevadas de la mano por el recuerdo de las fábulas de Esopo, Samaniego, Iriarte o La Fontaine, representan un regalo de ecos instalados en el presente.

Relatos para despertar el corazón dormido
María del Mar Gómez Guerra
Cuentos
Cantabria (España), 2020
ISBN: 978-84-15484-81-3
100 páginas
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El corazón dormido alude —precisamente— al de los hombres y mujeres de estos días, al de los niños que no han logrado acceder a la magia, a la hechicería de los sueños, a la brujería de los encantos. Ese corazón despierta cuando entra en este mundo de relatos. Ese corazón sin latidos ahora palpita con la fuerza de cada uno de estos episodios en los que la fuerza de la imaginación se posa sobre el lector y lo retorna a los primeros días de su escolaridad o a los cuentos de las abuelas, al de las madres o vecinos cuando por las noches hablaban de hadas, de gnomos, de árboles parlantes, de mares mágicos, de bondades y maldades, de días y oscuridades, de caballeros, reyes y damas que, empujadas por el poder, eran convencidos gracias a la bondad o a la sabiduría de los más inocentes o de los más alejados de la joyería de los castillos, casonas o mansiones donde los dueños, amparados en su arrogancia, eran convertidos en otros sujetos gracias a los eventos o palabras de quien vivía bajo un árbol o bajo un puente, o simplemente extendía la mano para pedir una limosna.
Gómez Guerra nos enseña, desde la niñez que nos soporta como adultos, a revisarnos, a extraer de las moralejas de sus fabulaciones los ingredientes precisos para deshacernos de los vicios, los odios, la pereza, los desagrados o las malas intenciones de quienes luego pasan a ser modelos de gratitud y bondad.
Volvemos a decir que nos leemos como niños en este bello libro de María del Mar Gómez Guerra, y es tanto el apego que repasamos estas letras con la edad de los juegos, del imaginario iniciático de quienes sirvieron de cantores, trovadores o contadores de fábulas entre caseríos, ciudades de antiguas tradiciones. Hoy, cuando el mundo se sospecha cuadrado por la ambición exagerada de poder, por la transgresión de los valores, por el uso abusivo de la tecnología, estas historias nos reconcilian con las palabras de aquellos que han quedado sembrados en el olvido.
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Hay una cierta intención pedagógica en esta obra. Una intención reveladora: quien lea estas páginas comulgará con los personajes que ahora protagonizan este presente caótico, este presente que se ha convertido en una noche sin palabras.
De allí que la voz de la narradora humanice, entre otros juguetes, un globo que ofrece una referencia con aquella historia de quien se acercó demasiado al sol y se le quemaron las alas. Desde el comienzo el lector se queda atrapado en esta red de magias que sólo puede inventar un soñador, en este caso una soñadora como María del Mar Gómez Guerra.
Son tantas las historias, tantos los “milagros”, la magia encontrada en estas hojas escritas, que el lector se verá en la necesidad de crear las suyas. La hermosura de la sencillez, la hondura de lo que está a la vista pero que no podemos ver, como es el caso de que un árbol nos hable o nos sane una llaga o una herida, o nos aparte de la arrogancia, la burla, el rechazo, el miedo o la pereza. O la del torero que cae abatido por propio pie y se encuentra con la trompa de la bestia que casi muerta le habla y ambos terminan convencidos de que la inocencia debe ser la base del humano ser.
Esta fabuladora española nos llena de regocijo al escribir estos relatos, al inventar cada suceso, cada anécdota, cada cuento, cada minificción que nos fabula y nos relata a los mismos lectores como parte de un mundo que debe ser rescatado: el de la magia, el de la búsqueda permanente de la belleza a través de la bondad, de la sabiduría, a través de un beso que nos haga felices como el de la princesa que rechazó durante toda su vida los regalos que su padre el rey le ofrecía, y sólo era un beso lo que necesitaba para alcanzar esa felicidad que jamás había disfrutado.
“Érase una vez” la historia fabulada donde caben todos los relatos, donde entran y salen todos los personajes, los animales, árboles, lagos, mares y ríos convertidos en un milagro literario.
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