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Desterrados, de Ana Teresa Torres

lunes 2 de marzo de 2026
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Ana Teresa Torres
Ana Teresa Torres nos conduce por varios espacios cronológicos y conductas de una extensa cantidad de personajes que constituyen una genealogía tupida, zurcida por los numerosos eventos que vivieron durante el éxodo de familias. Fotografía: Roberto Mata
“El remedio de la imposibilidad de predecir, de la caótica inseguridad del futuro, se halla en la facultad de hacer y mantener las promesas”.
Hannah Arendt, La condición humana
“se dirigían a mi padre / en sus verbos de villorrios / también en el francés / de la patria que los aguardó salivando / con la misma guerra de la que creyeron huir”.
Jacqueline Goldberg, Mata de nervios
Desterrados cierra el círculo de una narrativa, al menos en novelas. Comencé hace 35 años con El exilio del tiempo, que era una mirada al pasado y hablaba del exilio como separación temporal del país de origen. Ahora llegué al futuro...”
Ana Teresa Torres
“Diáspora: diseminación de los judíos por toda la extensión del mundo antiguo, especialmente intensa desde el siglo III antes de Cristo. Por extensión, dispersión de individuos humanos que anteriormente vivían juntos”.
RAE, Diccionario de la lengua española

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Un apretado tejido de tramas instaladas entre la ficción y la realidad destaca en esta nueva novela de Ana Teresa Torres, quien de acuerdo con sus propias palabras cierra el ciclo de su novelística dedicada al exilio, al desarraigo de personas que han sido empujadas por diversas razones, sobre todo político-económicas, de sus países de origen, quienes tuvieron que respirar los aires de otros territorios donde fundaron nuevas familias gracias al encuentro de aquellos primeros que fueron expulsados junto con padres e hijos o nietos y se unieron a los que anteriormente habían sido extrañados de su tierra natal.

Desterrados es una novela para leerla con calma, con la paciencia de quien sabe que también ha sido un desterrado en el futuro al que llegó la voz creadora de esta novelista venezolana, quien tiene un registro relevante en nuestra literatura. Desterrados, entonces, somos todos nosotros, los de ayer, los de hace siglos, los de nuestros abuelos, los de nuestros ya casi olvidados antepasados que dejaron sus huesos en diferentes naciones del mundo.

Ana Teresa Torres nos conduce por varios espacios cronológicos, por topos, mares, lenguas y conductas de una extensa cantidad de personajes que constituyen una genealogía tupida, zurcida por los numerosos eventos que vivieron durante el éxodo de familias, pero también de los que se quedaron y fueron borrados de la existencia por regímenes autoritarios, donde el acoso, la persecución, el hambre y el silencio obligado los condujeron a hacer vida en otros climas donde se encontraron con otros que ya se habían ambientado pese a que la memoria seguía viva en el pasado que aún no habían podido borrar de sus recuerdos.

Estas historias, reveladas en esta novela publicada por Editorial Blanca Elena Pantin, son una extensión de otras anteriores donde el tema del exilio envuelve el protagonismo de actantes que han tratado de superar el pasado para encontrarse con el futuro, que siempre será un presente porque las cicatrices continúan hablando desde las viejas heridas provocadas por el terror, la prisión, la tortura y el crimen.

Antes de comentar esta nueva entrega creadora de Ana Teresa Torres devolvemos nuestra mirada a los siguientes títulos: El exilio del tiempo, en el que una mujer viaja a través de unas fotografías que muestran la Venezuela de su pretérito, imposible de recuperar; Nocturama, como su nombre lo indica es la historia de un personaje extraviado, exiliado en él mismo y atravesado por el mal de su tiempo; Diorama es la novela de la distopía, la de ese sueño que se convierte en el poder hegemónico, controlador de todo, donde todo vestigio de civilidad desaparece, donde el exilio es una suerte de espíritu que obliga a buscar otros destinos. Y Doña Inés contra el olvido ya lo dice, “el olvido”, suerte de destierro que tiene en doña Inés Villegas y Solórzano la fuente de la cual brotan viejas historias en las que la muerte es también sujeto de un exilio memorial.

 

“Desterrados”, de Ana Teresa Torres
Desterrados, de Ana Teresa Torres (Blanca Pantin, 2025). Disponible mediante contacto con la editorial

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Numerosos personajes transitan por estas historias. Trazados por tiempos distintos, nuestra narradora nos lleva por caminos en los que ya estamos en el futuro.

Pasado y futuro rozan el presente: en esta novela se nos presentan diecinueve estaciones en las que nuestra autora señala ciudades y fechas de las movilizaciones de los desterrados. La autora trastoca los tiempos: va de una época a otra, de un país a otro, en un movimiento dinámicamente duro para quienes viven las historias y también para quienes hemos comenzado, como lectores, a saber de ellas. Abre el tomo con “Pórtico caraqueño, 2015”, en el que el presente confirma una realidad que comparte espacios con la ficción. En este capítulo, Ana Teresa Torres desarrolla o nos da a saber acerca del entramado de familias que se afincaron temporal o definitivamente en Venezuela, o al menos dejaron una marca en los diferentes paisajes de nuestra geografía. Hablamos de la genealogía de un pasado borroso y de la reciente, las que aún resuenan en muchos oídos, en muchos sobresaltos y en tantísimos recuerdos: entre esos apellidos, nacidos o no en este país, están los Cárdenas, los León, los Pimentel, los Sardi, los Quintero, los Casares, que luego se van uniendo con aquellos que aparecen y desaparecen de estas páginas encajadas en los países que se convirtieron en duros regímenes europeos y luego latinoamericanos. Sí, los Feldman, los Brodski, los Ortiz: ellos, entre otros, son una especie de envoltura genética que nos cuentan, desde la lejanía, los avatares, sufrimientos, viajes, naufragios personales y colectivos, llegadas y salidas de las regiones donde estuvieron, se instalaron, se quedaron o volvieron a sus lugares de nacimiento porque la nostalgia los atrapó, una vez que los regímenes dictatoriales fueron derrotados.

Esa Caracas, receptáculo de voces que se había quedado en sus casas y calles. La ciudad de 2015 aún se paseaba por muchos de esos apellidos que huían de la Unión Soviética, de la España franquista y de otras regiones tanto de Europa como de América Latina. Este abrebocas da paso a un zurcido de relaciones que le dan cuerpo a esta novela de la venezolana. Se trata de la Venezuela naciente, la que dejamos atrás hace muchas décadas y en este 2015 siguió siendo parte de nuestros dolores y presiones.

Reflexiones que se asoman en la trama, como esta de Walter Benjamin, personaje referencial en esta obra de la novelista Ana Teresa Torres: “Articular históricamente el pasado no significa conocerlo tal como verdaderamente fue”, y de esta manera, desde esta perspectiva, la pieza narrativa imbrica esa historia real con la otra que proviene de la ficción. El creador de relatos tiene la capacidad de fundar eventos que son capaces de convertirse en verosímiles, y eso es lo que sucede en esta pieza de Torres: “Significa apoderarse de un recuerdo tal como éste relumbra en un instante de peligro”: los personajes viven esos instantes, viven ese cúmulo de riesgos, sobreviven en medio de amenazas y hasta logran familiarizarse con esa verdad metaficcional que ha sido una verdad incuestionable.

El segundo tramo de esta historia, “Odesa-Buenos Aires, 1905”, confirma el inicio de esta travesía que destacó a la primera como un instante, como afirma Walter Benjamin, para darle rienda suelta a esta tupida presencia de personajes y eventos. El joyero Max Brodski, como su abuelo y su padre. Luba, como Max, llegan a Buenos Aires. Hablan ruso y yidis. Fue un viaje terrible, riesgoso.

Y luego, después de oír el acento argentino, de saberse parte de esa gran ciudad, aparece el otro tramo: “Moscú, 1914-París, 1921”, la salida de los Feldman y Nina Martovia, quienes no dejan de decir acerca de su pasado, de su presente y de su futuro. Desterrados siguen hablando el idioma de su antigua patria geográfica y la de su patria originaria, la lengua de Israel. Los judíos, una vez más, son objeto de persecución: el holocausto es una marca imborrable en la piel y alma de esta cultura, mancillada, expulsada, criminalizada. Sarajevo, 1994, inicio de la Primera Guerra Mundial, en la mirada triste de los tantos que aún respiran. La referencia a Lenin, quien viajaba en el mismo tren a Moscú desde Suiza para hacer la revolución. No deja de mencionar detalles nuestra narradora, quien habla como un personaje que vive en el presente y retorna como un personaje del pasado, un fantasma que va relatando lo que muchos no sabían de la intimidad, del dolor y la muerte.

No escapan de la memoria de la narradora los nombres de poetas y escritores como Tsvetáyeva y Nabokov. Subraya la autobiografía de quienes fueron víctimas y ahora son parte de este futuro que los tiene como mártires, como páginas que se siguen leyendo.

 

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La historia es cíclica, es bien sabido. Gira alrededor de los desplazados humanos, del sufrimiento, lecciones y aprendizajes, éxitos y fracasos. Una cartografía del escape —como en los anteriores capítulos— conduce a los personajes a arribar a Buenos Aires desde París, en el año 1939. La guerra en Europa, la segunda bautizada mundial, devela los nombres de Hitler, Stalin y Franco, tiranos que promueven el exilio y la esclavitud. 1945, continúan en Argentina: la derrota de los nazis, el término de los pogromos. Pero no se olvidan de los muertos, de los que quedaron en Rusia, España, en la Europa arruinada, asediada por la realidad, por “la señora realidad”, como expresaba una de las abuelas. Surge la idea del retorno, de un nuevo exilio: regresar a sus pueblos de nacimiento como Ucrania, Lituania, Bohemia, Galitzia y Besarabia.

“Para nosotros los judíos todo se voltea constantemente”, se lee y se oye desde nuestra postura de lectores protagónicos. La calle Once de Buenos Aires es un retrato en los sentidos de quienes allí habitaron.

No termina el viaje: “Nueva York-Marsella, 1946-1947”: La nostalgia por volver a París desde Nueva York. La obsesión de encontrar a un padre vivo o muerto. Es el padre perdido de Lev Feldman, desaparecido en octubre de 1939, porque no pudo viajar con el resto de la familia a Argentina.

Una larga lista de artistas refugiados en una mansión de Marsella da cuenta de la realidad: poetas surrealistas, pintores, creadores que se escondían de la guerra, del odio que dejaba el pasado. Trabajos, estudios, pero allí seguía la porfía. Walter Benjamin, muerto en Portbou; Marc Chagall, cuyo verdadero nombre judío era Moishe Segal. La decepción frente a la realidad: no encontrar sobrevivientes: el padre, los amigos, el pequeño mundo de sus vecindades.

Nuevamente, “Argentina, Buenos Aires, 1976”: el golpe militar de Videla y sus matones Massera y Agosti, los golpistas que apresaron a la viuda de Perón. Y un consejo: “El sobreviviente no puede mirar hacia atrás”, mientras la Triple A cometía todos los crímenes contra argentinos y extranjeros.

En 1978 aparece Caracas como destino: los desterrados llegan al trópico. Atrás quedaban los niños secuestrados y puestos en venta en la tierra del tango. Atrás quedaba otra herida.

Era la Venezuela próspera de los 70, adonde llegaba gente de medio mundo, sobre todo desterrados por las dictaduras de Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay.

Esta novela de Ana Teresa Torres demuestra que entre la ficción y la realidad la distancia es muy corta. Los procesos políticos al amparo del miedo.

Queda atrás la capital de Venezuela y aparece Varsovia, 1982, y de nuevo Caracas, 1986. El eterno viaje, el eterno retorno. Ocurre un hecho histórico que renueva las esperanzas, la huelga general en Polonia liderada por el movimiento obrero Solidaridad, a cuya cabeza estaba Lech Walesa. Y, en efecto, el personaje femenino que ampara a argentinos y polacos. Ocurre el Porteñazo en 1962 y así, del pueblo de Cagua a Lodz. El amor a dos bandas: Álvaro y Joachim Fest en la vida de Mariela Rodríguez Larralde, quien trabajaba en la embajada de Venezuela. El fracaso amoroso.

Caída del Muro de Berlín, construido en 1961. Así, Caracas es ahora “una vaga promesa”. Retornos, viajes, para no perder el pasado en medio de un presente que busca siempre el porvenir.

El tiempo es otro exilio. Ana Teresa Torres nos conduce como quiere: nos convierte en actores del pasado, nos lleva al futuro, nos retorna al pasado nuevamente y nos enseña el presente casi inmediato que respiramos.

 

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Buenos Aires, 1984: la desmemoria, el retorno, siempre el retorno.

Todo aquello eran ejercicios de la mortificación de una simulación de felicidad insoportable a la que se veían obligados en cada salida, en cada mañana en la que su madre quería hacer la compra...

Las madres de Plaza de Mayo y Gala con la imagen de Luisa y Elenita pegadas en un estandarte. Ellas habían sido secuestradas por la dictadura. Rasgos, huellas, detalles, impulsos. La memoria, siempre ella sembrada en el tiempo, en ese exilio que no termina de parar.

En 1994, de nuevo Buenos Aires: el atentado contra la Asociación Mutual Israelita Argentina (Amia), el 18 de marzo de ese mismo año. Referencia a Caldera II. La muerte de Gala, madre de Álvaro.

Ya cuando el exilio parece un trazo del olvido, una huella honda pero sin tierra original sino agregada, es Valencia, 1913-Caracas, 1953: el tiempo se voltea, gira, se mueve hacia atrás y hacia adelante. Juan Vicente Gómez. La Rotunda, los que salen del país, herederos de aquellos que llegaron de Europa. París en escena, después Caracas. Se oyen en el ambiente literario los títulos de Teresa de la Parra y Manuel Díaz Rodríguez, exiliados del tiempo, de ese olvido que también deja marcas en una época que ya también ha pasado al olvido. El primer golpe de Pérez Jiménez. La caída de Gallegos. Las elecciones robadas a Jóvito Villalba. Muchos son desterrados por la dictadura criolla.

Este lector recuerda a los desterrados de los partidos políticos e intelectuales, unos que lograron sobrevivir y otros que no: Andrés Eloy Blanco, por ejemplo. En nuestras entrañas territoriales Leoncio Martínez, Leo, quien dejó el poema “Balada del preso insomne”, una suerte de destierro de un imaginario que involucra a su ascendencia en el extranjero.

Ana Teresa Torres una vez más voltea a mirar hacia atrás: Madrid 1953-1954: Franco en el poder absoluto. El estraperlo, que aquí llamamos el bachaquerismo. La visita a Pedro Estrada por invitación del esbirro a salir del país a un personaje. Una descripción notable del Estrada nos hace la narradora y la traemos a la pantalla de aquella serie televisiva venezolana en la que nos muestran a un sujeto refinado, bien peinado, cínico y hasta de buena pinta.

1955 y un sanatorio, como el de La montaña mágica, allá en Madrid.

Y así, tramo a tramo: Caracas 2015, Buenos Aires 2015, Caracas 2020. Los distintos eventos violentos del país, el rostro de aquello que se quería olvidar: una nueva diáspora. Y un epílogo caraqueño que nos ubica en 2025, esta actualidad de quebrantos.

Desterrados, es, pues, la larga historia de un éxodo que nos hace volver la cara hacia aquellos judíos que huyeron de Egipto y pasaron todas las penurias en el desierto antes de llegar a la tierra que les habían prometido.

 

(***)

 

Para escribir esta pieza narrativa nuestra autora se valió de videos, películas, una bibliografía extensa que nos obliga a pensar que se trata de una obra en la que se conjugan el periodismo de investigación, el buceo en datos de relevante importancia hasta dar con una novela redonda, llena de eventos: el cuadro terrible de los desterrados. El dolor y los diversos viajes por medio mundo para tratar de encontrar la tierra que una vez los vio nacer, pero no sólo ellos, sino a su descendencia, también perseguida por los recuerdos, la nostalgia de sus antepasados y el futuro endeble que aún se rebela contra la humanidad.

 

Nota al margen

La literatura venezolana no ha escapado de este tema. Son muchos los escritores que lo han abordado, entre ellos, al desgaire: José Antonio Rial, quien publicó Segundo naufragio: Caracas, 1943-1945, posguerra y finales de la II guerra mundial (colección Agustín Espinosa, Islas Canarias, 1989); Alicia Freilich Segal: Claper (Planeta, Caracas, 1987); Lourdes Sifontes Greco: Los nuevos exilios (Planeta, 1991); Tomás Eloy Martínez: La novela de Perón (Publicaciones Seleven, Caracas, 1986), y más recientemente, en poesía: Jacqueline Goldberg: Mata de nervios (Oscar Todtmann Editores, Caracas, 2025).

Podríamos continuar anotando títulos que suman al tema: el argentino Marcos Aguinis: La gesta del marrano, novela que revisa la persecución de los judíos en el sur de América Latina por la Inquisición. La saga histórica del norteamericano Howard Fast: Los inmigrantes, tres tomos donde se conjuntan italianos, alemanes y otros grupos europeos acosados por la inanición y los dictadores. Los dos tomos de Thomas Keneally: La lista de Schindler (Plural, Barcelona, España, 2000), luego llevada al cine magistralmente y en la que vemos lo que la lectura nos aportó: la bondad de un hombre que le salva la vida a un numeroso grupo de judíos durante la dictadura de Hitler.

Esta lectura no termina: seguimos desterrados, convertidos en sombras que ambulan por el mundo a través de nuestros hijos, parientes y amigos.

Alberto Hernández
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