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Mil andamios, de Hugo Patuto

lunes 30 de marzo de 2026
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Hugo Patuto
Hugo Patuto ensaya, en su novela breve Mil andamios, seis escenas teatrales que destilan parte de un monólogo interior, que abre la posibilidad de otro cosmos escritural.

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Un tejido de personajes en un tejido de eventos. Cuatro personajes que desfilen en medio de otros que se ventilan referenciales en una novela corta del escritor argentino Hugo Patuto, pieza que podría ser considerada como cuatro relatos que se convierten en un racimo de acciones en los que el autor metaforiza a través del título.

Desde el mismo instante de la lectura, con Charles-Édouard Jeanneret-Gris, nos encontramos con la palabra que corporiza la escritura de esta pieza narrativa: “...el andamio es / sólo el prólogo necesario”, que como epígrafe destila la presencia posterior de sujetos o actantes que se mueven a través de conflictos familiares, destellos de diálogos en los que se mezcla un narrador que también sabe moverse entre los nervios de estos cuatro postes accionales.

 

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Valentina, Esteban, Roberto Ignacio Pesce y Cía y Floriana comparten esta breve osadía de Patuto en la que se advierte su capacidad relatora, con la cual construye argumentaciones y pequeños deslaves emocionales. Es una novela que se adentra en la vida familiar, amorosa y viajera de los personajes que se descubren citadinos, a veces coloquiales, atravesados por intercesiones prolongadas de algunos de ellos, de los personajes, quienes aparecen y desaparecen del escenario para crear nuevos espacios accionales, narrativos.

“Mil andamios”, de Hugo Patuto
Mil andamios, de Hugo Patuto (Macedonia, 2025). Disponible en el Instagram de la editorial

Valentina Borderi ocupa el primer espacio y tiempo de la novela. La construcción del personaje parte de una acción que podría catalogarse como insignificante, pero que contiene toda la fuerza de las posteriores revelaciones de esta obra.

“...miró los andamios y se rascó la nuca”.

¿Qué nos dice con esta oración? ¿Qué simbolizan los andamios, el abajo hacia el arriba o el arriba hacia abajo? Y al decir que “soñó que el mar presentaba escalones” nos traslada a un trazo onírico del que se desprende la argumentación del autor. Escalones, escalera para acceder al andamio. A una profundidad que se eleva en lugar de bajar, pero el “pánico”, precisamente, está en el desequilibrio, lo que provocaría la caída.

Un andamio es una herramienta de trabajo. Una armazón, estructura, plataforma, sinónimos que vertebran para darnos a entender que estamos frente a una construcción. El título Mil andamios descubre el número de miradas de una mujer que “luchó por años con el equilibrio corporal: renegaba del tamaño de sus manos y pechos”. Ella es parte de una altura que le causa estupor, brega con ese equilibrio que a la larga es un desequilibrio psíquico. Toda una metáfora que se mueve porque “cada persona es un drama”.

La voz que emerge del texto se pregunta: “¿Cómo voy a justificar el pánico y la niebla, si cada noche parece un abismo?”. He aquí la metáfora, el temor a caer, a hundirse en y desde la oscuridad.

 

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Esteban destapa la idea del sustantivo como una obsesión y asoma una crítica pública, al expresar:

—Siguen con los andamios, claro.

Esteban se llevó el pañuelo a la frente. Lo mismo que nuestro proyecto de país. ¡Ir hacia arriba y morir en el vacío!

Repite más adelante a dos voces:

—Volvemos a considerar los andamios —él asomó.

—Ah, sí: el símbolo desenfrenado, que parece borrar el cielo.

Y luego:

—¿Qué fue de Valentina Borderi, la chica de los andamios?

De manera que la palabra andamio se conjuga simbólicamente con una manera de ser o estar, con esa mirada autodespectiva que simula altura mientras se hunde en el piso.

Especulo desde la palabra andamio. Y dejo al gusto del lector el número mil, ajustado, probablemente, a alguna repetitiva manía, díscola o tentadora de quien observa el cuerpo armado por donde se accede a las paredes de un edificio o de un cuerpo escindido.

En este andar narrativo, el autor ensaya seis escenas teatrales que destilan parte de un monólogo interior, que abre la posibilidad de otro cosmos escritural. Guillermo, el viudo, quien perdió a su esposa en un accidente automovilístico, se adentra en él mismo como un destape de la conciencia.

 

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Sigue el monólogo como una tentación estilística y los temas confluyen: el amor, los viajes, los sueños y las ciudades italianas descubiertas, descritas por su belleza y antigüedad. La música clásica, la familia, los amigos, el mundo estructurado. Eslabones, escalones, pasos de quienes retorna siempre al mismo lugar.

Y así, en Floriana, el Concierto para piano Nº 2 de Brahms. Y de nuevo el desasosiego: la falta de empleo, “un desastre para la gente”.

He aquí las referencias literarias: Whitman, Sartre, con quienes en el panorama familiar debe imponerse lo armónico.

...el mundo, todo —finalmente—, se había convertido en un andamio... Esa remota posibilidad para elevarse más, mucho más.

Este trabajo de Hugo Patuto, una vez más, lo presenta como un excelente narrador, no sólo de minicuentos, sino también como un novelista maduro y experimentado.

Esta novela merece otras lecturas.

Alberto Hernández
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