
1
Alguien en plural o en singular va de un sitio a otro. Se mueve empujado por la sombra que lo acosa, lo persigue desde el país que abandona: lo hinca, lo fuerza a cruzar fronteras a través de trochas, ríos, aeropuertos, muelles o sueños que se convierten en pesadillas.
Alguien en singular advierte su herencia movible, su legado de tierras dejadas atrás, perdidas muchas veces en la memoria, borrosas o recordadas por la fuerza vital de la nostalgia.
Los éxodos, los exilios, de Alfredo Pérez Alencart, es ese pluralizado. El él y otros. Es el otro en él o en todos a la vez sumados a distintos estadios, paisajes, acentos, idiomas, costumbres, luces y sombras. Este libro nos toca muy de cerca, es parte de este presente que agobia y que ha provocado la pérdida de cualquier horizonte, pero también es un legajo de asuntos pendientes que se resuelven con la costumbre ajena. Un exiliado es parte de la arena que se mueve en el desierto de las grandes ciudades, en los campos secos o florecidos, donde en el camino abundan las espinas y los espinazos rotos.

2
El autor de esta pieza verbal no es otro que un hijo de esos antiguos viajes donde quedaron nombre y apellido. Este es el eco de muchas pérdidas, pero también de aprendizajes y logros. El éxodo enseña a tener cinco sentidos, enseña a administrarlos frente a las distancias, ante la casa que quedó atrás, ante el silencio que significó el desarraigo.
Alguien, ese que es muchos y uno a la vez, revisa las cartas guardadas, los viejos retratos donde la familia era de otro polvo, cenizas vertidas en los ojos de los que ahora respiran distintos aires.
Así recibes a los exhaustos,
como en la familia que se te quedó
al otro lado del mar.
Tantas han sido y son las huellas dejadas con esos pasos inseguros, trazados por palabras que se hacen poesía desde la memoria.
Dice el poeta:
Aquí creció tu carne hecha palabras
y aquí te quedas
sin pesos ensombrecidos.
3
El poema hace la tierra nueva, la que recibe el acento extraño, el acento convertido en sonido prematuro, el recién encontrado, que luego se juntan para compartir señuelos, marcas, tesituras del alma, recuerdos, olvidos.
Esa “mudanza del encanto” que dice el poeta, esa vocación por saberse parte del otro, de ese que nos saluda o nos rechaza, devela el carácter de la diáspora, el Moisés que cada uno lleva a cuestas.
En el camino, el que trata de cruzar la frontera se tropieza con la sombra que lo apunta: “Los violentos marchan a la velocidad del crimen”. La poesía recoge despojos de la realidad. De allí que “Esa vez fuiste un sencillo héroe de la sobrevivencia” frente al rechazo, al funcionario extorsionador, al delincuente armado, al grito del insulto. No obstante, “el éxodo estaba gestándose para siempre”.
4
Este libro de Alfredo Pérez Alencart nos define: todos somos hijos del éxodo, todos llevamos la marca de Caín en la frente, la del destierro, la huella profunda dejada por los pasos de los perseguidos, pero también de los perseguidores.
Por esto: “Eres el regresante / y estás de viaje hasta que madure la tierra de todos”.
Textos robustos, reveladores de todos los tiempos. Poemas que no huyen, se encuentran con los ojos de otras lecturas, y así: “El hombre es de su tierra primera”. Y se pregunta ese mismo hombre: “De verdad, ¿cuándo es que se termina el viaje? / Cuando / no se alargan / los sueños, / pues”.
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