
Sin embargo, ocurre que el viaje se prolonga y la pena empieza a ganarme desde adentro, como si sintiera piedad de mí mismo y me doliera el no haberme al menos despedido...
Salvador Garmendia
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Narrar significa encontrarse o extraviarse. Ser muchos personajes desde el deseo de crearlos aun cuando el que relata esté muy alejado de la conducta de los actantes, como podría ser o como suele ser. Narrar es ser el otro, el que traduce el pensamiento de esos fantasmas que aparecen y desaparecen de las historias. Narrar, en consecuencia, aunque parezca un lugar común, es verse en el espejo y entrar en él. Salir no es fácil una vez realizado el viaje. En el fondo de cada historia hay muchos cuentos, anécdotas, eventos, muchas voces que se trasladan de un lado a otro, de un pensamiento a otro, de un eco a otro. Así abordo este libro de Carlos Montuenga (Madrid, 1947), quien desde el ámbito de sus alteridades nos sorprende por la capacidad que tiene para descubrir y descubrirse, tanto como él como el otro que lo acosa mientras suenan en su mente los personajes que formarán parte de su otro mundo. Narrar es, como han afirmado algunos críticos, borrarse a través de las palabras o multiplicarse a través de sus personajes. Narrar es respirar con el que surge de los ensueños, de las pesadillas, del diario devenir, del constante viaje hacia uno mismo. En esto me concentro al leer este libro de cuentos del autor español.
El narrador habla desde la densidad de los personajes que habitan estas páginas. Y así como el narrador lo es en su dimensión, los sujetos que aquí aparecen son tan disímiles, tan cambiantes, porque cada relato es un paisaje humano o geográfico que le brinda al lector la posibilidad de viajar a través de estas líneas, de estas extensas líneas en las que quien las aborda no sale ileso, toda vez que se arriesga a ser el personaje que transita constantemente en cada una de estas experiencias narrativas. O no saber despedirse de sus propios sueños.

El hielo negro y otras historias
Carlos Montuenga
Cuentos
Café Literario Editores
Madrid (España), 2026
ISBN: 978-84-09-82215-7
208 páginas
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Son veinticinco las historias construidas con densa paciencia. El lector se aferrará a cada una de ellas con un entusiasmo que lo sacudirá por la apretada revelación verbal de quien elabora un universo a veces complejo mediante extensos esfuerzos, para mostrar diversos caracteres que abordan distintos episodios. La constante de este libro es el viaje, tanto por la zona exterior de los paisajes recorridos como por la tendencia hacia el adentro de los que se pasean por cada propuesta narrativa. Hay una suerte de sapiencia que se inclina hacia los detalles, hacia los movimientos, el tránsito físico como el psicológico. No pierde el autor la coherencia de su discurso: cada aventura que lleva a cabo es un mundo de posibilidades críticas, de alternativas, de búsquedas. Quien entre en este libro se sabrá lector, se sabrá tocado por la insistencia de quien tiene en el viaje el punto de partida o llegada de sus invenciones, porque escribir desde la soledad o el ruido es una nueva advertencia que nos hace la realidad. Hay que inventar para poder respirar el mundo, para que sea una poética creíble, reveladora.
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El hielo negro y otras historias es un recorrido por la diversidad de sujetos y ambientes. Cada actante tiene una personalidad que lo distingue gracias a su desplazamiento y al tratamiento con el otro. Los diálogos —bien cultivados— fortalecen su aura relatora. Cada texto es independiente del otro, no porque se trate solamente de un libro de cuentos sino por la capacidad del narrador para crearlos sin mucha dificultad. Un delta de conductas, de decires, de bifurcaciones donde los personajes no se asientan en un lugar preciso: siempre están viajando, siempre se mueven de un espacio a otro como si no se sintieran seguros en el mundo. Transmutados rostros, impenitentes viajeros envueltos por la voracidad del narrador por constatarlos reales más allá de la ficción, más allá de su capacidad inventiva. Narrar es también convencer de que lo escrito es real, es el mismo lector convertido en relato.
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Montuenga maneja con destreza el lenguaje y el idioma. El lenguaje porque obedece a las circunstancias de los hechos, y el idioma porque nuestro autor conoce el castellano que traza en cada línea. Y esto le permite al lector avisado tener conciencia de cada universo como un descubrimiento: En “El cielo de Roma” están la pérdida de un contacto con afecto femenino, también la revista del viaje, y así el ojo observador en “La lengua olvidada”, donde no queda sitio descrito, estudiado con detallado interés. Se viaja al pasado en “Aurora de fuego”, una explosión que construye el relato que incita la atención en cada desplazamiento. En “La rosa de los vientos” nos topamos con un largo diario personal en el que participan otros sujetos, nombres, ciudades, acciones, ecos que esa rosa de los vientos lleva de una reflexión a otra. Y así, una fecha, un fin de año; “Un cuentista”, la búsqueda del tema hasta encontrarlo recurrentemente en un viaje interior o en la lejanía de un paisaje.
Esta escritura viaja, como hemos dicho, se mueve, se traslada, dialoga, descubre, encuentra: cada pasaje escrito nos impulsa a continuar viajando en un tren, en un carromato, a pie por la ciudad, a cruzar fronteras, a admirar la antigüedad de las urbes de Europa y de las aldeas de Oriente. La lluvia está presente como una sorpresa: llueve porque se está en el exterior o se mira por una ventana. O porque quien actúa anda extraviado. El cuento que le da título al libro, “El hielo negro”, es un cuento de conocimiento, pero también de la memoria, el frío y la experiencia límite. Y en “Las crónicas de Lem” también llueve y la vagancia de quien siempre anda observando, buscando, describiendo; un extraño “soplo helado” y un cuervo anuncian la metáfora evidente: “Es tiempo de emprender la marcha”, advierte el personaje. En “Todos los mares” se evidencia nuevamente el viaje al pasado de la infancia, su pasado en Gales: una lectura que favorece la estructura del cuento por el tránsito de quien es relatado. Un anciano nos conduce a saber de lo sagrado: “El abrazo de la diosa”, uno de los relatos breves, adensa el pensamiento. Un cuento que nos reconcilia con los mismos personajes. Y entonces la enfermedad, el recinto clínico donde padece un familiar muy cercano: “Las muertes de mi tío Alberto”, son tantas las muertes que los diálogos alargan su aparición. Parece un sueño este paseo por la convalecencia del hombre. No obstante: “¡Nadie quiere morirse!”, exclama una de las voces de este relato.
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Narrar es, para Carlos Montuenga, una expedición que lo conduce a saberse en muchos climas. Se viaja para escribir. O se escribe para viajar. Siempre “En tránsito” o en “Caída libre” para despojarse del ropaje del silencio. En “Madre Tierra” existe la preocupación por la supervivencia, por las amenazas de la violencia nuclear o el miedo a desaparecer del mundo. Un viaje a la reflexión, a la crítica política. Y he aquí la guerra: “Primera línea”, la soldadesca, la experiencia del temor y la gloria, aunque sea un alegato de quien esto escribe. “Las estrellas brillan sobre Toledo” es un bello paseo por la antigua comarca castellana. Un homenaje a la ciudad a través de un puente: se nos presenta como la metáfora del tan mencionado viaje narrativo, como tela recurrente. La imagen del puente es un recorrido interminable, aunque al final hay otra mirada, la de la arquitectura dejada atrás y encontrada de nuevo. Entramos en el silencio que nos hace llegar “El sol en el cristal” y “Cuando despunte el alba”: esa travesía, ese desplazamiento se alcanza con la mirada, con los sentidos aguzados o a punto de despertar. En “Los confines del mundo” el autor construye un relato onírico, un recorrido por Valladolid, La Coruña, Sevilla, Salamanca, hermosas ciudades que nos concentran en el sueño viajero del mismo narrador. Mientras que en “El maestro”, el viejo Anselmo vive su conocimiento, su soledad, su viaje interior. Sus palabras regadas por el pueblo. La noche como extensión del alma andante.
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La curiosidad de quien esto escribe lo conduce a explorar con ejemplos acerca del referente temático en algunos de los relatos de este denso libro:
...en cuanto los jefes me comuniquen el traslado, es hablar con el dueño del apartamento para que esté al tanto de todo, no quiero líos con él, iré mirando lo que me llevo, libros, ropa y demás, el resto meterlo en cajas...
...cuando el tren se detuvo abrí los ojos con sobresalto sin saber qué ocurría...
Mamá decía que las cosas se estaban poniendo muy mal, y quería que nos fuéramos de Dresde... [en parte de este relato aparecen nuevamente la vejez y el olvido].
El cristal de la ventana está frío como el hielo, al tocarlo me asalta una certidumbre extraña: es como si hubieran empezado a desdibujarse los límites que marcaban la separación entre mi cuerpo y las cosas que me rodean... [Este viaje remite a un episodio psicológico. A un evento imaginario que suscita la misma perspectiva].
...por la mente de mi amigo revolotea incansable esta idea: Tengo que escribir un cuento. Ese afán imperioso oprime sin tregua su voluntad, es una verdadera obsesión... [aquí el viaje es hacia la imaginación, hacia la creación].
Un señor va leyendo en el tren que lo lleva de vuelta a casa.
Luis, con toda franqueza, lo que tú necesitas es tomarte un descanso. Oye, ¿por qué no haces un viaje?
Tras despedirse de los seis peregrinos con quienes había emprendido el largo viaje desde su aldea...
Este pasillo es interminable, no sé cuánto tiempo haría falta ver todo lo que tienen aquí.
He tomado la decisión de dirigirme hacia alguna población importante y buscar una ocupación que me permita pasar inadvertido.
En la tarde del cinco de noviembre de 1831, subí a bordo del Pandora, un buque de la marina real.
[El camino a la verdad:] Albergo la profunda convicción de que, si no yo, otros más afortunados serán capaces de recorrerlo hasta el fin.
Ningún camino conduce / hasta la patria sin nombre, / que se oculta en las brumas del ensueño. / En vano buscan la huella / los que esconden su ignorancia / tras blasones y laureles... [versos que se anudan al relato como núcleo temático, como nudo relator].
Todo pasa y todo permanece...
Este libro del escritor español merece, no sólo muchos lectores, sino otras lecturas que descubran nuevas posibilidades críticas, otro mundo, toda vez que su riqueza nos envuelve y nos lleva a recomendar y emprender otros viajes.
Carlos Montuenga es doctor en Ciencias por la Universidad Complutense de Madrid y colaborador habitual de espacios literarios como Almiar (revista Margen Cero), Ariadna (Asociación de Revistas Electrónicas de España) y Letralia (Venezuela). Ha publicado también diversos trabajos en otras revistas digitales como El Fantasma de la Glorieta, Adamar, Remolinos (Perú), y en espacios dedicados a la difusión de las humanidades y la filosofía como A Parte Rey y La Caverna de Platón. Es autor de Los confines del mundo y otros relatos (2013) y Cuentos de la otra orilla (2017). Autor participante en los libros Inventarium (2014), Martínez en Tertulia (2014), La tertulia por excelencia (2019) y Archipiélago 988 (2022). Miembro del taller literario de “El Comercial” de Madrid.
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