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Mil y una muertes, de Corina Oproae

lunes 4 de mayo de 2026
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Corina Oproae
Es la muerte quien parlamenta desde su dimensión desconocida. Y en Mil y una muertes es Oproae quien se encarga de tutearla, encontrarla en el rostro de alguien, un familiar, un amigo.

La Luna tiene el aire extraño. Se diría que es una mujer que sale de la tumba. Se parece a una mujer muerta. Se diría que busca muertos.
Oscar Wilde

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Sería revolver entre tantas ideas y afirmaciones, es decir, redundar, que la muerte es uno de los temas más recurrentes en la literatura. En poesía su abundosa presencia despliega las alas en versos cuya carga la encontramos en muchos escritores que han entrado y salido de la muerte sin ningún rasguño. Es de hacer notar que esta señora con largo vestido raído, una vara para medir al próximo en la fila y una cara cuyas carnes ameritan ser valiente para mirarla, es el misterio más hurgado por quienes tienen en ella figura literaria o personaje de relatos o novelas. Igualmente en el teatro, en la música, en la pintura y en la danza, pero en la poesía ella, la muerte, es una presencia que habla, es hablada o silenciada por quien se aproxima a ella para tratarla, saber de sus sombras, de sus secretos, y por esa razón la muerte es una visitante casi permanente en poemas que han quedado sembrados en el imaginario colectivo, desde las primeras manifestaciones escriturales y dramáticas de los griegos, pasando por los latinos, los románticos hasta llegar a esta travesía actual en la que la muerte no ha perdido su vigor.

Se puede morir una y muchas veces. Se puede estar muerto sin necesidad de saberlo o vivo en la condición de muerto. La muerte es un regalo de la vida. Es la prolongación de ésta en el más denso silencio, en la más silenciosa ausencia, en el eterno saberse —desde los vivos— que ella, la señora muerte, es capaz de llegarnos en palabras, en ecos, con una sutil sonrisa o en medio de una dolorosa crispación.

De Perogrullo entonces es seguir andando en la grupa de esta dama poco deseable si se sabe respirar y amar la realidad, la que está rodeada de muertes, porque la vida es eso, un calco de lo que vendrá, de lo que está cerca o lejano y no lo sabemos.

Corina Oproae, una poeta rumana que vive en Barcelona, España, y quien escribe en español y catalán, nos entrega el poemario Mil y una muertes, donde, como lo expresa el título, es ella la siniestra o la dulce señora la que protagoniza todos o casi todos los poemas que aquí se podrán leer, publicado el libro por El Taller Blanco Ediciones, en Cali, Colombia, en el año 2021.

 

“Mil y una muertes”, de Corina Oproae
Mil y una muertes, de Corina Oproae (El Taller Blanco, 2021). Disponible mediante contacto con la editorial

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¿Qué nos espera al entrar en estas páginas? ¿Saldremos ilesos, vivos o muertos las tantas veces que la autora destaca en su título? ¿Seremos blanco de sus versos si no los sabemos leer, interpretar, sobarle el lobanillo a la señora que entra en los cuerpos y los deja exánimes?

Compuesto por dos partes, este libro se nos presenta con los intertítulos “Mil y una muertes” y “Letanías del vacío”, en los que la autora escribe treinta poemas, treinta muertes que podrían ser más de mil, dado que las letanías albergan en prosa el vacío que contiene el morir, pero también el vivir. Vivimos para morir. O morimos para que otros sepan que hemos vivido. Para algunas teologías, el morir es vivir en un país eterno donde la felicidad o el sufrimiento sería nuestro destino.

Cada texto se aproxima o adentra en el tema. Es el tema. Aquí la poesía es ella, la muerte en palabras, la muerte tratada como una verdad cotidiana, como un segmento filosófico que remueve los cimientos de la existencia. Es la muerte quien parlamenta desde su dimensión desconocida. Y es la poeta quien se encarga de tutearla, encontrarla en el rostro de alguien, un familiar, un amigo, alguien que esté a punto de ingresar en ese mundo de donde no se puede retornar. Aunque haya creencias populares de que es posible su retorno si se invoca el espíritu del difunto y éste habla, reclama, murmura con quien lo haya llamado. En este caso, el del libro de Oproae, los textos contienen un cierto aire irónico, como en éste que abre sus páginas:

Anástasis

Murió de noche. / La lloré tres días / y luego me senté paciente a su lado / esperando que resucitase. // Me habían explicado / que alguien de entre nosotros, / que era santo, / había resucitado / al tercer día / y había subido al cielo // Ella también era santa, pensé, / y mientras esperaba, / tenía el corazón encogido / por si en vez de quedarse / subiría al cielo / ella también.

Este texto, que para algunos podría parecer herético, resume la creencia de que la santidad tiene un espacio predestinado de acuerdo con su comportamiento mientras respiraba, pensaba y actuaba.

La muerte se incuba en la conciencia en la medida en que el ser humano se desarrolla. La muerte es una compañera permanente. Una viajera en el mismo tren, sobre el mismo caballo, en el mismo auto o mientras caminamos o corremos. De ella sabe el cuerpo cuando se agota, cuando el organismo empieza a saberse cerca de ese abismo, de esa hondura silenciosa desde donde es imposible retornar.

En este poema, nuestra autora afirma la femineidad de Dios través de un viaje onírico:

En mis sueños, / Dios tiene rostro de mujer. / Nos congrega a todos / en enormes espacios abiertos / para envolvernos en un efímero velo / que nunca se acaba / y nos maravillamos / al ver cómo nos crecen alas al instante.

¿Podría hablarse de género o no sería más conveniente hablar del sexo? Pregunta que soporta una discusión que también aborda la presencia de la muerte como motivo de indagación, y así, “después de todo lo sabido —encarnarse, morir y resucitar— también pretende salvarnos”.

Se afina en su tema y lo hace personal: “Hace poco han descubierto / que mi adicción es a la muerte. // Desde que lo sé / me sorprendo cada día anhelando su compañía / y procuro no morirme / para poder embriagarme día tras día”. Es decir, procurar otra adicción, la vida para disfrutarla, hacerla viva, hacerla suya.

 

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Ser estos poemas aluvión de ecos en los que la muerte habita, tiene su autora una suerte de convicción de que la suya será una despedida placentera, acompañada como si se tratara de un paseo por una campiña, en un acto lúdico, en el que el deseo la convierte en carnal. He aquí este poema:

La rutina de la muerte

De buena mañana / la muerte camina cogida de mi mano. // A veces se atreve / y me coge por la cintura, / me embriaga con su falsa inexistencia, / me oscurece fantasmagórica y endeble. / Me somete. // Yo la obedezco / y sigo caminando. // Me olvido de su presencia / a media mañana, / pero ella se prepara una buena comida / y se nutre de mi alma. // A la hora del ocaso, / finge que se apiada / y me trae almas queridas. // Me las deja prestadas en sueños, / ignorando que he ido construyendo / mi propio museo sentimental / hecho de palabras, gestos y miradas, / cuyo secreto guardián es el recuerdo. // Y ahí, ella no sabe entrar todavía.

Es decir, ha sido vencida por un momento.

 

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Estos poemas sueltos, que intrigan, nos llevan a pensar que la muerte no existe. Que es sólo un reflejo, que es ausencia pura, sólo eso. Una conciencia que abruma al que la piensa. La poesía es capaz de revelarse en ella y también rebelarse contra ella.

Corina Oproae deja en esta primera parte —en versos construidos con delicada intuición— varios escenarios donde la señora muerte se enseñorea, pero la poeta la trata como si supiera de sus secretos, de sus más profundos misterios, y la convierte en un personaje cotidiano, en una amiga que a veces llega y se lleva a alguien que ha querido irse, y por esa razón el poema reclama haber querido otra forma de marcharse. ¿Suicidio?

 

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Me marcho a la segunda parte dejando algunas otras muertes encargadas para ser leídas, consultadas, animadas, reencarnadas en la conciencia como creación sublime de la poesía. O como rasgadura que se resiente de no haber arribado de otra manera.

En “Letanías al vacío” la poeta escribe en prosa. De corrido, algunas veces sin ningún signo que detenga la lectura. Los signos de puntuación sobran a la hora de la muerte. Ella habla alterando el tiempo. Ella, sí, la muerte, es el vacío, ese abismo donde caen todos los sentidos.

Todos estos textos terminan con estas palabras, separadas unas de otras como si las palpitaciones del alma colmaran la frecuencia rítmica del corazón:

antes......vacío......vacío......después.

El antes y el después que el tiempo nos regala. Y en el medio, la hondura, el silencio, el vacío.

Comparto con los lectores este poema:

IX

si sabe la posibilidad de que nada que no exista pueda ser creado, si incluso la nada está ya aquí, ocupando su propio espacio, si crear puede ser una ilusión del yo solamente, finge no haberlo nunca pensado y luego buscando el verso que teje el poema como si lo hicieras por primera vez, como si aún fuera todo posible

antes......vacío......vacío......después.

La muerte, las mil muertes del alma, la que ambula de casa en casa, la que se hace dueña de las cosas, de todas, de las sombras y las luces precipitadas hacia el fondo de la nada.

Ella, la que vive en el poema, la que regresa siempre triunfante.

Alberto Hernández
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