
Eso es para mí escribir “ciertos” cuentos: un grito para que me rescaten de la oscuridad.
Gladys Ruiz de Azúa Aracama
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El título Cuentos derramados favorece una lectura densa en la que los personajes se derraman sobre la conciencia del lector. Cada relato, cada uno de ellos, es el fluir en otro que está atento a la tensión de quien relata. La narradora nos conduce a un mundo en el que cada actante se revela mediante unos diálogos claros, abiertos, tanto así que incluyen a veces el protagonismo de un lector ávido de continuar descubriendo los laberintos de cada historia.
Y, al decir derramados, concita en cada ojo que pasa por estas líneas, por las que ha escrito nuestra autora, una suerte de complicidad con quienes le han dado cuerpo a cada una de las creaciones contenidas en este libro.
Son relatos cuya certeza nos induce a dudar de nosotros como lectores: en tal sentido somos los sujetos que se mueven en sus líneas. Dudamos a ser ese otro —aunque nos reconozcamos el uno con el uno— que anda de un lado a otro con la conciencia de que todo lo dicho nos ha ocurrido: desde aquellos niños que fuimos entre maldades y esperanzas, entre miedos y descubrimientos, hasta “El dios del faro”, vigilante o imaginado, que despierta o duerme en medio de las sombras o entre la proyección de su invisibilidad. Pero también en “La escribidora de mortajas”, quien desde la reverberación de su presencia es una aproximación al significado de la muerte, al instante en que se dibuja el rostro que habrá de quedar ausente. Es decir, son cuentos ciertos, cuentos de misterios tan frecuentes que la cotidianidad ha vertido en nuestro imaginario, aunque la magia del lenguaje, poético y a veces áspero, comporta la calidad de una narración plena de imágenes y eventos donde priva la inteligencia de su autora.

Cuentos derramados
Gladys Ruiz de Azúa Aracama
Cuentos
Editorial Caligrama
Madrid (España), 2025
ISBN: 978-8410266438
162 páginas
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Siete, número cabalístico, son las historias que aquí se revelan, que aquí se convierten en una lectura donde varias voces nos advierten de la calidad de este libro. Son siete viajes, siete tránsitos o asentamientos por la conciencia de quien los lee, de quien se metamorfosea en ellos, en esa penumbra que se hace luz genésica en la medida en que avanza su desarrollo.
“Las Vereditas”, “El ministerio”, “Lennore”, “El sofá de tus olvidos”, “Métrica”, “La escribidora de mortajas” y “El dios del faro”, un conjunto de aventuras verbales destinados a revisar la imaginación del lector. Es más, a preocuparlo, porque algunos eventos han sido cercanos a su existencia, pero a la vez ocuparlo para continuar descubriendo su propia vida.
Del primer cuento, de ese cierto relato, rescatamos estas palabras: “¿Volvemos atrás?... Volvamos (...). Volvamos a ser aquellos niños”. Este testimonio, el de uno de esos fantasmas que nos recorren como lectores, nos inclina a pensar que es necesario salir de la sombra. Ser niños de verdad, no pequeños malhechores. Pequeños abandonados, personajes de un éxodo doloroso, como toda pérdida, como podríamos ser aquellos que pasamos los ojos sobre estas páginas, que ponen en riesgo nuestra creencia de que no podemos avanzar, de que estamos atrapados.
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Para apoyar las palabras iniciales de la autora, ciertamente, son cuentos que emergen de la oscuridad, pero que son capaces de iluminar a quien se atreve a retarlos, a leerlos. No son cuentos fáciles, son historias difíciles, duras, acalambradas; historias que convocan a la reflexión, a la búsqueda de ese sonido que se nos escapa mientras los leemos. Sonidos sin distracciones.
Estos ciertos cuentos, que podrían novelarse, ávidos de haber sido escritos, envuelven al lector en una pesada atmósfera, en una densa neblina que habla, que dicta, que contradice, que fascina por la manera de ser dichos, trazados con certeza.
Con toda razón, Rimbaud es citado desde Una temporada en el infierno, porque cada uno de esos siete viajes de la imaginación conduce hacia una alteridad oculta que se abre con la luz, lo que impide que la autora tropiece y se vaya por un despeñadero. No; asoma la advertencia de que el misterio ronda cada cuento, al punto de que pone en riesgo la vida lectora de quien entra en cada uno de ellos. Ese es el logro más importante de este libro: que ponga en riesgo al lector, que lo obligue a ser más profundo, más dado a entrar a esa oscuridad y luego salir, si se quiere, airoso.
Cuentos derramados, en efecto, nos derraman. Nos llevan como si Heráclito, el fluyente del río no permanente, supiera de las intenciones de esta autora que ciertamente fascina al lector.
Esta fascinación tiene que ver con el adentro de cada instante en que los personajes aparecen y se muestran como el misterio con que han sido creados. Pero no se trata del misterio que se esconde, sino del misterio que somos todos los que leemos con toda la certeza estos cuentos de Gladys Ruiz de Azúa Aracama.
Desde mi perspectiva, estos relatos han previsto y proveído a la narradora de ese grito para que la rescaten de la oscuridad.
- Cuentos derramados, de Gladys Ruiz de Azúa Aracama - jueves 28 de mayo de 2026
- El infierno que buscamos, de Luis Penas Mundaca - martes 26 de mayo de 2026
- El plano inferior, de Mario Morenza - lunes 25 de mayo de 2026


