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Cuaderno de Cos, de Néstor Mendoza

lunes 13 de julio de 2026
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Néstor Mendoza
La poesía atiende a las herramientas de la metáfora, a los designios de una oralidad, como establece el venezolano Néstor Mendoza en su libro Cuaderno de Cos.

Hay un Él que nos precipita a pensar en un personaje, pero también en el cuerpo de un sujeto que no vemos, que se nos insinúa: es el poema mismo el que nos permite pensar que vamos por diversos caminos, reflexiones, instancias, conjugaciones de realidades donde lo aforístico se detiene en algún texto o lugar y allí habita hasta que el lector lo descifre.

En estos poemas en prosa de Néstor Mendoza nos tropezamos con la insistencia de un autor que intenta, trata —y lo hace— de descubrir la sombra de unas señales atajadas por la brevedad, corteza del verbo que abunda en significaciones. Nuestro autor se arriesga a develarse, a desnudarse desde una suerte de filosofía del instante, de verbo acortado que contiene una totalidad.

Cuaderno de Cos es, entonces, parte de las vértebras de un cuerpo recién encontrado: toda poesía es un enigma, una forma de hacerse oscuridad, sombra que vibra en el alma del poeta. Mendoza no deja de hacerlo, siempre regresa a la costumbre de la duda, esa protuberancia del espíritu que vigila los pasos de los sonidos con que construye cada verso, cada fragmento verbal, cada segmento de su sensibilidad.

Este cuaderno, esta aventura de nuestro autor, le asigna, nuevamente, el cognomento de poeta que se busca a sí mismo desde esta brevedad honda y persistente.

¿Qué decir de Cos, quién es, un reflejo, un viejo oculto en la maraña de los tiempos? El poeta lo usa como justificación para construir un mundo en el que su voz, en una tercera persona que se disuelve en una, abre una puerta que nos avisa de tantas interrogantes, atisbos de curiosidad que envuelven al lector y lo someten a pensar desde dónde escribe Néstor Mendoza. Queda el enigma, queda el sujeto invisible, quedan los poemas que nos llevan a creer que Cos es ese nosotros contenido en todos los que recurren a sus páginas. Ese Él estará presente como un vigilante: habla desde la voz del poeta, se hace cuerpo, sombra, pensamiento o nada. Es un eco, un estímulo vaciado en un cuaderno que nos lleva hasta el fondo de la oscuridad, porque la poesía —vuelvo, insisto— es sombra, búsqueda permanente, porfía, reflejo.

 

“Cuaderno de Cos”, de Néstor Mendoza
Cuaderno de Cos, de Néstor Mendoza (Rubiano, 2026). Disponible en Amazon

2

La señal que Él... al final del portal: cada retazo, cada movida de una pieza oral nos devuelve al comienzo mientras el viejo Cos es buscado insistentemente por la voz del poeta; por eso, No es permitida la mirada conjunta —una exigencia del ojo—..., quien mira en la bruma del sentido halla por dónde salir: No busques la salida, no has entrado. Y así, la premonición, la ocurrencia de un fenómeno telúrico que el poeta ha advertido como una profecía: en un gran movimiento de placas / en un gran esfuerzo de tierra y de piedras, para dejar sentado que la palabra es una poética de las pérdidas, de lo poco conocido, de lo que no sabemos qué vendrá. Por eso, por esa razón inequívoca, la poesía atiende a las herramientas de la metáfora, a los designios de una oralidad, la de esos poemas que nos hablan en voz baja o alta y nos avisan de lo que seremos: polvo, nada, luz, sombra, extensión de ese eco que nos repite en cuerpo y alma. Nuevamente, la porfía de lo que entraña la realidad: No es permitida la mirada conjunta —una exigencia del ojo—..., ese que capta el todo o cada detalle de esa nada que palpan los otros sentidos. Y se dice de la duda, la metódica, la soslayada, la extraviada, la que nos hace verdad o falsedad frente al reflejo.

 

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Ese decir Ya no habrá más horizonte... revela la ceguera que hemos heredado del tiempo, el que el poema menciona; por eso no todo se mira, no todo se ve, pero sí se advierte.

El Nombrado con mayúscula inicial vuelve en un texto que dejo discurrir:

La señal de Él me indica enceguecer, no se puede contener detrás de la materia seca que arde, no es una yesca que sabe encerrar la luz y dejarla escapar sin que ambas acciones se contradigan.

Para luego afirmar: La integridad del cuerpo dependía de qué tan reales fuesen las cosas del reino, suerte de monarquía anatómica que concierne al poder, a la potestad de la realidad y sus asuntos.

Y entonces reafirma: para Él, la llegada de la noche (es decir, la caída del día) es el teatro de la abundancia. Deviene acercamiento: Una forma distinta del deseo, del cuerpo que debe dejar de ser cuerpo para obtener una llave.

¿Para qué la llave? Para entrar o salir o quedarse en el interior de ese deseo.

 

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Armando Romero, quien abre el poemario, destaca: Tengo entendido que el poeta pasa siempre por una puerta que abre hacia afuera y viceversa, y, ciertamente, la libertad de acceder a los sonidos está en ese enigma, el de entrar o salir o quedarse atrapado en la sombra. Digamos de una epigrafía o de una arqueología del tiempo.

La poesía continúa su rumbo en este cuaderno de Néstor Mendoza, escrito para seguir escribiéndolo mientras lo leemos.

Alberto Hernández
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