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Dejar de escribir

martes 21 de septiembre de 2021
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Dejar de escribir, por José Ruiz Guirado
Me asombro cuando compruebo cuánto se sabe del Quijote sin haber leído una sola página.

El escritor Mauricio Wiesenthal (Barcelona, 1943), en una reciente entrevista, contestaba a la pregunta del entrevistador: “¿Es posible dejar de escribir?”. “No lo sé, pero cuando veo lo que me rodea, como cuando se avecina una tormenta, pienso que sería mejor abrir el paraguas y marcharse cantando bajo la lluvia. Es difícil dejar de escribir para un escritor”.

Ante esta tesitura, más de uno ha caído en esta tentación. Un servidor, amanuense en estas lides, ha manifestado en algún que otro sitio esto que sigue: “Tuve un profesor de Literatura, a quien debo esta osadía, que fue alumno de Antonio Machado, en su natal Segovia, en su cátedra de Francés. Se llamaba José Antonio Huertas Muñoz. Mi primer artículo publicado en El Adelantado de Segovia fue gracias a sus gestiones. No entendí hasta ahora, pasado más de medio siglo, por qué se negó a publicar, a escribir para el público; alguien que lo hacía como los ángeles. Confió en mí, y se empeñó en que escribiera. Se fue de este mundo sin comprobar mis adelantos”.

Hoy día, después de dedicarle algún tiempo a esto, he llegado a comprender su actitud. Cada día me cuesta más, no por estulticia o por desgana, sino, como decía Wiesenthal, cuando veo lo que me rodea. Me asombro, verbigracia, cuando compruebo cuánto se sabe del Quijote sin haber leído una sola página. (Hay por ahí un libro de frases del Quijote. Y, por lo que se ve, ese sí debe de ser uno de los libros más leídos. El problema es cuando hay erratas en el texto; pero da igual, como nadie puede dar fe de ellas).

Se trata al libro igual que a un saco de patatas: un producto de mercado.

Asistí, hace ya algún tiempo, a una lectura de poemas en homenaje a un poeta fallecido. Quien había organizado el acto (un poeta en ciernes quien, posiblemente, se había dado ya cuenta, o no lo sabía, de que su poesía era extremadamente mala; posiblemente fuera lo segundo, porque se creía que su presencia allí lo era por su calidad poética) elaboró un cartel en el que podía leerse: “Su poeta de guardia”. Como si la poesía ejerciera esa función profiláctica, imagina uno que para cura del alma.

Oí o leí, con motivo de la Feria del Libro de Madrid, el incremento de libros publicados en esta edición, suspendida anteriormente por el Covid-19. Así como las cifras de lectores en busca de “firmas”, como si se tratase de un trofeo. Una buena amiga mía, ganadora de los más reputados premios en un género concreto, en alguna conferencia o conversación privada comentaba que se trata al libro igual que a un saco de patatas: un producto de mercado.

Sigamos con Wiesenthal: “Sólo la cultura, si está ajustada a razón, a belleza, a memoria fiel, a olvido tolerante, a justicia social y a sabiduría humana, me da fe y esperanza”. A esta manera de pensar crítica e indócil llamó Nietzsche “intempestiva”, continúa Wiesenthal. “Y otros de mis maestros, como Montaigne o Goethe, convirtieron esa forma de vivir y escribir en un juego más apasionante y gozoso, que consiste en saborearlo todo, vivirlo todo, valorarlo todo, bendecir el pan, y dejar la paja para los que necesiten ese alimento”.

Miguel Delibes solía emplear este término: “Un sí es no es”. En eso estamos. El ínclito Pablo Neruda escribía: “Me gustas cuando callas porque estás como ausente”. ¿Qué hacemos? Seguir, parar, o tomarnos un vermú en una recoleta terraza madrileña.

José Ruiz Guirado
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