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A medida de mis contradicciones, de Jesús María Gómez y Flores

miércoles 1 de febrero de 2023
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“A medida de mis contradicciones”, de Jesús María Gómez y Flores
A medida de mis contradicciones, de Jesús María Gómez y Flores (Sial Pigmalión, 2022). Disponible en la web de la editorial

A medida de mis contradicciones
(Poesía esencial 1985-2020)

Jesús María Gómez y Flores
Poesía
Grupo Editorial Sial Pigmalión
Madrid (España), 2022
ISBN: 9788419370372
566 páginas

A medida de mis contradicciones es un libro de más de quinientas páginas editado por Sial Pigmalión en 2022, editorial que dirige Basilio Cañada, prologado por Efi Cubero y que condensa buena parte de la poesía de Jesús María Gómez y Flores.

Nacido en Cáceres en 1964, Gómez y Flores es doctor en Derecho y magistrado. Ha publicado, entre otros, los libros de poemas El otro yo (2005), El último viaje (2007), A contracorriente (2009), Arcanos mayores (2012), Escenarios (2014), El tacto de lo efímero (2016), Líneas de tiempo (2018), La complicidad de los amantes (2019) y Las erratas de la existencia (2021).

Como miembro de la Asociación Cultural Norbanova, de Cáceres, desarrolla una intensa labor de promoción cultural y de la literatura a través de iniciativas como el Aula de la Palabra, de la que es coordinador, o la revista de literatura y creación Norbania. Ha escrito numerosos artículos y trabajos publicados en libros y otros medios, y figura en varias antologías como poeta y ensayista. En Internet mantiene su blog Escenarios.

Pisando y recreándome en la inmortal Cáceres, comienzo con fragmentos de algunos de los poemas que este libro contiene:

Recuerda el horizonte con su lento chirrido
la dormida aurora de un mañana
escrito de antemano.
Enero aligera el equipaje, dócil inaugura
el espejismo en los ojos.
De súbito, se prepara la ciudad,
hermosa criatura, mansa como un desnudo.

¡Qué forma más hermosa de sentir su ciudad!

Habiendo sido Cáceres tan guerrera, y ahora tan pacífica, Jesús María Gómez la despoja de ropajes, como Juan Ramón Jiménez hace con la poesía, y nos la ofrece como un sueño adolescente, hermosamente mansa, con un temblor de clara desnudez desde el que la contempla con mirada tersa y limpia.

Sinceramente opino que un poeta como Jesús María Gómez, y un libro como este, no necesitan de introducción alguna porque, ¿qué mejor carta de presentación que unos poemas hondos que sacuden por su calidad y fuerza expresiva?

He aquí los óleos que ungirán las mejillas,
el oloroso tropel del vino graznando en los toneles,
la certera conjura de la música.
Arcadia la noche, a ras de piel,
aguarda nuestra ofrenda.

Puesto que ya:

Vino el otoño, vientre y temblor,
tiznando el alba tu cuerpo,
cálida constelación
que el abrazo arremolina.

Poesía de excelencia. Personalidad de un autor de acción y reflexión, que nos deja siempre asombrados por la vitalidad que posee para llevar a término infinidad de proyectos culturales. Muchas veces me pregunto cómo logra abarcar tantas materias desde el rigor impecable de su labor como magistrado, sus continuos viajes de trabajo, la dirección de Norbanova, las jornadas de arte, filatélicas, góticas, presentaciones de libros, gestión cultural, exposiciones, blog, un larguísimo etcétera. Y, por si todo lo nombrado no bastara, dueño de una obra de calidad sin duda incuestionable.

Quisiera empezar esta disertación citando a Kant con unas palabras que me llevan a la profundidad y a la vez esencialidad de la poesía de Gómez y Flores.

La ligera paloma, en su libre vuelo, al cortar el aire la resistencia del cual siente, podría imaginarse poder volar todavía mejor en el vacío. El vuelo de Platón (insinúa Kant) estaba privado de contrastación empírica. El conocimiento humano es resultado de una interacción entre experiencia y razón.

Experiencia y razón, además de vuelo inspirado donde el poeta, que tan bien conoce por su profesión los íntimos pozos del ser, se abisma y medita.

En 1924, en su artículo “El problema del contenido, el material y la forma en la creación literaria”, Bajtín nos hablaba:

Los lenguajes del plurilingüismo, como dos espejos dirigidos uno hacia el otro que, reflejando cada uno de manera propia un fragmento, un rincón del mundo, obligan a adivinar y a captar, más allá de los aspectos recíprocamente reflejados, un mundo mucho más amplio, multifacético y con más horizonte de lo que está en condiciones de reflejar un solo lenguaje, un solo espejo.

He pensado también en estas palabras de Bajtín, aquí, ante el plurilingüismo representado en las voces de este libro porque la poesía, esa luz propia de las intemperies, es mucho más que un lenguaje múltiple y diverso que concentra una imagen. Imagen que se hace tiempo, es decir algo vivo y permanente de una temporalidad. Proyección del interior desnudo del creador que se contempla en sus propias aguas, pero sin recrearse como Narciso en su propio rostro; sólo se observa para atisbar lo profundo del conocimiento. Y nunca cansa esta desnuda y dura realidad que esconde siempre el espejo desdoblado en el instante de crear, ya que la poesía trasciende a su autor, que habla al “otro” liberándolo de sí mismo y de sus tensiones frente a la dualidad unitaria que hace olvidar que la vida se va, o se consume.

Porque es muy cierto que la auténtica poesía, mediante su lenguaje intuitivo, acaba reflejando la realidad intelectiva del mundo a la vez que siempre escapa a su ámbito de misterio, lejos de lo inmediato, para adquirir una esencia propia más allá de su creador.

 

Dar cuenta de un recorrido como el de Jesús María Gómez nos llevaría mucho tiempo y espacio; intentaré por tanto señalar algún destello o comentar ciertos fulgores.

Dar cuenta de un recorrido como el de Jesús María Gómez nos llevaría mucho tiempo y espacio; intentaré por tanto señalar algún destello o comentar ciertos fulgores, sólo puede ser así ante una importante obra que condensa buena parte de una vida, ya que felizmente el autor sigue creando, como sabemos y constatamos, y eso que en esta antología no se halla, ni el espléndido libro último, Las erratas de la existencia, publicado también por Sial Pigmalión, ni por supuesto parte del que pronto dará noticias. Por lo tanto sólo esbozamos aquí unas leves notas de aproximación, esperando que la abreviatura que toda aproximación supone sirva de llave de paso al gusto de los lectores por la obra de un creador con la reflexiva hondura, con el empuje claro y con la solvencia e inspiración de un poeta como Jesús María Gómez.

Desde sus primeros libros, que tenía a bien mandarme a mi ciudad de Barcelona, ciudad donde he vivido prácticamente la vida entera, leí y seguí con detenimiento y gran interés al poeta que hoy glosamos, y confieso que ese poder de imantación que su palabra contiene me convenció especialmente. Una palabra dotada de magnetismo hacia todo lo que debe ser nombrado y que desde su génesis personal redescubre los fondos del origen e, igualmente, esa simetría de sentir que se pertenece a un pasado, que no es otra cosa que presente ya que se escribe desde el ahora, desde una realidad, la propia, que envuelve, anuda, se desprende y seduce, y en el que una simple intuición se convierte, por un extraño milagro, en la expresión definitiva de una obra consciente, fecunda y entera.

Quién gobierna el desparpajo de los impulsos,
la razón que va y viene perdiendo fuelle,
el instante en que frente al espejo
se magnifican las arrugas.
No se dio tiempo para pensarlo,
sobre el alféizar,
la mar de leva
dobla
sus codos
aupándole
al martirio.

Aquí estamos en poesía. Es decir, estamos palpando la autenticidad de algo tangible e intangible, lleno del barro de una realidad cuestionada por ese interrogante que nos desvela. El autor es consciente de que atrapa tan sólo el sueño del instante que esa misma realidad le proporciona ya que la poesía impone palpar lo real —que es otra forma de irrealidad— registrando su impacto, aparte del honor de la escasa rentabilidad que tiene nuestro mundo de extrañezas, aunque es cierto que se nos va la vida en ella.

La poesía de Jesús María Gómez es un puente tendido al otro lado de las cosas o personas y se halla en ese filo de la inteligencia que hiere, y en la luz y la oscuridad de su propio interior. En su transcurso, los poemas de sus libros nos revelan muchos instantes que merecen ser expresados.

Él se halla en su obra porque a través de ella se da de bruces con su interior, con su propio pensamiento. Es esta una poética de contrastes, de imagen y reflexión que deviene en un tenso y entrelazado proceso que tiende a priorizar una complejidad irreductible, marca indeleble del poema. Las cadenas de múltiples silencios dan de sí para muchos eslabones, son eslabones los de este libro libre, que saben engarzarse desde su exploración interior, donde la poesía contemporánea establece esa tensión creada entre la serenidad y el desencanto o el desasosiego. Un arco autorial que no evita el recuerdo, o las mil y una preguntas que nunca han de obtener repuestas convincentes. Una poesía que siempre apunta hacia la libertad que avanza de uno a otro libro.

Celebra ese pulso acelerado que desconcierta tu cuerpo
e inflama de expectante vigilia
cada puñado de horizonte,
que dócil se acomoda en ti como un magma.
Que ese torbellino que con su tiranía recóndita
dulcemente se mece en tu dominio,
restaure sin atenuantes
los desteñidos óleos
que el tiempo hizo encallar
en nuestras aulas.

Cada parte de este libro agrupa un todo, y la muerte, con su poderoso enigma, sobrevuela muchos de estos versos quebrantando el lenguaje. Fragmentos que se hallan a veces cargados de una horizontalidad desoladora, donde la palabra se encrespa y el espacio se condensa dejándonos el filtro lúcidamente apasionado de las obsesiones que sobrevuelan los versos del autor.

El futuro

Libres de arenisca,
los versos en bruto que aguardan bajo la piel
reclaman su voz en el sendero de la inmortalidad.
Sin tenerlas todas consigo
se ofrecen,
a medida de mis contradicciones.

Con este poema rotundo, cuyo verso final otorga título al libro, cierra Jesús María Gómez su meditada antología.

Poesía esencial (1985-2020), subraya el autor bajo el enunciado.

Una esencialidad, importante y decisiva, que hallamos desde el principio en este libro de libros que conforman un variado conjunto, mas nunca disperso, donde cada apartado despliega un gran poder de imantación signado por la inteligencia emocional y reflexión observadora, crítica y autocrítica, que distingue a este poeta de universalista mirada.

Creo que el enunciado de este libro de Jesús María Gómez parte de esa base: no dar nada por absolutamente cierto frente a la evidencia de lo que se observa.

Entablando una conversación con Goethe cierto día, Hegel, tan cercano a Aristóteles, intentaba explicarle su personal dialéctica que resumió en una frase rotunda, casi lapidaria: “Es la contradicción reglada”. El filósofo alemán sabía perfectamente que la contradicción no elimina saber alguno puesto que permanece integrada en el conocimiento, ya que no puede existir una absoluta certeza si no se problematizan ideas o conceptos para poder mejor modificar ciertos puntos de vista o algunas inamovibles perspectivas.

Creo que el enunciado de este libro de Jesús María Gómez parte de esa base: no dar nada por absolutamente cierto frente a la evidencia de lo que se observa, proyectado a través del poema.

Entre la desconfianza propugnada por Nietzsche hacia el lenguaje, y la búsqueda exhaustiva de la certeza absoluta en Hegel, partiendo de sus regladas contradicciones, avanza la personal diversidad de esta antología, donde cada libro delimita el territorio específico del autor, signado, claro está, por el tiempo en que los libros fueron publicados.

Diría que es una antología “puente”, es decir, el medio del que se vale el poeta para enlazar tiempos a partir de sí mismo o de sus vivencias experienciales. Ámbitos que registran diferentes etapas pero que no se oponen entre sí, sino que resultan complementarias desde las afirmaciones y obsesiones de un autor cuya formación humanística rompe a veces lo ilusorio del devenir existencial para identificarse con lo que realmente le interesa: su incuestionable inmersión en la veracidad, subjetiva y objetiva a la vez, que la poesía contiene. En su obra coexiste una predisposición, un sólido equilibrio entre forma y profundidad hacia lo que el poeta cree, lo que observa, y a lo que verdaderamente se entrega con tenacidad reflexiva y una emocionada pasión inabarcable. Estas hipotéticas “contradicciones” a la medida del autor se nos presentan en su lectura sólidamente engarzadas entre sí formando lo unitario de un solo libro, un libro único, emocionante, a veces amargo y siempre tan luminosamente humano. Desde el inicio, Eros y Tánatos, muy presentes en estas páginas. Por otra parte, lo que seduce y ha fascinado desde antiguo a los poetas de todas las épocas —sólo que cantado bajo muy distintas claves—, el paso del tiempo, “lo fugitivo que permanece y dura”, fijado en el silencio misterioso del poema que hay que escuchar antes que la palabra se desvele. La acompañada soledad, donde se percibe la entera vida del hombre y del creador mientras la luz irrumpe desde lo cotidiano, y desde el infinito, mezclándose en la sombra de la duda. La memoria que recupera el universo disgregado hasta unir los fragmentos que la muerte dispersa.

 

Todo ese fundamento analógico de la poesía, que penetra cualquier realidad y la ennoblece bajo la germinativa epifanía verbal que todo lo ilumina, late en estos poemas. Jesús María Gómez habita la palabra bajo un sentido de trasmisión y fluidez, estéticamente abierto y en transformación constante. Una vitalista energía que renueva permanentemente en todo lo que concierne a la cultura, su implicación admirable al frente de Norbanova, y de tantas cosas. Bajo una generosidad sin fisuras hacia otros poetas, entusiasmo y creadora imaginación, engrandece una personalidad noble e implicada siempre en las obras de los demás mucho más que en la propia.

Dos intensidades, la subjetiva y la objetiva, laten siempre en estos poemas de acusados relieves que inciden y ahondan en lúcidas desesperaciones, en atmósferas sutiles, en silencios que hablan también desde las múltiples perspectivas de otros extraños que el creador ama y comprende, aquellos que lo precedieron y los que aún viven y crean, afortunadamente. Bajo sus ramas, como epígrafes que guían, se articulan los distintos capítulos de este libro que, por supuesto, avanza, y es dueño de una voz tan inconfundible como personal. El poeta escribe desde el presente, pero sin desligarse del todo de un fascinante pasado que le devuelve el eco de voces inefables, las de Borges, las de Tennyson, Cernuda, Conrad, Keats, muchos, frente al futuro improbable en el que nos hallamos inmersos.

Desde ese giróvago movimiento perpetuo, ofrece cuerpo a una ensoñada realidad de instantes irrepetibles sobre un pasado que focaliza desde el arte, la literatura, la historia, la música, el cine, todo aquello que le apasiona y admira y que capta en sus viajes de trabajo o de ocio, y a veces transforma a voluntad prestándole su mirada para no evaporar los propios sueños. Ya que, como él mismo afirma, estos universos enlazados le permiten una cierta “complicidad como antídoto con el que combatir el veneno del tiempo”.

 

Este profesional de la justicia, que conoce muy bien el género que trata y, frente a la exhaustiva racionalidad y rigor de su trabajo, halla en la vocación auroral de la poesía su razón misma de ser.

La cualificada profesión de Jesús María Gómez es la de magistrado. Una formación rigurosa basada en hechos objetivos que no permite flaqueo, y en meditadas decisiones —ya que se ha de proceder con justicia y equidad—, donde todo debe clarificarse frente a las sombras y turbiedades debido a las acciones perpetradas por algunos seres llamados humanos.

Por lo tanto, este profesional de la justicia, que conoce muy bien el género que trata y, frente a la exhaustiva racionalidad y rigor de su trabajo, halla en la vocación auroral de la poesía su razón misma de ser. Una plenitud de vida y de inmersión creadora, de punto de descanso en sus laberintos cotidianos y a lo que, pese a la extrañeza que pueda despertar en sus colegas por lo que tiene de inefable (de ahí lo contradictorio, o no), el poeta no está dispuesto a renunciar. La poesía es para Gómez y Flores esa condicionada libertad que le permite ser desde otros ángulos y otras perspectivas más subjetivas y libérrimas pero absolutamente verdaderas. Entre esas estructuras de la personalidad íntima del creador, se halla la conciencia solidaria que enlaza también un sentimiento colectivo, que oscila siempre entre la intemperie del que crea y la desnudez del ser, fuera de togas implacables y al filo mismo del acantilado. Lo que distingue esta obra es su autenticidad. La certeza de seguir un destino, el enquistado fatum que, contra viento y marea, prosigue en una travesía imparable. Son líneas paralelas de dos vocaciones aparentemente antagónicas pero que se complementan entre sí, pese a sus contradicciones, porque, como dirían los preceptistas, llegan a encontrarse en ese punto de lo humano donde se abrazan dos lenguajes semejantes, la urdimbre de la conciencia y la consciencia, junto al misterio que se halla inmerso en el interior abisal de los extraños.

Conforme sus libros se suceden bajo perspectivas diferenciadas, hallamos una esencial madurez más depurada y reflexiva, tal vez con un punto más amargo o desalentador, en la que alcanza su validez más alta y una mayor condensación de ideas y personajes que le atraen y obsesionan donde culmina su más definitiva, y definida, voz. Lúcida búsqueda de horizontes nuevos que paulatinamente van enriqueciendo nuevos libros que poco a poco adoptan tintes menos líricos, agudizando ese desasosiego existencial que caracteriza nuestro tiempo, bajo ese “mundo líquido” de modernidad absoluta, sin asidero posible, del que nos habla Zygmunt Bauman.

También es cierto que, de unos años para acá, Jesús María Gómez ha ido paulatinamente decantándose hacia una mayor y poderosa metafísica, a veces dentro de un nihilismo incisivo.

Todos los sedimentos de su poesía se hallan aquí representados, si exceptuamos alguna entrega como Las erratas de la existencia, por ejemplo, que pertenece a su producción más reciente y no figura en esta antología. Los poemas reunidos de varios años para acá siguen conservando parecida estructura cognoscitiva, igual intensidad, y un enriquecimiento de la mirada signados por la calidad intemporal con la que fueron concebidos, sin bruscas rupturas, frente al ideario personal de su autor. A veces problematizando conceptos a los que da la vuelta y modifica a su antojo.

Hay un empeño en él por afirmarse mediante la reflexión sobre la condición humana desde una mirada existencialista. Exploración incansable, con mucho de metafísico y de trascendente al bucear en la turbadora analogía sobre tiempos distintos y diferentes ángulos de visión mediante un entramado complejo, tan expresivo como rico de recursos. Los primeros libros nos resultan más sensuales y sensoriales, una mirada donde el amor se halla, carnal y dúctil y a veces místico y simbólico. El amor se vive, gozándose y gozándolo: ¡Ay, esa Dama de Shalott prerrafaelita, pintada por Waterhouse, cantada por Tennyson, y por Jesús María Gómez, en versos imborrables!

bajo el puente donde las lilas reflejen
tu pelo rojo se conducirá la barca,
cálida la luz conformada de estigmas,
gotas de esa sangre que en tu pecho se espesa…

El estremecimiento de lo sensual que entraña tanto la vida como la misma muerte, tan cercano el poeta en los primeros compases en un contemporáneo romanticismo, con palabras y miradas que agitan el tiempo y lo perturban, plenamente conscientes de que si el sentimiento no se nombrara no quedaría ni rastro en la memoria de los seres humanos, ya que, como se afirma, “nombrar es ser”.

No hay en estos versos jamás banalidad o intrascendencia. Sí los espejos cóncavos y convexos de las ausencias, proyecciones de serenidad y otras veces de angustia. “¿Dónde huir?”, se pregunta Cernuda.

Serlo todo inmerso en esta nada, puesto que “en la nada —recordando unas palabras de Heidegger— preguntas y respuestas son un contrasentido”.

En definitiva, un libro de verdades que se escriben desde dentro, desde el corazón de la poesía. Esa eternidad que suma siempre mundos, lenguas, tierras, tiempo: A medida de sus contradicciones.

 

Esta poesía de carácter liberador, tan de presente, está dirigida a lo intelectual y reflexivo del ser.

Esencial, este poeta supo de la exigencia en poesía, desde esa identidad que estos versos remarcan. De rotundos finales y precisión lingüística, indagación interior, el juego serio del escamoteo, la ocultación en ese tenso y dialógico deambular en torno a sí mismo y a los otros, la mirada se tensa y es decisiva para llegar más allá de la epidermis. La naturaleza del ser humano, la naturaleza en sí, tan presente, ese intercambio pronominal entre los yoes y los túes, ausencias y disolución de referencias autobiográficas que sin embargo están camufladas ahí. Y una cierta forma amarga de no aceptar lo que se vende como verdades absolutas a través de unos versos de templanza y movimiento, como igualmente sucede en el mar, o en la misma vida.

Nélida Piñón afirma que “la lengua es un instrumento de la voluntad y el acaso. Expresa el misterio del ser, nos lanza al precipicio, se acerca al júbilo y a la melancolía que rondan al cuerpo mientras eluden el peligro”.

Nos confunde la vida,
inaprensible
como la caduca certidumbre
de los objetos,
como las malas pasadas
de la espera
y su diálogo de sordos.

Más que a lo sensorial, esta poesía de carácter liberador, tan de presente, está dirigida a lo intelectual y reflexivo del ser, no es una versión del mundo sino su esencia, su cósmica esencia. Una esencialidad, importante y decisiva, que hallamos desde el principio en este libro de intencionalidades y esencialidades.

Cortázar hablaba, con respecto a Salinas, de esa capacidad del don poético que es capaz de “establecer las relaciones más hondas y más vertiginosas posibles aquí abajo entre las formas del ser, para cazar, para poseer ontológicamente la realidad huyente”.

Las palabras, con su sentido órfico, recobran desde la música inaudible lo que está siempre presente, sin estarlo, puesto que las mismas palabras la contienen subrayando su identidad perdida, una propia e irrenunciable forma de estar en el mundo. Esa extraña manera de integrarse en los íntimos espacios de las incertidumbres, de los desnudamientos, donde no suele haber respuestas para lo que de continuo se interroga.

Todo permanece impregnado de sus aromas,
el patio encalado y las buganvillas,
los libros,
los cartapacios,
la circular bienvenida del pozo,
con su collage de imágenes dormidas,
de suspiros y nostalgia.
La tarde se precipitó al otro lado del mar,
efervescente el rumor del agua,
poblando el ocaso de remolinos
y empinados exilios.
Quedáronse para siempre allí las miradas,
las lágrimas,
abrazadas al tallo de la melancólica azucena.

Efi Cubero
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