Saltar al contenido

Perros / Gossos, de José Manuel Sevilla

viernes 16 de enero de 2026
¡Comparte esto en tus redes sociales!
José Manuel Sevilla
En Perros / Gossos, del español José Manuel Sevilla, los perros tienen la capacidad de juzgar a su amo humano, pero éste también tiene la suya para hablar con ellos y hacerse dos en uno.
¡Ah! Yo habría querido
pobre y noble animal
en mis brazos tomarte
y cerrarte los ojos tan humanos
y cavarte una fosa con mis manos
y yo mismo enterrarte.
Cruz Salmerón Acosta, “El perro”.

1

Los perros hablan en poesía y se deshacen de su pelaje para lograr el milagro de que el poeta se comunique con ellos y hasta se convierta en uno de ellos, en el sentido de ser dos emblemas o señales verbales de la inteligencia afectiva o trágica.

En Perros, del español José Manuel Sevilla, quien vive en Hong Kong, no hay diferencia entre una u otra voz. Un alter ego se erige presencia en este poemario, en el que se humanizan las palabras en una suerte de eco: el perro es un ser humano que destaca su capacidad de ser poetizado desde la voz de quien habla con ellos. O se equilibra con ellos para conformar un ensamble sintáctico, artístico, de una belleza que conmueve, porque el lector también es ese perro desde el creador de la imagen poética: esos perros no ladran, aman las palabras y las dicen mientras su amo intercambia impresiones con ellos.

Esta escritura, esta lectura, esta invención en la que autor y lector intercambian voces, confirman una vez más que el perro es “el mejor amigo del hombre”, de modo que la soledad de quien piensa, de quien elabora complicados argumentos, se convierte en un diálogo entre quien no habla en la realidad pero sí es capaz de hacerlo en el poema. Amo y perro, poeta e imaginación, destacan la belleza de este trabajo en el que quien lo lea sentirá que es posible lograr magia a través de las palabras.

Un perro es un perro, como los sueños sueños son, esa calderoniana revelación que podría resultar inane, pero que contiene toda una construcción de la que se desprenden tantos significados, como que perro y dueño andan juntos en el imaginario del poeta.

“Perros / Gossos”, de José Manuel Sevilla
Perros / Gossos, de José Manuel Sevilla (Letralia-FBLibros, 2025). Disponible en Amazon

Perros / Gossos
José Manuel Sevilla
Poesía
Bilingüe español/catalán
Alianza Editorial Letralia-FBLibros
Caracas (Venezuela), 2025
ISBN: 979-8276275017
98 páginas

Perros / Gossos, así titulado el libro —en edición bilingüe español/catalán—, encarna en dos nombres: Romeo y Julieta, develación shakesperiana que nos conduce también a una relación entre ambos perros y el amo. Una relación en la que los perros tienen la capacidad de juzgar a su amo humano, pero éste también tiene la suya para hablar con ellos y hacerse dos en uno. Se podría llegar a precisar que hablar con un perro, esa real costumbre de quien tiene mascotas, forma parte de una suerte de cosmogonía personal, de un descubrimiento en el que el hablante es una especie de dios frente a su creación.

El poema se registra curioso, lleno de una fantasía en la que todo lector puede ingresar, pues no es común que los perros sean capaces de señalar la “locura” de su amo y mucho menos que digan que están igualmente locos. Pero en poesía todo es válido: se escribe desde el abismo, desde la orilla, desde la que se miran todos los eventos posibles. El poeta, en este caso, se escribe a él mismo, su otro yo u otro sujeto en acción verbal, para recrear la soledad de la humanidad, la intemperie espiritual de los que dicen ser humanos y llegan a pensar que son superiores a otros seres que ambulan por las calles o tienen la suerte de ser nombrados y tener un techo.

Todos los perros hablan, sólo que no los entendemos. La poesía hace que ocurra el milagro de entenderlos cuando abren el hocico y pronuncian palabras, voces, ecos, sonidos capaces de ser convertidos en versos.

Los perros nos estudian desde su mirada, con los ojos puestos en la nuestra. El hombre lo hace desde el deseo de detener esa mirada, la del perro, esa que hinca con la fuerza de la inocencia. Por esa razón el hombre deviene perro o perra simbólicos, inteligibles, leíbles en medio de un caos que se advierte en la misma relación amo/perros.

Como lector uno suele encontrarse, toparse con uno mismo en un texto. Quien esto escribe ya forma parte de la misma comunidad canina/humana, porque ese trío en uno fortalece la capacidad de Ser siendo. Somos en la medida en que entendamos que somos animales, que nos regodeamos en nuestra inteligencia y obviamos la de la naturaleza. Creo que el autor de esta estética, de este poema dividido en varios poemas, nos quiere decir eso, que estamos solos si no rescatamos nuestro animal interior.

 

2

El poema comienza entre dos sujetos: Romeo y una paloma, de manera que el perro que lleva nombre de drama isabelino persigue a una paloma, símbolo de paz y espiritualidad. Más adelante el poeta escribe: “Romeo estaba loco. / Romeo olía el más allá”, lo que podría querer expresar dos condiciones que conducirían al perro a la muerte. Y lo expresa: “...ayúdame a morir”. Oler el más allá es una imagen redonda que indica el conocimiento que el poeta/voz del perro tiene conocimiento de un lugar donde reposa la ausencia.

La lectura nos lleva a Julieta, el amor teatral de Romeo en el recuerdo de William Shakespeare, como ya hemos expresado. Romeo y Julieta, el amor imposible y la muerte allegada por propia mano. Una imagen que la crítica ha bautizado como romántica por el carácter sublime pero también violento de los actantes. En Perros Romeo quiere morir y “mi perra Julieta está loca”, como igual lo está Romeo.

Es una Julieta disipada, entregada a placeres carreteros. Así lo escribe José Manuel Sevilla: “Julieta se sube a los camiones pretendiendo ser / una adolescente en fuga...”.

No obstante todo lo dicho en líneas anteriores, el poeta afirma que “la gente no es como los perros”, pero él es capaz de hablar con ellos, humanizarlos, ponerles palabras en sus hocicos y darle a sus lenguas la capacidad de construir oraciones, frases o pensamientos.

Julieta, como Romeo, es capaz de saber de la vida de los muertos: “Julieta habla con mi madre en el más allá...”, y la humaniza de tal manera que hasta es viciosa: “Julieta se despierta, / espera junto a la puerta con su cigarrillo en la boca”. Si puede fumar, también puede encender el tabaco. El poema perro, el poema amo, el poema conciencia, el poema voz de la soledad, el poema que habla desde él mismo. Los perros que magnifican la existencia de quien los ha creado.

 

3

Ser perro desde la pronunciación humana forma parte de este imaginario que conmueve, que nos lleva a pensar que en realidad estamos a la par de esos animales fieles muchas veces y rabiosos otras tantas.

El poeta, o quien dice estar en él, escribe: “Soy un perro. / No tengo nombre pero la gente me llama Romeo: / para ellos alguien sin nombre no puede existir. / Mi amo y yo leemos el gran libro. / Mi amo está loco”. Un “loco” que lee, que imagina a un perro que a su vez lee con él. El poema es una traviesa creación donde habitan unos personajes que son capaces de acusarse, de ser una unidad compartida.

En esta “narrativa”, porque los poemas son diálogos y fragmentos donde se vertebran anécdotas, se da cuenta de una intención dirigida al lector. O a quien por accidente se tropiece con este libro donde se encontrará con él mismo, con su perro espiritual, real o imaginado, traspuesto o interpósito gracias a quien imagina, a quien no tiene límites para escribir una poesía como esta donde se abriga la esperanza de comunicarse verbalmente, dialogar con quien en realidad no puede. Poesía irónica, sí, irónica, porque nos muestra el lado frágil del ser humano a través de un universo de imágenes que sólo puede ser posible en la imaginación de un “loco”.

 

4

Un rasgo teológico, si se puede decir así, aparece en este poema, en este largo poema escindido, devenido intertítulos, como si se tratara de un relato novelado. Perros y seres humanos inventan el mundo, la historia que refleja nuestra cultura judeocristiana.

Veamos: “los turistas corrieron espantados / y el mar se abrió ante mí”, acercamiento a la bella imagen en la que Moisés levanta su cayado y el mar Rojo, gracias al poder divino, permite el paso de los judíos, mientras el perro, el hombre perro o el perro hombre, expresa: “He olido que el ejército del faraón se acerca...”. ¿Qué querrán decirnos estos versos? ¿Qué representación tiene sentido al aludir a un faraón? ¿Acaso se trata de una indirecta o un cálculo subliminal hacia quienes a través del poder han provocado diásporas o expulsiones de ciudadanos de sus propios países en estos aciagos días?

Una respuesta podría ser esta, la que se hace el poema desde una crítica con óptica político-ideológica: “detesto a los que reescriben la historia. // Hoy soy un perro / que huele fascistas...”.

 

5

En un monólogo de Romeo, la voz pregunta: “¿De qué morirás, Julieta?”, y una respuesta surge como imagen dolorosa: “Ay, de amor por un camionero...”.

Y una secuencia de quejas: “Me engañaba con cualquier carretera (...) / Hasta que me rompió el corazón...”. La imagen de las llaves de la casa es una constante, “me han dejado”, como algunas veces se ha quedado en la calle, fuera de la conciencia de su amo.

La humanización vuelve a la carga: “Los perros soñamos, / la gente lo ignora, se creen especiales (...). / Yo soy perro y no he perdido nunca nada...”.

Y sigue: “La gente no sabe / que el tiempo era un perro / que descubrió su desnudez / y corre sin cesar para esconderse (...). / Podemos oler los pies del futuro / pero cuando llega y ladramos / la gente nos pega. / (...) olvida sus ancestros, / los que pasaron hambre, / los que huyeron, / los que se cosieron estrellas en la ropa”, en una clara alusión al nazismo, al sufrimiento de los judíos.

Romeo se queja, se duele de su amo o de la humanidad: “Nos acarician y nos hablan / pero lo callan todo. / (...) La gente cree que los perros olemos su miedo, / qué poco saben de nosotros. / Todas las cosas invisibles nos besan el hocico”.

Este trabajo de Sevilla nos congracia con la existencia, con la vida: vierte en el lector la sabiduría de quien está a nuestro lado sin saber los humanos que somos parte de sus “ladridos”, de su habla cotidiana con la imaginación de quien los cree alejados del conocimiento. Esta figura, esta metáfora de la desilusión, del miedo, del sufrimiento y hasta de las pocas alegrías, conforman el gran cuadro de este libro que hoy leemos con tanto gusto, con tanta presencia simbólica.

 

6

El posesivo del amo, pronunciado con cierta arrogancia, nos muestra este texto donde se traza una línea entre el humano ser y el no humano ser, entre el símbolo y la realidad: “Mis perros no saben / poner nombres a las cosas / ni abrir una casa con llave, / mis parientes no saben / dar su vida por nada ni por nadie / y lo celebran una vez al año / por Navidad...”.

La actitud personal en esa primera persona posesiva continúa, como una queja acerca del manejo de la reflexión, de la realidad que se mueve desde el poder. Eso nos lo hace ver esta voz: “Mis dos abuelos eran zurdos (...) / No se conocieron nunca”. Aquí se advierte un rasgo de aquella locura que asoló a España durante tres terribles años de la década de los 30. Sujetos que tenían iguales intereses pero que luchaban en diferentes ejércitos.

 

7

Un largo poema se encuentra con la madre, se convierte en sujeto que el mismo poema revisa a través de la boca del niño que era. El pasado regresa, el pasado se hace presente. El pasado es también una perra callejera que llega a la casa y la llaman Julieta. El poema se abre en versos hablantes como en todo el libro. En este espacio de la escritura, la voz poética se lamenta de la huida de la madre con su novio. Empieza la soledad, el axioma que lo lleva a ser parte de unos perros. Se lamenta no haber heredado el brazo izquierdo de sus antepasados, pero sí el corazón zurdo “que bombeaba / los grupos sanguíneos comunistas, socialistas, / anarquistas y muertos de hambre en general”.

La infancia, ese trozo de vida, es un mapamundi en las manos de quien quiere saber del universo. Julieta está presente, el poema se amplía en la voz de un animal que busca cobijo, la sintaxis de quien “sabe” que la podrían proteger. Muere la mujer que lo parió. “Aquellas colonias tenían ahora colores variados / pero sólo en apariencia, / a lo que Julieta respondió: / Como los hombres”.

Y es ahora la ciudad motivo de revelación. El uso de las diferentes pastillas recordadas por la “pronunciación” de Julieta.

Habla el amo: “En una vida anterior, mi perro tuvo un médico de cabecera / que le repetía siempre / Romeo, todo lo bueno es malo / y todo lo malo es bueno. / Le he preguntado a Julieta si quiere que le cuelgue / este cartel, / seguro que seduce a todos los camioneros”.

 

8

Una poética de los sentidos. Los perros leen, hablan, olfatean, aguzan los oídos, sienten, pues, como los humanos, aunque desean serlo de otra manera. El amo expresa: “Julieta huele mis pies, / ve mis zapatos en un mapa de perro, / si tuviera manos se taparía la cara / y me miraría entre los dedos”.

Desde su humanidad el can se pregunta: “¿Quiénes somos los perros? / (...) Algunos emigran, / como la gente hambrienta o con el alma torturada”.

Insiste en la pregunta y se responde: “quisimos ser los más humanos de todos”, al referirse a los otros animales, tanto que les “encantan las palabras”.

“Mi amo envejece”, dice Romeo, y el amo pronuncia: “Mi perro Romeo se evadió y se reencarnó en perro”. Se aproxima el final, se acercan las últimas líneas.

Y así: “El amo, Julieta y yo callamos / como la tierra mojada / esperando un rayo de sol”.

Este poemario, que podría ser un cuento, una narración poetizada, debe encontrar todos los lectores que se merece. Su belleza nos habla, nos enternece y nos hace mirar el mundo de otra manera.

Alberto Hernández
Últimas entradas de Alberto Hernández (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio