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Los espejos de Alejandra Pizarnik

lunes 31 de mayo de 2021
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Alejandra Pizarnik
Pizarnik se ama a sí misma y se odia a la vez bajo una introspección continua.
“Soy un deseo suspendido en el vacío”.
Diarios
, 1955

“No quiero ir / nada más / que hasta el fondo”. Fueron sus últimas palabras encontradas en la pizarra negra del deseo: ese vacío. Y siempre parecidas interrogaciones que abren y cierran lo que provoca el párrafo secreto y angustiado de las incertidumbres.

Había nacido el 29 de abril de 1936 en Avellaneda, provincia de Buenos Aires.

Aquel fatídico 25 de septiembre Alejandra Pizarnik sale del hospital psiquiátrico. Calmada y sonriente, ha logrado convencer a los médicos de que su depresión va remitiendo, de que la vida cada vez le importa más y le hará mucho bien descansar el fin de semana para retomar fuerzas y seguir de nuevo con el tratamiento aplicado. Tiene 36 años y ha vivido de una manera intensa junto a relaciones apasionadas, tumultuosas y sin prejuicios de ningún género. A veces giróvaga, oscila en peligrosas espirales que muchos jalearon pero que en realidad en su fuero íntimo no aprueban, ella danza entre depresiones e intentos de suicidio bajo la doble moral de los círculos que terminan por absorberla; por eso busca, casi al final de su vida, un enclaustramiento deliberado en esas dualidades que se debaten en su interior de forma permanente. Sus diarios son un vector fiable y poderoso donde puede palparse lo poliédrico de un interior que se radiografía sin filtros. Bajo el potente y personal foco de su compleja personalidad donde ella misma se somete al tercer grado, el estilete inmisericorde haciéndonos partícipes de sus pasiones y autocompasiones. La muerte y sus enigmas estuvieron siempre muy presentes en su ideario emocional, como ya dejó bien claro con tan sólo catorce años.

¿Qué es, qué representa, cómo respira, quién fue realmente Alejandra Pizarnik?

 

Pizarnik no fue ejemplo de nada, excepto de una forma de sentir y escribir que a veces rechazamos pero que nos sigue fascinando.

Pizarnik se ama a sí misma y se odia a la vez bajo una introspección continua. Posee una inteligencia y lucidez mental que nos deja boquiabiertos manifestada muy precozmente. Estuvo siempre al filo de lograr la Extracción de la piedra de la locura, como titula uno de sus libros, algo que sabía que no era privación de la razón sino el resultado de los propios conflictos consigo misma debido a su existencia atormentada, ese bucle del que se resistía a salir. “No obstante, lloras funestamente y evocas tu locura y hasta quisieras extraerla de ti como si fuese una piedra, a ella, tu solo privilegio” (Pizarnik, 1968: 49-50. Extracción de la piedra de la locura).

Pizarnik no fue ejemplo de nada, excepto de una forma de sentir y escribir que a veces rechazamos pero que nos sigue fascinando. Dicen que a menudo fue poco leal con quienes la quisieron y admiraron, que participó en disipaciones, que era complicada en sus amores y en sus desafectos, subidas y bajadas de un espíritu tan inquieto como rebelde, a menudo sin causa. La sentimos a veces agónica, nos niega la esperanza y, al mismo tiempo, sus palabras nos resultan brillantes y ahondadoras como siempre sucede con la mejor poesía. Su discurso es coherente y muy bien planificado, desea trascenderse y busca la forma de lograrlo bajo una decantada manera de expresarse. “La otra que eres se desea otra”.

Su sufrimiento alcanza sin duda el paroxismo. Entre líneas se palpa el propio infierno. No obstante, pese a lo desgarrado de su discurso, es algo que resulta tan coherente como auténtico, digno de la excelencia en una gran poeta, consciente tras esa verdad suya, de traspasar así la frágil y ambigua línea que la separa de la inmortalidad.

¿Qué es, qué representa, cómo fue Alejandra Pizarnik?

La encontramos en su escritura enigmática y transparente, tan visionaria como lúcida en su poesía, en las anotaciones compulsivas de sus diarios, en la mezcla extraña y compleja de los seres que, como ella, son en realidad apasionados, introvertidos e hipersensibles. La reconocemos en su verdadera condición: la del extraño. Pizarnik no establece distancia consigo misma en su ambigua dualidad de realidades y sueños, se implica demasiado en las profundidades revueltas de sus aguas, casi siempre nocturnas, al filo peligroso de un personal acantilado que atrapa la atracción de los suicidas y la obliga a mirar su propio fondo.

Con esencial reserva nos habla de sus miedos y así nos sobrecoge porque va desvelando paso a paso, como en precariedad de rama quebradiza, el canto de un pájaro que como el cuervo de Poe nos anuncia un final de finales. Cada poema suyo es de aire y de niebla, de reflexión y sueño, pero también representa la torre inexpugnable donde ha de resultar muy difícil el poder rescatarla puesto que desde muy tempranamente ha sentido la poderosa atracción de los vacíos.

En las fotografías la rodea siempre un halo de fragilidad, también de resolución. Sabe cómo posar, ya sea abrazada a un árbol, de anillados melismas, o mirando de frente a la cámara donde el gesto fija lo que desea que capte el objetivo; en esa ambigüedad se halla el temblor de ser, de traspasar la barrera del tiempo donde pretende ser escuchada más allá de las épocas o de una voz múltiple y unitaria que la desdobla. Los íntimos acordes y los planos oblicuos perturban unos versos depurados. La exenta claridad de la palabra, herética y a la vez ortodoxa, bascula entre las atmósferas desapacibles de su interior herido junto a estrofas que alcanzan la compleja y luminosa armonía de lo contradictorio, algo así como la “luz negra” que propugnaban los surrealistas, un oxímoron que tanto dice sobre aquellos tiempos de interiorizaciones a menudo tan oscuras como desasosegantes.

Pizarnik navega por océanos de dudas emboscada en una perpetua negación de sí misma, cada vez más aislada.

Es cierto que desde niña la hicieron sentir como el invertido azogue del espejo claro de su rubia hermana, si bien ella no se lo puso demasiado fácil a la familia debido a su díscola y rebelde personalidad. Un dolor ancestral que ahondaba en los sucesos relatados de fosas ucranianas donde los nazis masacraron su estirpe. Unida a esa raíz de raza fustigada nos sacude poderosamente la metafísica que su poesía nos muestra. Alejandra tiene miedo. Mucho miedo del mundo; para protegerse hace de su palabra un universo, imágenes y estados del interior que se superponen a la búsqueda de una depuración y avidez de expresar, o de abarcar, esa verdad tan suya que implica claramente la libertad también del placer del lenguaje. Es de alguna forma privilegiada, no tiene carencias materiales, puede estudiar en colegios excelentes, viajar o matricularse en La Sorbona, algo no precisamente de cualquiera, pero no le atrae su vida sin orillas, ni le gusta su cuerpo al que fustiga con dietas y anfetaminas, ni tampoco su voz balbuceante cuya tartamudez se acentúa si zozobra, ni la asfixia del asma, ni sus propias tendencias sexuales que la pacata moral de la época la obliga a ocultar. Pizarnik navega por océanos de dudas emboscada en una perpetua negación de sí misma, cada vez más aislada, aunque la animen personalidades que saben desde el principio reconocer su genio, al menos su valía, y le abren puertas a la universalidad, prologan sus libros, la arropan y la introducen en los cenáculos más interesantes de la cultura. Pizarnik se aleja de su entorno bonaerense sólo para aprender. Liberada de cargas, su obra relampaguea sobre la gran ciudad, cosmopolita y viva, como un trasunto de eternidad, como soporte o armazón del tiempo, o como reflexión prismática de ella misma y su obra, en un París en plena efervescencia de cultura y rupturas donde la luz brillante de su verbo le brota con más fuerza. Debatida entre Thanatos y Eros, en peldaños que ascienden irremisiblemente aunque después los baje en abrupta caída sin materializar del todo el sueño que persigue.

Los pasos físicos y los de la memoria, y hasta de los olvidos deambulan asombrados, todo se le entreteje en una urdimbre de fortaleza y fragilidad que envuelve casi siempre a la creación y a la propia existencia. Cortázar le abre puertas a la magia del corazón y el rito, es solar su compatriota, en cambio ella es de luna agazapada reflejándose eterna en el Sena, ese río que le devuelve plata de la otra orilla que ama y odia a la vez y, pese a los deslumbres, mantiene siempre el frágil desencanto del final apuntado. Límites donde atisbar la muerte después del largo camino iniciático donde imágenes y estados del interior se superponen a la búsqueda de una decantación y avidez de expresar, o de abarcar, esa veracidad en cada poema suyo que implica claramente la libertad del placer del lenguaje.

La ciudad despierta en sus arterias le hace sentir su ritmo. Ella sabe, porque lo habrá leído en cualquier parte, puede que en Borges o en otro, que el eco viene a ser un sucesor y el espejo un contemporáneo; por eso mismo huye del eco para encontrar su voz entre las diferentes que atesora y se reafirma mirándose de frente cara a cara sin gustarle del todo lo que ve.

Las vetas que delimitan el fundamental núcleo de la trama que importa, forman, para el lector atento, lo más elemental, lo más secreto, el sustrato más rico y más oculto de su fascinante personalidad.

Leemos entre las líneas de sus versos como esas perspectivas de avenidas mojadas por la lluvia de la melancolía donde de pronto el sol ha deslizado su luz conmovedora sin lograr que evaporen el vaho de las gotas importunas que reflejan la opacidad cruel, tan gris, de los silencios, el temor de la noche inmersa en soledades no buscadas. Versos alineados sobre un espacio reclaman nuestra atención encaminada hacia lo insólito con su punto de absurdo, con su atrayente guiño surrealista dentro del más conceptual de los minimalismos. La poliédrica luz diluye espacios y a veces los perfila iluminando sombras. Es su forma de huir lo que provoca el verso.

Un mensaje profundo ante la vacuidad, un siseo que raya los silencios, una neutralidad que es perturbada por lo desconocido. ¿Qué hay más allá de todo? Más allá para ella está la nada. No es esa Nada llena de la que hablan los místicos, sino ausencia de luz; conscientemente se aparta de la hoguera donde abrasa el amor, ante sus versos una cierta sensación de extrañeza nos sacude. La frialdad que se vuelve plegaria laica, temblor ante la sensación de que no hay espejos que reflejen la vida y el tiempo es sólo espacio o situación: “la situación del tiempo” como forma azarosa, como especulación o interrogante, como interpelación, como escenario que nada representa y representa todo. Una iluminación como en Rimbaud que se impone a la imagen y al silencio provocando un contrasentido, un reverso envolvente de significados.

Pizarnik observa tras la ventanilla de un tren imaginario, fantasmal, la ventisca que la excluye y aísla, hostil, obstinada en sus repeticiones ambiguas, con calado casi premonitorio, contempla las celdillas de la colmena en los bloques compactos de las grandes ciudades y el tiempo, intransitivo, es inestable que le incita a seguir en su monotonía de la que anhela escapar. El tiempo y la materia, la materia del tiempo. Tiempo como materia de infinito y la perplejidad de la mirada que se pierde en rectángulos, como viscosa red que la absorbe sin tregua ni respiro. Los sueños al final desaparecen como las emociones.

Pizarnik representa el espíritu inquieto y extremadamente libre, pero en el fondo esclavo de sí mismo y sus contradicciones.

¿Qué le espera? La inmensa soledad que albergará la ausencia, el murmullo del eco que reguardó su voz, la sensación de frío de un rumor impostado. La superficie dispone rituales en las repeticiones, cuyo sentido se nos hurta adrede, un espejo invertido que siempre la refleja proyectando su yo más vulnerable: detrás de cada puerta nada aguarda, ella piensa que ya no existe nada tras el tótem frente al cual tanta gente permanece arrobada. No le queda siquiera ni el consuelo de Alicia de atravesar el tiempo que la desasosiega, un muro de cristal se cierra en banda, ni una rendija como escapatoria, los años se evaporan como lluvia y sobre ese túnel líquido, que aparenta engullirla, busca su propia huella sin hallar la salida como si la arrebataran de la escenografía. Los personajes que la ayudaban a continuar, la arquitectura con alma o con sentido, la condenan a una contemplativa “soledad sonora” mas sin la trascendencia deseada ni elevación alguna. Planos sin contraplano, sonidos que amortiguan los pasos interiores en las íntimas estancias del silencio que grita. Ya no siente el deseo de pisar la hierba o el asfalto, busca eludir el vacío que su propia imagen, tan obsesivamente repetida, proyecta. Y desea escapar, escapar de ese círculo que la mantiene atrapada en una claustrofóbica sensación de tiempo muerto, de tiempo anquilosado, de tiempo sin matices. Contempla cómo los días que se van sucediendo son de alguna manera recipientes iguales. No hay ya brasas ni fuego, simplemente las sombras de la muerte con su definitivo dolor, son como imágenes warholianas repetidas: instantes sobre el humo envasado al vacío. Líneas en pendientes y en ascenso ya fueran secundarias o principales. Las vueltas y revueltas de la pintura y de la existencia. Pizarnik representa el espíritu inquieto y extremadamente libre, pero en el fondo esclavo de sí mismo y sus contradicciones, al que era imposible doblegar en nada que no fuera su propia e irrenunciable disciplina.

Cincuenta pastillas de Seconal bastaron para su trágica fuga. Un 26 de septiembre la velaron en la nueva sede de la Sociedad Argentina de Escritores. Y todo fue tristeza.

Un sustrato originario de melancolía moraba en el “corazón de un pájaro”: “La muerte es una palabra”.

Homenaje a Alejandra Pizarnik

“Alejandra Pizarnik y sus múltiples voces”, selección y edición de Mayda Bustamante
Alejandra Pizarnik y sus múltiples voces, selección y edición de Mayda Bustamante (Huso Editores, 2021). Disponible en Amazon

Alejandra Pizarnik y sus múltiples voces
Mayda Bustamante (selección y edición)
Huso Editorial
Madrid (España), 2021
ISBN: 978-84-123016-6-3
486 páginas

A finales de abril, cuando se celebra la fecha del nacimiento de la gran poeta argentina Alejandra Pizarnik, que nació en Avellaneda (Buenos Aires) el 29 de abril de 1936, y un 25 de septiembre de 1972 tuvo, al suicidarse, una trágica e inesperada muerte, Huso Editorial ha presentado este libro, dirigido y seleccionado por la gran Mayda Bustamante, en el que tengo el honor de participar con el ensayo “Los espejos de Alejandra Pizarnik”. Esta obra es una decisión personal de Bustamante, o como ella misma aclara: “Un acto de amor hacia Alejandra que seguramente mereció otro final. Lo he asumido como un proyecto cultural sin ánimo de lucro. De hecho los derechos de autor serán donados a dos fundaciones destinadas a tratar enfermedades”.

El libro está dividido en tres partes: textos ensayísticos, textos narrativos y poesía. 85 autoras de quince países, 85º aniversario. 486 páginas. El 29 de abril de 2021, fecha de nacimiento de Alejandra, Huso Editorial cumplió su primer lustro. Cuenta además con un texto de su hermana Miriam Pizarnik y otro de su sobrina Sandra Riaboy, y una obertura de Chantal Maillard. También con ilustraciones de su infancia y fotos de Alejandra cedidas por la albacea de Alicia D’Amico, quien fotografió a Alejandra en diferentes momentos.

Mayda Bustamante
Mayda Bustamante: un acto de amor hacia Alejandra Pizarnik.

La portada es obra de dos artistas, Diana Balboa y Betzi Arias.

Todo un acontecimiento editorial rindiéndole homenaje bajo las reconocidas voces de 85 escritoras de varios países de habla hispana entre las que tengo el honor de figurar. La nómina es, desde luego, importante y valiosa:

Ada Valero del Río, Alina Diaconú, Almudena Ojosnegros, Amalia Iglesias Serna, Ana Alcolea, Ángela de Mela, Anne Bourrel, Annia Galano, Antonia Bueno Mingallón, Anunciada Fernández de Córdova, Aranzazu Sumalla, Beatriz Hernanz Angulo, Beatriz Rodríguez, Carlota Suárez García, Carmen Blanco, Carmen Busmayor, Carmen Maroto, Cecilia Quílez, Consuelo Sánchez Naranjo, Corina Oproae, Cristina Peri Rossi, Cristina Piña, Daysi González Broche, Efi Cubero, Eloísa Otero, Esther Bendahan Cohen, Eva Losada, Fanny Rubio, Gemma Solsona Asensio, Hebe Rosell, Isel Rivero, Juana Vázquez, Julia Gutiérrez, Julia Piera, Karla Suárez, Laura Massolo, Laura Pugno, Legna Rodríguez Iglesias, Leticia Martin, Liliana Díaz Mindurry, Lourdes de Abajo, Luciana Prodan, Luciana Ravazzani, Luz Pichel, Mar Sancho, Margalit Matitiahu, María Antonia Ortega, María Luisa Balaguer Callejón, María Rosa Lojo, María Rosa Pfeiffer, María Tena, María Victoria Massaro, Mariana Otero-Briz, Maribel Gilsanz, Marifé Santiago Bolaños, Marta Eloy Cichocka, Marta López Vilar, Mercedes de Diego, Mercedes de Vega, Mercedes Gómez Blesa, Miren Agur Meabe, Montse Barderi, Montse Ordóñez, Montserrat Villar González, Nancy Morejón, Natividad Ortiz Albear, Neus Aguado, Nuria Ruiz de Viñaspre, Olga Marta Pérez, Paula Varsavsky, Pilar Blanco, Pilar Martín Gila, Raquel Lanseros, Reina Roffé, Rosa Cuadrado, Rosana Acquaroni, Silvia Arazi, Silvia Cuevas-Morales, Silvia Monterrubio, Tensi Gesteira, Verón.

Efi Cubero
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