
“Hablo con fantasmas todo el tiempo”.
P. A.
El hombre sin sitio
El primer momento para un nombre tachado. Y todo porque en la página 150 del Diario de invierno, “un hombre sin sitio alguno adonde ir” se sacude del cuerpo el polvo del tiempo y busca ansiosamente el laberinto por donde habrá de marcharse.
El hombre, desprendido de su ciudad, sin piso bajo los pies, retorna a la vida desde la vida de otro; se inmiscuye en los asuntos ajenos como un detective de una manoseada novela de Ross Macdonald, aunque no la haya leído o no aparezca en su inventario narrativo.
Y así fue, como se ha leído: el hombre perdió su personaje, el sitio de sí mismo, el que atesoró mientras se perdía para no ser encontrado.
De nada le valió borrarse el nombre. Su cuerpo, lo que se presumía era un cuerpo, fue descubierto por un fantasma a la orilla de un precipicio.
Lo demás es olvido, plasmado en otras historias que el hombre supo crear mientras fumaba.
Los años invisibles
Como un fantasma, el hombre anda por las calles. Ciego o parcialmente dormido, el sujeto revisa en un cuaderno los años inútiles, su tragedia, la desgracia de quienes lo vieron desaparecer, hacerse a un lado, perderse en medio de un invierno atroz.
El tiempo incorregible le permite al narrador, siempre impertinente, al hombre, el que cuenta y se pierde en cada novela, en cada personaje que inventa, ser el otro que ha querido ser: una sombra, un rostro sin perfil, un animal despellejado, sin huellas, un pensamiento abstruso, revelado por la incertidumbre.
Han sido muchos los años invertidos, los llevados a cuestas, los que trasuntan la página 131 del Diario de invierno, pero que también asoma su nariz en La habitación cerrada sin dejar de poner una marca en La ciudad de cristal.
Son los años de un hombre sin sitio, invisible, escondido, muerto en vida con los ojos puestos en una cerradura.
La metafísica del dolor
A diario, cambias de lugar. Apareces y desapareces. Atajas las horas: tomas en peso tu sombra y la llevas al borde de cualquier época, rincón o habitación donde hundes el arma en la herida, en la incurable llaga provocada por los tantos sitios donde has querido ser y estar.
De nada te ha valido ser. De nada te ha valido estar. Ya no acostumbras a mirar tu yo. Defines el dolor, lo ubicas mientras inventas la soledad, el país desolado, sin las cosas que fueron las últimas de tu ser, de tu estar, de haber sido.
Sabes que alguien te punza. La sangre imaginada brota de tu cuerpo invisible, del agujero en tu cabeza, de las brutales patadas que te propinaron, de la tortura que aún llevas en mente.
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