
1
Un trazo basta para empezar una historia. Para un boceto, un lápiz de grafito, un bolígrafo, un pedazo de carbón, la imaginación despierta y de pronto una isla, el imaginario de un territorio interior, un pedazo de universo en la pupila, tan arraigado que se ofrece en muchas líneas curvas, rectas, elípticas, delgadas, gruesas, quebradas, acuáticas, terrestres. Es un dibujo, muchos dibujos que aparecen de una mano y se almacenan en la mirada de quien convierte esa imagen en historias, en sus historias, en sus aventuras, vividas o imaginadas, en una biografía que le pertenece o que le ha sido dictada desde la niñez por otra voz que también imagina, construye pequeños aviones, es padre y mago, silencio y alegría, dibujo de la memoria, del pasado y del presente cuando las calles del ya casi adulto trazo humano cuenta la tragedia de un país que se desangra, que se derrite frente a los ojos del mundo y se convierte en imagen en muchos papeles, unos lisos, otros arrugados, tirados en las calles al lado de unos escudos de cartón, porque se trata de un país sometido por una tiranía, por unos dementes que se apropiaron del mapa y los convirtieron en un dibujo mal hecho. En un mal dibujo.
Fedosy Santaella escribe El dibujo de la isla. Se desdobla, es uno de esos trazos que la destreza de su mano entrega en una novela polifónica, en la que hay muchas historias que se engarzan una de la otra para configurar un dibujo completo: un cuadro cuyas rayas le dan forma a su sensibilidad, a lo que él inventa para que quien lo lea sepa que estamos inmersos en esas líneas, en esos trazos convertidos en un país: el país de los perseguidos, acosados, torturados, heridos de bala, ajusticiados, apresados. Pero es también el país de su casa, el país donde imperaba el miedo y las ganas de irse a otro lugar lejos de la violencia.

Pero, ¿quién cuenta la historia, un narrador o el mismo Fedosy desde su experiencia? Las dos cosas podrían andar juntas, pero es más convincente pensar que se trata de un sujeto invisible, ese narrador secreto al que se le acuña en el alma el escritor y aflora desde los recuerdos, desde las heridas o desde los momentos más felices bajo la lluvia, para rescatar una imagen de la misma novela.
Santaella se relata desde sus dibujos, desde el legado genético, desde el dibujo que ha sido él toda la vida, desde el instante en que entendió que no podía ser estudiante en una escuela militar o un poco antes, desde el momento en que supo que las formas son moldeables, que han existido pintores muy famosos con sus problemas y avatares. Desde el día en que supo que era posible soñar con héroes de películas o de cómics de papel, de esos que se guardan en un cajón y aparecen luego de veinte años con las mismas máscaras y capas. Y salen volando como si Pandora los liberase.
Fedosy Santaella es escritor. Desde sus inicios lo leímos. Y años después, en mi caso, lo descubrimos dibujante, pintor de los de ahora, sin maniqueísmos, formulismos o atavismos clásicos. Es un dibujante agresivo, de trazo fuerte, estirado, de flechazo para la mirada. Seguidor de los “marvels” que se nos han aparecido en muchos lados como moscas, como mosquitos, como sueños, como un Batman en medio de la noche, como una máscara que nos desenmascara.
Y desde su escritura, desde esta novela, su narrador nos relata “su” vida, la vida de un él que es un reflejo de quien dice ser o no ser, to be or not to be él, que no es y sí es, pero que cuenta y dibuja y nos llena de sorpresas.
Leo a Fedosy con la máscara de Spiderman en una de las manos.
2
Todo narrador protagonista desarrolla, recrea, inventa o sugiere un testigo. Además de contar desde él, se refleja en el otro y lo hace espejo de sus relatos o anécdotas. Ese testigo, desde su perspectiva silenciosa, también relata como protagonista: el lector es capaz de ampliar ese punto de vista, así como el escritor es capaz de ampliar las posibilidades de sus narradores.
En esta novela hay un narrador protagonista que también es testigo. A veces pasa a ser secundario cuando deja correr el relato en las acciones de personajes anónimos, referenciales o simples atisbos de sujetos actantes que se despliegan en el acontecer del texto (digamos de las multitudes de estudiantes luchando contra policías y soldados).
Todo narrador protagonista, quien ejerce la primera persona para desarrollar el relato, es responsable de los actos de los otros narradores, los que están ocultos, porque a veces los deja entrever y los pone a la disposición del lector. He aquí que Santaella, ese él que habla, que no es él, pero que podría ser un reflejo de su él, se despoja de esa responsabilidad y se la adhiere a Sofía, a Natalia o a Tadeo, al padre que lo enseña a construir un avión antiguo, a la madre que prepara los alimentos, a los amigos de la escuela, de la universidad como estudiante y como profesor, como un hombre que se mira las manos a ver si se descubre en las de Leonardo Da Vinci o si las de él son reales. En realidad, se trata de un ectoplasma: todo narrador lo es, y más si dibuja porque se dibuja desde sus imágenes, desde el vacío que existe en el papel o en los sueños.
3
Pero también, ese también se podría convertir en un gerundio, esta es una novela política, como todo escrito, porque trata de una realidad donde se mueve organizadamente la maldad, la gestión de un régimen contra sus enemigos, contra un grupo (desorganizado o no forma parte de una política) que se activó para hacerle frente a esa maldad, a ese proceso autoritario que aún permanece impuesto en el mapa de un país, que podría ser cualquiera, como lo ha sido muchas veces. Desde esa perspectiva, desde la de quien lee, esta es una novela de una distopía que se introdujo en los sueños de una sociedad que ahora sueña con sobresaltos. Una sociedad que se quiere ir del país, una sociedad que se ve en los hijos pequeños, en sus inocencias frente a lo que ocurre en la calle, mientras un dibujo atroz atrapa a los que han sido sometidos por el trazo violento de una dictadura. Es decir, esta es una novela de la tragedia venezolana vista desde quien ha dibujado su isla interior, la metáfora de sus aspiraciones, la metáfora de su casa convertida en abandono, en silencio, en el sueño tranquilo del niño que espera un cuento para irse tranquilo al dibujo de un bello sueño.
El dibujo de la isla es el todo de una familia que se sabe parte de un espacio en el que la felicidad, esa palabra convertida en triquiñuela, es un bastón para un anciano sin pensión. Es la imagen, el trazo, el dibujo, la composición gráfica, de un espacio que es necesario abandonar para darle la razón a Sofía, la esposa del narrador, la esposa de quien relata, y también piensa que llegará el momento de “pirarse”, de buscar otros espacios, otra isla, aunque sea portátil, como el país que se deja en medio de maletinazos, disparos, brujería y hasta encantos de sirenas.
- La ruta de lo lejano, de Fedosy Santaella - lunes 27 de abril de 2026
- Huerto de lirios, de Rosana Hernández Pasquier - lunes 20 de abril de 2026
- El alma por la boca, de José Iniesta - lunes 13 de abril de 2026


