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Una voz en tres tiempos, de Mario Amengual

lunes 16 de diciembre de 2024
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Mario Amengual
El venezolano Mario Amengual es un poeta cuya crudeza no cesa de marcarse con hierro verbal.

1

“Siempre hay un comienzo”, desliza la voz primera de Mario Amengual mientras camina por una de las calles de su ciudad. El tiempo pasado lo conserva cerca de una mirada que lo ha desplazado a otros ámbitos. Ese comienzo sirve para narrarlo o describirlo mientras sus pasos perciben el calor de aquella Maracay que hace unos meses dejó atrás.

De allí que se diga: “Creí que una página inspirada podría resolverme”, en esa descreencia clara y sensible que hoy, desde estas páginas, lo hacen sentir como despojado de toda la calamidad que sigue atormentando el paisaje que lo vio nacer.

Deja, en ese montón de días ya destinados al tiempo ido, estas palabras: “Errante por soledades nocturnas mantenía mi corazón en ascuas”.

El poeta no olvida. No pasa la página: desde la lejanía de ese comienzo su poética continúa la dureza de su terquedad por decir la verdad, la única que puede decir: es un poeta cuya crudeza no cesa de marcarse con hierro verbal. Se critica, se fustiga a veces. Y hasta podría decirse que se castiga para alcanzar un cambio, no en el verbo sino en una manera de ser. Por eso habla en pasado, por eso la carga del tiempo ha quedado atrás.

Desde estos versos, desde la vida o de la muerte, desde algún fantasma o habitante que lo seguía, afirma:

Vienes cuando reposan los estrictos vigilantes del sentido común,
arrasas cordialmente las certidumbres de nuestro desvarío,
asciendes desde nuestra más querida miseria (...).

Y después agradece. Y después traduce los “días infames (...) esta empeñosa pasión por las palabras”, porque la poesía es la única estructura que le da forma a su ánima.

Pero niega: “No soy el revés de nadie, / no tengo claves ni certezas para regalar: / sólo procuro ser el vocero de un don que a nadie pertenece”.

Y vierte un “homenaje íntimo” a la soledad de los lugares. Su origen está en el sitio donde se levantó, donde se crio, donde hizo sus primeras jugadas en la calle, donde se enamoró por primera vez: el barrio La Democracia de Maracay.

Esa primera vez, ese comienzo, ha sido titulado “La voz recuperada”, fechada en el año 2010, de donde se desprende esta imagen: “la falta de formas es una forma”, y no deja de ser una marca de la adolescencia, el misterio de una edad de lo invisible, los desvelos, la noche y sus peligros, para establecer que “estos despojos que llamamos realidad” tiene que ver con la política del siglo XXI, representación de “un porvenir abonado con cadáveres”. Y lo dice “con un nudo en la garganta”, toda vez que se trata de “nuestras miserias civilmente compartidas”.

Luce su elegancia verbal con estas líneas: “Ninguna palabra te nombra / y todas las palabras te aluden / y eres todas las palabras”.

No obstante, “el silencio preterido”.

 

“Una voz en tres tiempos”, de Mario Amengual
Una voz en tres tiempos, de Mario Amengual (2024). Disponible para su descarga gratuita

2

La segunda voz, “Desde el barranco”, del año 2018, se hunde en el significado, en la metáfora de ese accidente geográfico que se traduce en un sentimiento, en el sitio del alma o del cuerpo ante las adversidades. En Venezuela, la palabra barranco se ofrece como voz para ejemplificar un estado de ánimo, y decir desde el barranco es afirmar desde la desesperanza, desde la angustia, desde el desengaño, desde la tristeza o desde el despecho. De allí que el poeta vea pasar el mundo por su lado mientras lee un poema y remata con aquel Gerbasi tan citado: “Venimos de la noche y hacia la noche vamos”, para continuar con su andar y su estar por esa ciudad donde la calle es una “enciclopedia” porque nos enseña a ser o quizás a no ser. La calle es la vida, ese inmenso libro de enseñanzas que nos hace memoria en otros. Y así como ve pasar el mundo recuerda la muerte de sus padres, quienes “se fueron, no renunciaron”.

¿Pesimismo, desgano? El hombre pasa o pasó por momentos en los que el país se desmorona. Momentos en que el mapa es un papel sucio, arrugado, lanzado al basurero. Aquella Venezuela del año 2017, cuyo destino se podría sintetizar en esta suerte de aforismo: “...es palabra de mucho latido: / de origen es puntería y blanco, / y una certeza sin adjetivo”. Aunque todos los adjetivos sean posibles. Ve el poeta un “país arrasado”; entonces, su voz, una de las tantas que usa, afirma: “Palabra: eres lo que me queda / y te conozco poco, / casi nada”, como un responso, como un regaño a quienes no saben articular el tiempo.

 

3

La tercera voz, “Testimonial”, escrita en el año 2023, completa esta confesión. Ya no serán las calles de su ciudad. No será el mapa arrugado su despensa. Hay otros comienzos. Otros destinos. El poeta, agobiado por el insomnio, invoca a Derek Walcott para conciliar el sueño de un próximo viaje.

Dice como para sus adentros: “De nada servirá el empeño / en cuadrar sueño y vigilia...”, y rememora lo que aún le acontecía: “Por las calles / donde paseo la soledad, / desaprendo y me reconozco...”, por lo que “Me ha sido fiel la incertidumbre”.

Ya no es el norte nacional, el del asfixiado continente. Ya no es el mapa nativo. Ya no es la costa advertida detrás de la montaña tropical. Será el sur, será un viaje hacia la pampa. Será otro espacio, otro paisaje donde esta voz encuentra sosiego y otras calles.

La tercera voz, ese testimonial, esa confesión, lo destina a Argentina, desde donde nos dice: “Yo caminé hacia el sur, / hacia la sombra / y donde también pega recio el sol...”, y donde el horizonte azul será para más palabras y para más voces.

Alberto Hernández
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