
camino
de puntillas
para no pisarte la muertetoda tu vida ha sido
para ella
totalmente tú
la ocupano queda rescoldo en el
fogón
ni la ceniza calientay debo marcharme
Reynaldo Pérez So
1
Entrecortada, como toda muerte, la voz de quien inicia esta nota avisa de su partida. Y es entrecortada, a cuchillo en el poema, como el poema mismo, entrecortado. A trozos el habla del poema dice lo que oculta y luego lo que descubre. Ese texto usado como epígrafe, tomado de Reclamo, no es el único en el que Reynaldo Pérez So asoma la muerte, la suya o la ajena, pero sobre todo la ajena al hacerla propia. En Px el autor se mira en la agonía del otro, en la alteración biológica del enfermo, lo que procura que el poeta/médico se convierta en una suerte de monje que dice, con plegarias casi insonoras, lo que ocurre en el alma de sus pacientes, también “lectores” silenciosos.
Ahora, cuando la muerte le ha tocado a él, nos deja su testamento. Nos deja la voz, una vez más entrecortada, como para invitarnos a no alejarnos del silencio que algún día tocará a los lectores. Pérez So valientemente se desviste y nos entrega este libro cuyo título merece ser revisado para poder arribar al viaje que recién inicia.

Último de aire —el título— pareciera una tremendura sintáctica. Se trata de una construcción en la que la preposición de es contentiva del significado envuelto por la palabra último. Es decir, si decimos último aire le facilitamos al lector la imagen, pero con la preposición nos adentramos en un significante. Quien deja de respirar se aleja de una pertenencia. El aire ya no es de él. Es la muerte, es la partida, es ese “debo marcharme”.
Ese último soplo, el aliento postrero: la poesía total.
En el mismo Reclamo podemos leer:
Si la muerte / entonces me he muerto / si es capaz / yo me voy desta casa // si alguna vez / haré una caja / enorme donde meterme // si para ese momento / rodaré por los / ríos / hasta la mar.
El si condicionado revela en el próximo verso la afirmación o la duda que esconde ese si, como ocurre con la preposición. Toda muerte es dudosa. Toda muerte, al ser dudosa, es verbal porque recurre al silencio. Es decir, el autor enmascara los significados para alcanzar otra fuente significativa. Juega con el lenguaje porque el lenguaje juega con él. Reynaldo bebió de las aguas del judaísmo, por esa razón escribe como si el ladino, esa frecuencia verbal heredada, fuese la fuerza vigorosa que le imprime al silencio de su poesía. Un silencio que dice.
2
Guillermo Sucre define la poesía de Pérez So como una escritura del habla, lo que nos lleva a pensar que se trata de una poesía que se destila desde la poética diaria de una forma de decir, de hablar, de conectarse con el otro. O consigo mismo, como si se tratara de un monólogo o de un diálogo con algún personaje de otra región imaginada. Podría decirse que se trata de una poesía teológica (“la Torá sugiere descolgar los muertos / para enterrarlos sin llegar la noche”) en el sentido de que interioriza el don de la palabra para designar desde el misterio, desde la transparencia de lo despojado. Aquí no hay verbosidad. Aquí hay silencio para compartir desde ese aire de ausencia, toda vez que la personalidad de Reynaldo Pérez So siempre fue retraída, concentrada en alguna voz indagadora, una sola palabra que le sirviera de justificación para alejarse del bullicio en los versos. Escribir desde lo oral, desde la boca que pronuncia la hora despierta, la boca que conversa e hila imágenes inconexas, capaces de crear nuevos significados o nuevos silencios. Nuevos retos, porque la poesía de este poeta recién fallecido no es de fácil lectura: precisa de concentración, de la lentitud y concentración que merece una imagen que también se detiene en medio del silencio del mismo verso. Por eso, el también recién desaparecido escritor José Napoleón Oropeza dijo de la poesía de Pérez So que se trata de una “imagen íntima, por el sentido de recogimiento interior que se postula en el poema”. Ese recogimiento expresa la desnudez del poema.
3
Entonces, la muerte. El poema de la despedida. Entonces, la permanencia, la vida de la poesía que queda plena de silencio, el silencio que el autor siempre usó desde su andar, desde su postura ante el mundo. Una poética en vilo, como dejó dicho Juan Sánchez Peláez al admirar el trabajo de Reynaldo.
En Último de aire, como señala Antonio López Cañestro en la contratapa del libro, se evidencia una “sintaxis breve iluminadora”, lo que confirma, una vez más, que nuestro poeta andaba, permanentemente, en busca de un significado, de un instante de luz de habla sin escándalo verbal.
En este poemario la muerte es en varios poemas, así:
...amontonando tierra de tumba / en tumba el cementerio
...de imposible cementerio / el sufrimiento luminoso
Mañana nada por no decir/ huesos por no poder
El texto donde aparece el título que le da nombre al libro merece ser citado completo, toda vez que allí se sintetiza su último aliento:
Injusto morir viviendo / sobre un cuerpo / muriendo pero queda / la vida pero tampoco / queda sino continuar / el morir el trago / primero de aire / el canto primero / expiado / injusto vivir muriendo / bajo un cuerpo / viviendo pero queda / la muerte pero tampoco / queda sino continuar / el vivir el trago / último de aire / el canto último / expiado.
Y luego, “un punto negro / se desplaza hacia el negro / de fondo”. Y “se le achica la vida”.
El poema “Cáncer” es un golpe que el poeta escribe con el contenido de un paréntesis donde podrían caber todos los milagros. Por eso, “al final de todo / todos se quedan dormidos”.
4
Esta última instancia de Reynaldo Pérez So se adentra en lo que está por venir, en lo que se le acerca, en lo que está a punto de ser o llegar. De este libro se siguen desprendiendo imágenes que tocan la despedida, ese último de aire que lo ahoga:
Tierra sobre tierra / es como morir / a alguien sin embargo.
La segunda parte del poemario, “Textos desorientados”, continúa la misma senda. El poeta acude a las palabras, al silencio que lo oprime, para decir:
Solombría / no es necesario esperar / un tantico viene de cualquier forma / es nada entre nada / una cosa aquí semeja eternidad / y de un golpe / la luz deja de ser luz / la explicación de la sombra / ni se le ocurre.
La muerte, esa sigilosa visitante, apremiante o paciente, la que siempre está al borde de una palabra.
Pero es un poco más adelante cuando un gerundio alberga, contiene lo anterior: unos versos aguzan el oído y dicen “irse yendo / hasta irse yendo”, y así: “en el espacio de irse / no sabe jamás si se ha ido”, para definirla: “aquel airecito llamado silencio”.
El cuerpo o el alma, sacudidos por un final cercano: “detrás del dolor se acuesta la vida / que algunas veces dice / canto disolviéndose en el aire”.
Ese aire que, “en nombre de la vida y en nombre / de la muerte”, es el último encaje en la previsión de “un apagado temblor del cuerpo sobre la cama”. La palabra se ahoga, estertora.
Insiste el poema: “una vida a la vez sobra / para alimentar la muerte”, y cierra definitivamente el ciclo: “no puede terminar / cuando la luz es sólo lo obscuro”.
5
(En un extenso ensayo publicado por Reynaldo en la revista Poesía 129, de mayo-junio de 2000, el poeta precisa: “No se es ni en un lugar ni en el otro: extraño”. Es decir, es un extranjero en la vida y en la muerte. En el acá y en el allá. Cita a uno de sus autores preferidos, Mário de Sá-Carneiro: “Me respiro en el aire que de lo lejos viene...”. Ese aire, ese soplo, ese aliento que ya le falta, y tan descarnado dicho en el instante en el que el mismo poema se convierte en silencio.
Pérez So recurre a Bashō, quien “decía que un poema es para la vida, no para la muerte”).
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