
En “las propiedades de la tierra” me recojo, me albergo, me cuido. Como lector, en primera persona, lo afirmo. Desde esa imagen de un poema de este libro de Julio César Blanco Rossitto, Enseres, intento andar en una lectura que guarda tantas imágenes, tantos instantes de la mirada y de los adentros de un poeta pleno de voces que lo sostienen.
En su despensa de significados, el poeta se refleja en un personaje que forma parte de un sueño, de un ambular por distintos laberintos donde respira con las cosas, con la diaria soledad donde habitan los sonidos de animales que lo acompañan e intiman.
Suerte de cirujano que entra en el interior del organismo y establece una relación abierta y a veces tan cercana con lo oculto en el cuerpo que se disecciona.

Se trata de un libro cuya belleza extraña sacude al lector y lo descubre en su sensibilidad.
Publicado en el año 2000 por el Grupo Editorial Eclepsidra, en la colección Vitrales de Alejandría, este poemario se activa a través de una unidad en la que el tema destaca un viaje hacia el interior vivo o muerto de un cuerpo que podría tratarse de una metáfora cósmica, una imagen de totalidad descubierta a través de cada órgano visitado.
Después de estar dentro muchas horas / de pensar en el mar en el suicidio falso de las gaviotas / que se estrellan contra el furgón marino / Después de / pensar en el rojo como color de la ausencia / y en el blanco como falta de color / Después / de verme en la linfa de mis jugos gástricos / una barca silenciosa navegada por Caronte / he decidido / He decidido abandonar salirme dejarme aquí inerte / y escapar de un cuerpo que no posee / ningún tipo de entretenimiento ni misterio.
Se siente como si la voz del poema buscara borrarse, anclarse en el silencio, irse de sí mismo, abandonar la vida, dejar de ser.
(***)
Hay instantes de una belleza en movimiento en algunos parajes, en las cosas que nombra, en los enseres que adquieren conciencia desde la voz de quien los menciona, y en medio de ellos, la quietud del sujeto hablante.
Sobre el candil mece el fuego / formas inquietantes que asisten a la piedra / donde suelo abandonarme...
Dejarse ir y luego decir:
Ahora la casa se llena de los vacíos / que inundaron nuestros cuerpos en los desfiladeros / cuando pacientemente / profesábamos la desigualdad de los asesinos asesinándonos de mordisco...
La lectura conduce a sombras donde se mueven ríos de excrecencias, palpitaciones o recodos inertes que proyectan la pesimista alteración del ánimo: “Manché tu cuerpo de sacrilegios / y no pude revisarte los espantos”.
Órganos humanizados, personificados o representados como sujetos animados por la voz de quien los trata, los ausculta, los revisa, los nombra.
(***)
La pérdida:
El hombre / despojado de sus enseres más remotos / y absorto en los espacios que deja el brillo de los días / abre la puerta sabiendo / que una dimensión se anuncia para interrogarle...
Y seguirá siendo interrogado por lo desconocido y misterioso.
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