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Sabanas en el cielo, de Adhely Rivero

lunes 5 de mayo de 2025
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Adhely Rivero
Telúrica, íntima, casera, universal, llanera, venezolana, mundial, la poesía de Adhely Rivero no pierde el rumbo.

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Un hombre de acento campesino viaja bajo el cielo abierto; frente a él, la planicie, la pampa, la llanura, la sabana desnuda, casi borrada por el espejismo. El hombre se desplaza a caballo y habla solo. Habla con el padre muerto, con el padre vivo en la memoria. Habla con sus difuntos y con sus vivos, con los que una vez lo despidieron para irse a la ciudad, como una vez le ocurrió a otro campesino y poeta llamado Ángel Eduardo Acevedo. Y ese hombre, muchacho aún, enhorquetado en esa bestia (como le decimos a los caballos en el llano) ha comenzado a pronunciar, a recitar desde sus adentros (y no ha parado hasta ahora) el canto de ordeño, a ajustarle cuentas a las horas, la voz del madrugador quien silba y declama unas rimas mientras soba con mano amable la ubre de una vaca. Y así viene el hombre. Otras veces va. O sea, va y viene de su tierra, porque Adhely Rivero viaja sobre un caballo imaginario, en carro propio o en autobús. Entonces el horizonte barinés se abre como mujer deseosa y el poeta respira la tierra y los ojos dibujan la sabana y el cielo con la misma fuerza con que Pancho Lazo la trazó en sus versos.

Vuelve La vida entera a instalarse en la porfía de Adhely Rivero. Retorna una vez más sin haberse borrado el rastro trazado por el camino mientras el paisaje se hacía más entrañable, más cercano, pese a los extravíos en la ciudad, a los dones de la universidad, a los favores de la cátedra y las publicaciones de sus voces y silencios. En esa vida completa, en la que caben todas las sabanas y todos los cielos transitados, está la poesía de este hombre, de este hijo del Gadín y el Guadarrama, de Arismendi y sus relámpagos, del mar soñado y el desierto encontrado en cada médano mientras el pequeño estero se traduce en un verso.

 

“Sabanas en el cielo”, de Adhely Rivero
Sabanas en el cielo, de Adhely Rivero (Rubiano Ediciones, 2024). Disponible en Amazon

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Desde 15 poemas hasta La vida entera la existencia de Adhely ha estado centrada en las sabanas de Arismendi, en el cielo que se refleja en las aguas de las lagunas, pero también en el ojo redondo de los caballos y las reses. Hay una imagen cercana: sabana y cielo son la misma mirada, el mismo lugar por donde andan los huesos de los muertos y las trashumancias de los vivos. Sabana y cielo se encuentran en todos los horizontes donde cabe el espíritu. Por eso, entonces, el Llano es parte de esa conjunción celestial de imágenes creadas por la poesía, por las palabras que el hombre enhebra desde su montura, desde la memoria ahora situada en la ciudad, en la tentación de la urbe, en la que no obstante siguen existiendo el Llano y sus poderosas expresiones convertidas en palabras, en susurros, en poemas y poesía. Poemas porque destaca su carácter aforístico, en algunos, y poesía porque sorprenden muchas imágenes que nacen de la sensibilidad de quien respira el aire completo de las sabanas y se extasía con el cielo que lo cubre mientras celebra la faena en el monte, la de vivir y la de mantener viva la memoria plena de costumbres, de su característico acento y hasta de su manera de danzar, de celebrar la música y hacer de la compañía amorosa un espacio también próximo al paisaje. El amor femenino es también el logos que habita el alma del poeta, la de este poeta que sigue cantando con el mismo ahínco mientras el cielo se acerca a la tierra convertida en llanura.

 

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En la contratapa de La vida entera, el poeta Enrique Mujica escribe, entre otras cosas, lo siguiente: “Poesía fundada en el claro de lo abierto para decirlo con la expresiva categoría heideggeriana de SER y TIEMPO o con la incondicionada y cruda visión del hombre mismo de las llanuras”. Palabras de un hombre de raíz llanera quien también ha cabalgado sus letras entre matorrales y caminos de nuestra planicie nacional. Y, en efecto, en el claro de lo abierto, bajo el cielo, reflejo de la pampa, como ella misma, calco del cielo. Y así el viajero, porque este libro de Adhely es una odisea, un viaje que lo trajo del monte a la ciudad, una marca imborrable que se mantiene en la manera de pronunciarse en voces, en la manera de mirar el mundo, en la manera de destacar su presencia ante el Otro, ese personaje que es el Dios de todos, el que lo acompaña cada vez que bendice el recodo del camino o saluda con su característica respiración.

 

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Publicado por Rubiano Ediciones en 2024, el poeta se encumbra con textos como éstos: “Adónde va uno después del Llano”, como si el Llano fuese la continuación de ese cielo que arropa la sabana. “Nada es realidad mientras dormimos”, porque el llanero, y si es poeta más, no suele dormir completamente: siempre hay un fantasma que lo visita. “Dios se está poniendo viejo...”, oración que dibuja la edad del mismo poeta, como aquella reclamación final de Adriano González León en su novela: “Estoy viejo”, y desde ese instante el relato de sus desequilibrios. Dios es también ese espacio entre el cielo y la tierra: Dios es la sabana, esa infinitud. Y por eso, “Así se le hacen los años a una persona...”, razón por la cual a la voz del poeta le gustaría confesar que “Ya no vengo del lugar de origen”, porque la ciudad se vierte olvido en muchos de los que el éxodo campesino se convirtió en ciudadano de toldos, tiendas y multitudes. Pero el poeta, a pesar de la incertidumbre, de su apostolado regional, de apego a la tierra, de su desapego a otras costumbres, tiene el ardor de criticar la realidad: es antipoder, enemigo del abuso, enemigo de quien se hace fuerza contra el otro, por eso, y más allá de no acercarse a ese poder, dice: “Voy a quedarme en la poesía / para ver si podemos vivir”.

Telúrica, íntima, casera, universal, llanera, venezolana, mundial. Traducida, hecha conjunción de voces en otras latitudes, la poesía de Adhely Rivero no pierde el rumbo: “Que nunca dejen de enviarme un relámpago”, y se refiere a la tierra, al terruño abierto bajo el cielo cargado de energía, de los ríos que secundan sus deseos, sus viajes, su travesía por las palabras y por el polvo de tantos caminos, desde su natal Arismendi hasta Valencia, sin dejar de nombrar al padre, suerte de mímesis ontológica, de espíritu ambulante en el espíritu inquieto del poeta.

Ver a este hombre caminar por la calle Cedeño, detenerse en cualquier esquina de su ciudad, porque Valencia es su ciudad populosa como Arismendi su pueblo natal visto desde la quietud de las nubes, verlo —digo— entrar o salir de un edificio y observar su andar, nos permite advertir que estamos frente a un personaje de ayer que se incorpora a diario al hoy de estos avatares, de esta su memoria cargada de nostalgia; por eso siempre dice “ponerle poesía al viaje”.

Desde su perspectiva, de la realidad que nos incumbe ha escrito: “Los gobiernos y los toreros son imbéciles”, y sigue su andar campesino con la mirada aguda, puesta en la verdad que acaba de mencionar. Y no deja tampoco de ser la tierra desde el polvo de sus muertos en los pequeños cementerios de la memoria, medidos con precisión para que puedan caber los parientes en sus tumbas.

Y menos deja de ser un compañero de viaje desde la pasión de Orlando Araujo. O un amante que asume sus riesgos y los publica “en su óseo cajón de ternura”.

Ha llegado el poeta a sostener el aliento: mira desde la casa que imagina, en la que vivió de niño, el horizonte y silba con la boca seca: “El tiempo no se ahorra / no se puede guardar para más tarde”.

En este libro está todo el poeta de sus libros anteriores. Es el mismo poeta de sus versos traídos en la chácara del corazón. Y por eso seguimos con él bajo el cielo abierto mientras todas las sabanas del Llano venezolano se convierten en poesía.

Alberto Hernández
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