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El diablo anda suelto. Siempre ha andado suelto. No ha dejado de estarlo. Desde la primera maldad humana, el personaje ha mostrado su poder, la atracción que ejerce sobre quienes se han dejado enajenar, enamorar, marear, por su astucia.
El diablo fue y es una creación divina que se ha tornado la parte oscura del mundo, el lado perverso del ser humano.
Enmascarado o no, el sujeto diablo sale a escena en el instante en que la palabra adquiere la fuerza necesaria para convertirse en juego sátiro, herida, burla, agonía o muerte. El diablo, esa construcción que emerge de la nada, dobla las rodillas, muestra los cascos y luce los cuernos mientras la belleza que tropieza se transfigura en sombra, en imágenes del horror.

Sus garras recién afiladas en el fuego de su infierno trazan el nombre de los tantos que lo han invocado. Criatura literaria desde los primeros tiempos de la cultura, desde los personajes de antiguas sociedades, desde la Biblia u otros libros sagrados, el diablo o Satán, viaja en el imaginario cotidiano de la actual realidad globalizada. El diablo siempre estará. Está.
Por tanto, es un personaje protagonista, un mensaje permanente convertido en innumerables voces, en un registro burlesco que deviene inteligencia. El diablo es un soplo, un susurro en una pesadilla: innegable es su condición de desposado con las palabras.
Ambrose Bierce, el luego bautizado Gringo viejo por Carlos Fuentes, dejó escrito El diccionario del diablo, fuente de burla, de ironía, de plena inteligencia donde se mira quien supo de desgracias. Este diccionario descubre el carácter de un talento donde brillan el humor y el saber, donde se congrega el talento de un autor disímil, quien luego de sus éxitos y fracasos decidió perderse en medio de una revuelta mexicana. De él no se supo nada más. Pero queda esta pieza literaria que alberga el conocimiento de quien luego entregó su vida al silencio.
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Nacido en Ohio el 24 de junio de 1842, Bierce participó en la Guerra de Secesión, y lo hizo como un reconocedor del terreno donde se librarían las batallas. De esa experiencia, de esos miedos o aventuras surgirían todos sus duendes y fantasmas, todos sus personajes que son las definiciones que se agrupan en este libro en el que los lectores sabrán encontrar otra manera de registrar significados. Su cáustica forma de ver el mundo lo convierten en un clásico de la literatura norteamericana.
Hay diablos de diablos, de diversas cataduras: Luzbel, el ángel caído mencionado por Isaías; Lilith, la mujer demonio; Asmodeo, el Calumniador, la Bestia; Mefistófeles, y así el Fausto, de Goethe; El diablo cojuelo, de Luis Vélez; Los cantos de Maldoror, de Isidore Ducasse; Los versos satánicos, de Salman Rushdie; Lo que el diablo me dijo, de Giovanni Papini; el relato “Un señor muy viejo con unas alas enormes”, de García Márquez, y así, innumerables personajes que se disfrazan y hacen el papel de diablo, de demonios, de Satán o Satanás... Todos ellos envueltos por la capa de Milton en El paraíso perdido, quizás hastiados de ser el mal ejemplo del mundo.
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Algunos ejemplos diabólicos:
Abdomen: Altar que guarda el objeto de la más sincera de las devociones del hombre.
Acertijo: ¿Quién elige a nuestros gobernantes?
Agallas: Lo que se necesita para reconocer que se es un cobarde.
Canonizar: Convertir en santo a un pecador muerto.
Celos: Lado sórdido del amor.
Demagogo: Oponente político.
Desolación: Enfermedad producida al exponerse a la prosperidad de un amigo.
Y así, otras diabluras de sabroso interés.
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