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Rojo prodigio, de Ophir Alviárez

lunes 12 de enero de 2026
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Ophir Alviárez
Ophir Alviárez habla desde la génesis, desde el primer día de una fe que se hizo palabra, en su libro Rojo prodigio.

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La prosa se desplaza por esta poesía; ella, la prosa, no se contiene, se abre, como un cuerpo, a todas las posibilidades para que una mujer ofrezca su femineidad, sus deseos, su manera de metaforizar y metabolizar el alma y seguir sabiéndose viva después de transitar todos los rumbos que las palabras le ofrecen.

Rojo prodigio es un relámpago de aventuras muy personales. Un viaje al cuerpo y al espíritu. Un erotismo cuyo vigor está en la expresión de su decir y de su hacer.

Ophir Alviárez se descarga en estos textos que descubren tanto a la voz femenina que dice como a la masculina que oye. Es un libro para compartir sudores, en medio de una sintaxis íntima convocada por el latir del deseo, pero también es el trazo de una existencia que recorre tantas rutas, tantos senderos temáticos detallados, descritos, relatados, dichos con la boca entreabierta como para que el lector, este que entrecierra los ojos, pueda pensar en cada una de las oraciones que aquí se encuentran en una mujer cuya poesía es un extenso afán humano, tan humano que se corporiza en tanto imagen, en tanto deseo, en tanto cuerpo ávido, en tanto sueño o pesadillas.

Publicado por la editorial Kalathos, en Caracas, en el año 2023, este poemario pleno de densos relatos sostiene cada texto desde un yo flexible, dado a hacerse de otro que podría estar en ella misma, en la poeta que se consagra a cantarse desde una construcción verbal cuyo tono no se desvía en ningún momento de su fuerza y vigor. Esta es una poesía de muchos viajes interiores y de miradas que desde el afuera conminan a vigilar cada palabra, cada oración, cada frase pronunciada.

 

“Rojo prodigio”, de Ophir Alviárez
Rojo prodigio, de Ophir Alviárez (Kalathos, 2023). Disponible en Amazon

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La respiración de estos textos nos obliga a seguir el ritmo de cada poema. Uno depende del otro pese a los distintos paisajes que ofrecen: es un poemario monólogo: la mujer podría estar hablando sola o delante de un espejo se construye. Se moldea. Y, como ella misma desentraña, se trata de una mujer inmigrante en lo oculto, mientras sus confesiones eróticas profundizan en lo reflexivo.

De él, del libro, se pueden extraer, más allá de cualquier análisis más dedicado, imágenes como “El adjetivo si no aviva mata”, vieja expresión que aquí aterriza y se fortalece por la capacidad de describir o detallar cada escenario en el que destaca el deseo, el erotismo como asunto que mueve las líneas del libro: “una vagina que complace”, y en la “fragilidad del polvo”: “el misterio siempre me agosta”, para dejar sentada su posición de hondura y entrar en el “secreto del otro” y así expresar que “sentir es un verso tan peligroso como deambular”. Sobre todo “si ya no tiene veinte años”. El yo poético de esta voz se siente “convertida en el aullido de la perra que me consume”, y se complementa zoológicamente con esta oración: “Me siento y empollo un huevo del que nada saldrá”.

 

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Julio Ortega, en el prólogo del volumen uno de El hacer poético, publicado por Monte Ávila Editores Latinoamericana (Caracas, 2011), señala: “La poesía acontece, siempre, en el futuro, en el horizonte de una lectura en construcción”; también, al tratarse de una poética del continente, es una escritura “migrante, con vocación de mundo”, de allí que “la poesía sigue albergando la fe que nos nombra”. El lenguaje, en consecuencia, alberga todos los sentidos, y en este caso, el que atañe a Ophir Alviárez, cuerpo y alma desarrollan todo un tejido donde se conjuntan para descubrirnos como parte de esa vocación, y toda vocación apunta al futuro, al tiempo que vendrá. No se nace con ella. Crece y se desarrolla. Y también muere.

En este continuum nuestra poeta declara en “Hechicera”: “...de aquella lista que no he logrado ordenar porque el abecedario sólo lo uso para clasificar las treinta y pico de posiciones sexuales con las que me divierto”, la autora nos hace parte de ese hecho que mueve al deseo, que convoca al desnudo, a la posesión. Por eso ella es “la fruta que chorrea” mientras sus labios saborean ese fruto. Ella misma es el sabor de esa fruta.

Dice: “Esta noche la mujer en mí, plural”, ese “múltiplo de mí” que nos ofrece como exposición de sus muchas capacidades. Entre ellas, el sueño, las pesadillas: “Mi cotidianeidad se vuelve onírica”, y afirma sin titubeo: “Pesimismo y trauma son lo mismo, son sinónimos, decir te quiero, vivirlo, otra convulsión (...). Entonces se paladea el silencio”, es la de tantas que habla, es ella y muchas. Es ella, la múltiple.

Habla desde la génesis, desde el primer día de una fe que se hizo palabra, compañía: “Tú eres el hombre, la mueca que heredó la costilla”. ¿Ironía, burla, verdad?. Y ella sigue siendo ella: “Las preguntas que no quiero responder para no rozar la costra, ni lo crédulo”.

 

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“Escribir es redundar”, confiesa la poeta, como si decir lo que guarda y descubre sea una manera de influir en el otro que lee sin saber lo que lee. La voz poética no redunda, desnuda.

Ella, lo hace, se desnuda: “Mujer es una palabra que hay que amansar —amasar— para que logre habitarnos”, redonda imagen que nos sacude, por ser metáfora que define desde su propia condición. Pero también, luego de ver vacía la casa, apunta: “Soy un despojo, caigo”; el pesimismo aquí es evidente, y tiene derecho el poema a decirlo, a sentirlo.

He aquí lo antes señalado en cuanto a la descripción, al ojo que ve y habla: “Me fijo en los detalles: en lo pequeño, en lo inaudible, en el artificio, en el rezo, en la esperanza”. Son varias mujeres que hablan desde una sola. Por eso una “re-dimensión del personaje”, y vuelve a decir: “Me redundo” y se califica de ninfómana, razón por la que “me estoy somatizando”: es cuerpo, todo cuerpo, pero pleno de espíritu, de voces que la convidan a verse desnuda verbalmente. Desde este punto de vista, desde el soma, el poema habla: “La metamorfosis que empezó aún no ha terminado, el dolor es eso, ahora lo sé...”. Y sin queja alguna: “Quisiera arrancarme las palabras... las que no nacen (...). Debo sólo arrullar mis entrañas”.

El viaje, los viajes, otros lugares para continuar el curso del poema, del extenso respirar o ahogo con el cual habla: Medellín, Miami, y luego: “Las tormentas de adentro siempre me agostan, entonces lluevo (...) y digo pérdidas y no sé de qué hablo (...), quiero decir estoy”, por “necesidad de palabras (...) la mujer que no soy (...) para no volver a morir en ofrendas”. Viaje interior al desnudo.

 

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El poema discurre en el Caribe mar, donde la voz encuentra un “destino que me tiene en veda”. Más adelante: “Temo cerrar los ojos otra vez en ‘la petite morte’: asunto de escudriñar porque un nuevo tema aparece. No obstante: “Tanto silencio que deseo empezar la vida nuevamente”.

En el texto que le da nombre al libro, el rojo “es el color que no aprendí en la escuela” y “morimos tantas veces (...) que me aterra volver a despedirme (...) a descubrir el poema”.

El pasado, su acechanza, el insomnio y Lezama Lima y el paso de su mulo al abismo. Un poema rico en matices. Para cerrar nos entrega: “Temo a la muerte, aunque sea ajena”.

Alberto Hernández
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