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El brillo de los niños, de Gustavo Valle

lunes 16 de marzo de 2026
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Gustavo Valle
Gustavo Valle crea y describe, en El brillo de los niños, un mundo donde los protagonistas se tropiezan con todos los obstáculos antes de llegar a su destino.
Escribo para que las cosas no desaparezcan.
Escribir es una prótesis del pensamiento.
Gustavo Valle (en el eco del personaje Adel)

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Si bien “la familia es la tiranía de los afectos”, como afirma en El brillo de los niños (Pre-Textos, 2025) una voz de Gustavo Valle, es perceptible afirmar que se trata de una obra en la que se huye del seno familiar, a pesar de que ella, esta familia, la que escapa de sí misma, refunda una manera de irse, de viajar a un destino incierto, de viajar con un recado de la abuela Adela: entregar sus cenizas a Amílcar, el hijo que vive al cruzar una frontera.

Los encargados de darle cuerpo a esta forma de definir a la familia son dos niños convertidos en adultos mediante las aventuras que viven camino a una dirección difícil de dar con ella, donde se encuentra Amílcar. Escrita con toda la libertad que le permite no llevar una fórmula para desarrollar esta novela, Gustavo Valle crea y describe un mundo donde los protagonistas se tropiezan con todos los obstáculos antes de llegar a su destino.

La obra es la metáfora del extravío, pese a que algunos han expresado que se trata de una novela distópica. En realidad, toda realidad es distópica. En este caso, la novela de Valle confirma lo ya expresado: va más allá, no hay futuro en esta obra. Y si no hay futuro, no existe la intención de revelar que se trata de una imagen para designar la definición. Toda utopía es término de fracaso. De modo que toda distopía es una suerte de triunfo, de realidad que aparece y luego se transforma. Es el caso de estos niños que tienen el encargo de llevar las cenizas de la abuela Adela más allá de la frontera, pero para poder arribar al lugar hacia el que se dirigen deben crecer, hacerse adultos en medio de una niñez huérfana, abandonada, miserable, pero plena de una inteligencia que los distingue de los demás. Sus diálogos son densos, irónicos, a veces hirientes, que en otras de sus acciones se muestran como dos representaciones en las que se puede notar la ternura compartida entre ambos hermanos, Gusmarling y Yoisiberth. Un pacto de sangre los figura unidad. Se protegen el uno al otro. Sus voces y la música abarcan la memoria que dejaron en la casa una vez muerta Adela. De allí en adelante, el mundo, la soledad, un intento de violación, el encierro, la violencia, la muerte y la esperanza de dar con su objetivo.

 

“El brillo de los niños”, de Gustavo Valle
El brillo de los niños, de Gustavo Valle (Pre-Textos, 2025). Disponible en Amazon

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El lector podrá pasearse por esta novela con la tensión que crean los mismos personajes gracias a la maestría del narrador. Unos pequeños aventureros en busca de un hombre que no conocen sino a través de una vieja fotografía. Recorren medio país para tratar de llegar a otro, lo que nos dibuja la emigración, esa tragedia que se concreta en las cenizas de Adela, la pérdida, el símbolo del desarraigo como poética, como representación de una realidad que está ocurriendo fuera del mismo ámbito de la obra, que como lectores estamos sujetos a ella.

Niños heroicos, épicos, si se quiere, acosados por todos los peligros, pero también la bondad de otros niños que andan tras su fe, unos pentecostales que se arriman en varias ocasiones a sus afectos, quienes también son víctimas de su propia búsqueda, ese Dios que llevan en cada palabra, en cada oración, en cada pobre bocado llevado a la boca. Nuestros dos viajeros, con sendas mochilas donde van un violín, una guitarra, y en sus manos las cenizas, las mismas del recuerdo del piano que ella, Adela, ha tocado a veces acompañada de los dos niños con sus respectivos instrumentos. Desafinados como la misma historia que los simboliza, como el perfil de la anciana mujer que les dejó ese encargo.

El cuerpo textual nos lleva de viaje, nos conduce por caminos desconocidos, por paisajes cambiantes, por diferentes voces que reproducen el agobio de los niños, cuya inteligencia los salva de todos los escollos. Y, como dice Octavio Paz: “El camino también desaparece mientras lo pienso, mientras lo digo”. No obstante, a pesar de esta odisea llegan a su destino, pero quien los espera sólo teje una locura que lo conduce a la muerte.

 

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Pero también se puede afirmar que es una novela de la desmemoria infantil, porque “vivían un tiempo presente excluyente”. Valle usa diálogos donde expresa su espíritu poético. Personajes y narrador combinan esta vocación y se podría decir que se afirma una autobiografía ajena, si es que vale ese término. El narrador, el que recorre los distintos espacios con los personajes, tipifica un carácter: el niño que cada ser humano lleva en su interior, ese que siente que la libertad no es parte de los peligros o riesgos.

 

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¿Quién no se convierte en cenizas en medio del olvido? La muerte es un encargo, un mandado. La metaforización del polvo genésico viaja, como afirmamos antes, a un destino donde los niños se consiguen con la locura y la muerte, muerte provocada por esa demencia que se sostiene sobre el pasado de Amílcar con Adela. Pasado y presente, pero el futuro, borroso, conduce a los muchachos a retornar a sus propias realidades.

“Ha pasado mucho tiempo desde que nos fuimos, pero el tiempo no nos importa (...). Sólo los niños y los animales dominamos el tiempo”. Una muestra reflexiva de quienes, a esa edad, ya tienen conciencia del mundo.

Cruzar la frontera significó reflejar lo que actualmente ocurre en esas líneas divisorias. La corrupción para poder acceder, a través de trochas, a la dirección anotada en un arrugado papel. De allí que podamos leer: “El amor es una narrativa donde el azar aparece como un cometa y encandila a los personajes”, lo que también le ocurre al lector cuando la ausencia es un contenido permanente. Nuevamente: “Una familia es vivir con fantasmas”, y ellos llevan uno en un frasco que se ha derramado varias veces.

Un manicomio, un psiquiátrico, allí está Amílcar, quien suele tocar el piano como lo hacía su terrible madre. La escena de la masturbación en pleno concierto para los locos destaca un desafío que encuentra en los lectores una imagen de una doble realidad: la lucidez y la locura.

En este segmento, el narrador se pregunta: “¿Qué es la locura?” y desde ese instante teoriza acerca de lo que sus ojos, los ojos de los niños, los ojos del lector, tienen a su alcance: la locura somos todos.

 

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Adela termina en un río. Todo fluye, las cenizas flotan en una corriente que los lleva a un lugar desconocido. Amílcar no quiso recibirlas. Nos hacemos Heráclito, siempre presente, para afirmar que nunca nos bañamos en el mismo río. En ese caso, las cenizas de Adela viajan para ocultarse del tiempo y el misterio.

Alberto Hernández
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