Nota del editor
En este relato, la española Efi Cubero imagina a la escritora portuguesa Ofelia Queiroz en 1990, un año antes de su muerte, y a la visita de un hipotético joven que la busca para entrevistarla. Este cuento inspiró el título de Correspondencias, la antología de escritores de Extremadura y Colombia editada en 2025 por Antonio María Flores y Manuel Simón Viola.
Casi aspirada desde una de sus colinas, entrevista tan sólo, inabarcable, ausente como la mirada que la observa frente a esta perspectiva de una mañana cualquiera, la ciudad siempre ahí. Para algunos, encrucijada, y para otros, destino. Para mí siempre enigma en cada piedra que se desvanece cuando intento mirarla en su esplendor tan pagado de sí, efímero y fugaz como mis ojos que intentan recorrerla y alcanzan los fragmentos del presente que se volatiliza con dedos temblorosos como un dibujo hecho por las manos de un niño.
Después todo se borra. Ya no existe. Quedan arrugas en la frente tersa del día que comienza y uno sabe muy bien que todo es ilusorio.
Pero has de zambullirte en esta dispersión porque todo es presente y es pasado a la vez y, a veces, para que la inquietud no se dispare, bien atado con sogas el ariete. Mejor la displicencia en la templada soledad del aire, la inteligible voz clara y precisa, hermética en el fondo, en paz y guerra sólo contigo mismo y ocultar las heridas que la sal de vivir, alguna que otra vez, nos solivianta.
Sólo la niebla enfrente. Resguardado de las oscuridades doy la espalda al olvido y asciendo por pendientes melancólicas, “la boca seca, abstracta”, y el río adivinado bajo el cielo tan negro sobre la noche que hunde su infortunio aguardando la luz, flotando en los ambiguos ecos como otra forma de escuchar la vida. Esta ciudad sigue manteniendo el aire de un enigma. De una sombra. De un olvido.
Quise hacer una tesis sobre el misterio de su vida y de su obra y, para entenderlo mejor, antes que los años nos arrebataran testimonios fiables de quienes lo conocieron en vida, me acerqué a ella. A la única mujer que se sabe de cierto amó. Después de tantos años, la busqué. Y por fin pude hallarla. Todos los que fueron sus amigos habían muerto hacía muchos años: el barbero con el que dialogaba casi a diario, o su jefe, y valedor, que estuvo a su lado en momentos difíciles hasta su último aliento, y algunos excéntricos amigos que desaparecieron tragados por las bocas de sus propios infiernos interiores.
Ahora, después de un sueño reparador en el hotel donde me hospedo, voy a visitarla: ¿la amó realmente?... Hace ya tantos años de aquellos escarceos. He leído las cartas de ambos, las de ella dan una idea de cómo fue realmente esta burguesita que buscaba su puesto emancipado, todo lo libre que podían serlo en aquel tiempo mujeres de una clase, la suya, acomodada y sin estrecheces. Son cartas apasionadas, de las que jamás se rinden. Las cartas de él, en cambio, son más parcas, tan tiernamente esquivas que poca idea dan de una personalidad tan múltiple y compleja como lo fue la suya.
Frente al amplio balcón, resguardada por la cristalera, la mujer miró hacia abajo.
—Un momento, por favor, ahora mismo le abro.
Su voz sonó enérgica y segura, la voz de una persona bastante más joven que la dama cargada de años que me esperaba desde su acristalado mirador.
El cielo, tan gris como la calle, difuminaba los contornos. La gente iba y venía apresurada por aceras y bulevares llevando los paraguas abiertos bajo la lluvia fina que los iba calando, lenta y calladamente, como si no importara.
La corriente del río envuelve a esta ciudad de húmedos pasos, de silencios, un fresco vaho sube hasta las catenarias y destiñe el color oro antiguo de los viejos tranvías. Es una noble ciudad que permanece anclada en la memoria, quizá porque no aspira a seducirte. Por eso mismo termina siempre por prenderte en sus redes de ascensos y descensos, de vértigo y sosiego, pendientes y declives. Uno, sin querer, aprende a amarla.
—Hoy llueve ciudad, o es que en la ciudad llueve —me dice al recibirme—; siempre aparecen los grises matizados frente al ritual de las ventanas abiertas que hay que cerrar ahora porque penetra sutilmente el frío.
La urbe —me digo para mí sin responderle— es como un felino al acecho que mira hacia atrás tensada hacia adelante, yo me limito a sentir desde la piel cómo repiquetean las efímeras gotas sobre la cerrazón de los cristales.
—Hoy, como usted sabe, es un día especial —me dice con un guiño mientras le tiendo la mano, amigable y sonriente, expresándole mi gratitud con unas pocas palabras sin ensayo.
Tiene una expresión hogareña y apacible, de mujer acomodada o cómoda en su pequeño universo cotidiano, pero sus ojos delatan que en su interior hay turbulencias, o que las hubo tal vez en otro tiempo. Se percibe también una prudente cautela que disimula una sonrisa franca. En su tiempo, esa mirada suya tuvo que enamorar sin pretenderlo.
Una penumbra confortable rodea los objetos y las fotografías. Me acomodo mientras que, con letra menuda y excelente caligrafía, me escribe una dedicatoria amable en un libro de pocas páginas que ya tiene preparado de antemano sobre la mesa. En el papel que amarillea su letra resalta clara y limpia, pese al leve temblor de los dedos artríticos.
—Voy a regalárselo, con mi dedicatoria. Es de él, estoy segura de que usted lo conservará con cuidado, yo ya soy mayor y poco a poco me voy desprendiendo de las cosas que quiero; cuando muera entrarán en esta casa y arrojarán a la basura todo lo que amo, que sin duda no tiene ningún valor para nadie. ¿Qué le importarán al mundo los tesoros inmateriales de una anciana?
La observo mientras habla. Su experiencia se empapa de algún sueño o de alguna irrealidad. Sabe que detrás de cualquier ventana alguien mira y también es observado. Un mundo abstracto de dolor y magia donde entender la misma complejidad del mundo, ser partícipe de la propia extrañeza, crear una metáfora del fragmento de un plano que se extiende y se dobla hacia el infinito.
Hay colores en esta ciudad suya, de colinas y fugas, que abrigan las fachadas y el cielo gris no parece tan desnudo y tan frío. Son las tonalidades del barro vidriado de los hondos lebrillos de los pueblos de infancia. De las viejas tahonas o de las nuevas panaderías llega, reconocible y dulce, un aroma crujiente de anís y ajonjolí, de canela y manteca derretida. Hay un olor de mar en las plazas ruidosas donde se puede ver con ojos puros. Con los prístinos ojos del asombro.
Como adivinando mi pensamiento, me dice suavemente:
—Los niños y los poetas siempre saben cómo escribir sobre el aire y cómo dibujar la magia de los sueños; yo nunca supe hacerlo desde el interior, él pretendió enseñarme, acercarme a su mundo desdoblado, y no lo consiguió jamás. ¿Cómo entender los pliegues que lo formaban y conformaban si cada uno era tan distinto al otro? Y sin embargo todos se articulaban en torno a un mundo propio, el suyo, ya que no se trataba de un fingimiento intelectual, ni de un juego literario o de una simple trama. Yo salí, lo confieso, derrotada en el afán por comprenderlo. Ahora, después de tantos años, creo que lo empiezo a entender, aunque nunca del todo. Recuerdo que me hirió profundamente una de sus múltiples voces. Él tuvo que saber que yo no merecía aquella prepotencia, aquel desprecio de una de sus máscaras. En esa especie de locura contagiosa terminé escribiéndole, no a él, sino a aquel alter ego, o lo que fuera, que tan profundo dolor me causó y que además terminó por separarnos. Usted sabe sin duda a lo que me refiero. Ahora pienso que su personalidad, o su genialidad, eran poliédricas y duras como el diamante tallado que sin duda fue; claro que todos tenemos diversas facetas y puede que seamos muchos en uno solo, pero no sabremos nunca expresar, como él lo hizo, tan hondas y difíciles bifurcaciones.
Un gato ronronea cerca. Lo acaricia con mimo. De pronto ella siente el impulso de salir por primera vez en muchos meses.
—¿Usted querría acompañarme, joven? Así le enseñaría algunos de nuestros lugares preferidos, lo haremos caminando, si me canso ya nos detendremos en algún café.
Entiendo que no es un ruego sino un mandato y me limito a asentir.
La lluvia ya ha cesado pero la niebla comienza a ocultar los edificios y a borrar las colinas, pero este contratiempo no altera la decisión de la anciana que camina con dificultad colgada de mi brazo por la empinada acera. Al fondo la blanca iglesia señala el lugar hacia donde la mujer se dirige.
—Hay un jardín enfrente de esta Basílica, allí me citaba con él. Allí nos besamos por vez primera. Era un sueño furtivo, que nunca pudo hacerse realidad.
Hay en sus palabras una profunda tristeza contenida.
Admiré de paso y complacido la fachada de cuidado ornamento, la cúpula barroca, las torres que tantas veces ellos contemplarían, imaginé otra época que ahora nos parece tan lejana... ¿Qué pensaría él ahora de la cercana e incruenta revolución, de los infinitos cambios, de las vueltas y revueltas de esta imparable vida? ¿Qué sentirá por dentro en realidad la mujer que ahora me acompaña que ha tenido ocasión, en tantos años, de vivir para verlo?
La miro en su extrañeza de otro tiempo y me refugio en su contemplación mientras me sigue explicando con voz calmada.
—Cerca hay un lugar en el que crece una higuera donde niños alegres se encaraman. Frente a ella un viejo arco y un reloj que recuerda que el tiempo pasa camino de la eternidad. Si al final fuera así, tan bella y resistente como un verso con alma, no me importaría nada despertar de este sueño.
Frente a la Basílica, el parque solitario muestra sólo un esbozo de árboles y parterres como en una secuencia velada. Desde esa realidad brumosa e imprecisa sus ojos van acostumbrándose hasta hallar lo que busca, un asiento determinado que para ella no es un simple banco. Allí permanecemos algún tiempo. Ha callado y está absorta, con los ojos muy abiertos como aguardando algo.
Una pareja pasa junto a nosotros y nos dan las buenas tardes. Los jóvenes se alejan. Observamos cómo el brazo de él la atrae fuertemente protegiéndola del frío. Noviembre finaliza y la humedad se deja sentir sobre los huesos. Y también sobre el alma.
—Besos y promesas siguen alentando estos jardines —me dice de repente, con nostalgia.
Poco a poco la noche va adueñándose de todo mientras unas gotas menudas nos empapan lentamente el cabello.
—Nunca pude domarlos —me explica—, pero ahora que blanquean se tensan dócilmente sobre la nuca en un sencillo moño.
La mujer se deja llevar por un soliloquio íntimo sin mirarme, como si yo no existiera y conversara a solas con un interlocutor invisible.
Hay misterios que no conviene traspasar, además es imposible hacerlo, todo se halla a nuestro alrededor pero apenas percibimos su mensaje. Ya se desvelaron algunas de nuestras correspondencias secretas, aquella época inviolable para nosotros fue aireada y masticada. Persiguieron líneas entrecruzadas que se fundían en la ternura. Pocos desdoblamientos existían al principio, todo temblaba como un cristal sin filtros. Los encuentros, tan breves, los íntimos besos que escapaban de las incomprensiones, las osadas caricias en este mismo jardín.
Pocos supieron verlo, ni yo misma pude atisbar apenas algún resquicio de tanto como guardaba, además nuestra pasión era como lo son siempre las pasiones, un derroche de besos, de miradas y deseo, él era contenido en sus misivas que no lo reflejaban, y yo era más audaz, más osada y más libre. Todo lo llenábamos de una simple ternura.
Cuando lo conocí en aquella oficina, ambos nos sonreímos. Desde el principio sentí la quemazón de ese desasosiego que lo acompañó siempre, pese a aquella apariencia suya de un abúlico hastío. Lo miré en el silencio de la tarde pasar indiferente camino de sus versos, llevaba pajarita, traje negro, gabardina amarilla y ojos miopes, graves y huidizos que atravesaron mi interior de extrañeza...
De pronto se gira hacia mí.
—¿Lo ha visto en esas fotografías que tanto han publicado? Era así. Exactamente así. Así mismo. Bebedor solitario, displicente y cercano. Misterioso. “Ahí, más allá de esta cúpula, están los mejores ocasos y también las mejores auroras”, me decía en este mismo banco. Y: “Yo ya no tengo frío. Me he reunido con la noche antigua y calma. Y también con el paisaje cuando muere el día”.
—Sí. A veces una fotografía refleja el alma del desposeído, focaliza el dolor y la alegría, nos explica y explica de una forma directa o descriptiva. Otras veces jugando al mismo tiempo con la ambigüedad de la imagen propicia o necesaria. Existen fotos comprometidas más allá del silencio que la visión depara. La excrecencia simbólica de algo oculto, parapetado tras la imagen, que nos hace pensar. Esas fotografías, que todos hemos visto alguna vez reproducidas, no son vulgares, sin duda le hacen justicia.
Un día nos escapamos juntos a un pueblito costero muy cercano. Fue una mañana alegre. Ahora mismo quisiera estar allí, con el mar y su boca frente a la blanca soledad que nos silencia. Recuerdo los árboles florecidos con esas alas malvas que volaban como un suspiro arrebatado por el viento de no se sabe qué, por qué, hacia dónde, cubriéndonos de besos sin raíces. El aroma a la sal de las espumas. Éramos como náufragos ¡qué importante es naufragar y aferrarse y permanecer siempre ilesos y a flote! Siempre fui partidaria de los náufragos... Escriben sobre el agua, lo dejaron escrito, ya sabe... Perduran más que muchos que caminan sobre la tierra firme. Por esas calles de tranquila luz él fue feliz y yo lo fui, respiré el olor del mar mientras los pescadores volvían. Allí, yo era agua y arena, tan sólo contemplaba. Ni siquiera quería pensamientos, me bastaba mirar, amar. Allí olvidé lo múltiple de los desasosiegos.
Ahora, el mar no echa de menos; yo tampoco. Todo se me desploma bajo este silencio que traduce un deseo.
A los dos nos gustaba conversar con voces inaudibles. En mitad de la niebla, como ahora. Ya más tarde, cuando nos separamos, éramos dos espíritus sin destino. Siempre nos encontramos, y nos encontraremos, en tiempos paralelos, solitarios, sin puentes ni lugares de retorno.
Pasajeros de un tiempo que no existe, o tal vez sí, porque lo vislumbramos, hace ya tantos siglos o milenios...
—Lléveme a casa, joven, ya le he dicho lo que deseaba saber. Lo demás es mejor que lo investigue. Es tarde. Hace frío. Es ya tarde, sí.
Desde ese día treinta de noviembre, fecha sin duda clave para ella, nunca más volví a verla, murió un año después. Yo no escribí la tesis, atendí a otros asuntos y las notas se fueron olvidando entre papeles varios. Ahora he vuelto a la ciudad. Al mismo hotel. A la misma plaza.
Anoche me asomé a ver la luna, azul o roja, no lo sé, la velaban parcialmente las nubes; o quizá fueran mis ojos que adquirieron también frente a los cielos una furtiva luz de camuflaje.
Y caminé de nuevo, porque no hay que dejarse achicar por el frío. Uno debe abrigarse y salir a la calle y plantar cara y que el aliento suba junto a la multitud de los abrigos, frente a la charla cobijadora del café calentito. Hoy más que nunca hay que contarle al de al lado cómo estarán los castaños en flor cuando las aguas pasen cargadas con la luz de las sonrisas de los enamorados del asombro. Seguir sintiendo la viveza única de los que no se dejan matar todos los días por los que lo pretenden.
Me acerqué hacia la calle donde vivió, y miré hacia el balcón. Pienso que intentábamos comunicarnos porque la casa y yo sabíamos de interioridades e intemperies, de refugios hurtados a las ágoras públicas, y sin embargo hablábamos un idioma asequible que muchos comprendían. Es bueno a veces arañar el cielo. Sentí que esa amistad me traspasaba.
Porque yo siempre busqué por todas partes el espejo de una amistad, limpia, honda, generosa, sentida, a prueba de distancias y de cercanías.
A veces creí haberla encontrado, otras veces pienso que acaso pudo ser tan sólo unidireccional. En el fondo las dudas, no por la amistad, sino por uno mismo. Al final la encontré, en un fantasma —acaso porque se parece tanto a mí—, o quizá la hallé sólo en sus libros.
Ahora de nuevo la niebla enfrente. Resguardado de la oscuridad doy la espalda al olvido y asciendo por pendientes de saudades: “la boca seca, abstracta”, y el río adivinado bajo el cielo tan negro sobre la noche que hunde su infortunio aguardando la luz.
Hay una pasarela que me adentra en la niebla, ese tajo profundo que divide y que une. Pero el extraño no elige, sigue y sigue en la ruta, a veces sin querer, o deseándolo.
“Es mi manera de estar solo”, dijo.
Aún quedan rastros de luz en estas calles habitadas por sombras.
Pero tú, que ya has muerto, mides el tiempo desde la distancia...
Y el caso es que nadie me cree, pero yo juraría que lo vi allí y me senté a su lado en la terraza de un café de la zona alta, a la intemperie, mientras la niebla nos envolvía. Y que estreché su mano, tan fría como los callos que una vez le sirvieron, y susurré en mi idioma aquellos versos suyos: “Han encendido las luces, cae la noche, la vida se metamorfosea”. Y él, tan ausente, respondió:
“Hay que seguir viviendo, no importa cómo”.
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