
Dioses y monstruos. 29 años de LetraliaEste texto forma parte de la antología publicada por Letralia el 20 de mayo de 2025 en su 29º aniversario
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Laberinto
Si penetras las claves de cualquier laberinto
recuerda que te aguarda la salida.
Las alas que sucumben en descenso
abrasadas de sol y de utopía.
El ovillo, el espejo
por los itinerarios de las sombras:
la ebriedad de la sangre,
el olvido.
Aquel día miré desde el Pont Neuf al verdoso Sena. Sus aguas parecían recién pintadas por alguno de los impresionistas. Enfrente los castaños bajo un vivísimo azul, el oropel de sus estatuas y alegorías compitiendo con el magnánimo sol, iluminaban parques y bulevares, calles abiertas, terrazas, conversaciones y paseantes. La multitud deambulaba por París como si nada importara, como si una corriente de energía alegre y viva contagiara los rostros y actitudes. La luz borraba sombras. Los pasos y los ojos gozaban llana y sencillamente de la vida.
Al fondo, el Arco del Triunfo parisino recortaba como siempre su fotografiada silueta y L’Étoile lucía más dinámica que nunca a través de sus arterias tentaculares. Por los Campos Elíseos caminaba con despreocupada indolencia, aunque tenía muy claro el objetivo de hacia dónde debía encaminar mis pasos: entrar al Grand Palais y contemplar la instalación de Anish Kapoor.
La mañana no admitía claustrofobias. No obstante, la curiosidad artística pudo finalmente más que la libertad de los sentidos y penetré, no sin reticencias, en el entramado del Leviatán, con la misma desazón existencial que si transitara por las páginas de Hobbes.
Para alzar las entrañas de aquellas bandas soldadas de PVC del monstruo bíblico, y lograr la perfección del ensamblaje, Anish Kapoor necesitó, por lo menos, o casi, la destreza y la fuerza de los expertos canteros de la Roma imperial. Medio centenar de hombres formaron las membranas textiles que daban al montaje una apariencia palpitante y viscosa. No había allí ni agujeros ni desgarros, sólo el obsesivo rojo —el color que más emplea este artista— latente y casi amenazador en las entrañas de las cuatro grandes e inquietantes esferas que fueron infladas sin necesidad de pegamentos.
Ciento veinte metros de longitud por treinta y cinco de altura conformaban al Leviatán. Una obra a un tiempo potente y frágil como el artista acostumbra. La escultura se adueñaba del espacio creando una ilusión óptica como si lo absorbiera o engullera. Una semitransparencia abrazando al visitante que experimentaba la sensación envolvente de flotar sobre el líquido amniótico. Trampa sutil para el espectador que deseaba cuanto antes salir de esa trama, de esas redes espesas, de esas telas que respiraban, voraces igual que algunas flores hermosas y carnívoras. Yo pensaba, imaginativamente, que me hallaba en las entrañas del monstruo, en la ballena que se tragó a Jonás, o en el vientre de la que persiguió con saña el capitán Ahab creado por Melville. La placenta no resultaba en absoluto placentera.
Fronterizo entre culturas, influyente y reconocido, el artista buceaba como nadie en los símbolos del sincretismo característico de su país de origen, en lo sagrado de ese río que fluye entre orillas dispares como dos vertientes del conocimiento: lo positivo y bueno que construye y avanza, y por otro lado lo negativo, lo nefasto, lo cruel, lo regresivo y caótico.
La India milenaria con sus colores anaranjados, el bermellón que incendia los motivos, lo gris de la ceniza que es perecedera materia, el agua que purifica y salva y esa opacidad que planea sobre los restos o en las cuevas más oscuras de su eterno e impenetrable misterio. Ahí radica la subjetividad de lo confesional que advertimos en ciertos aspectos de su obra. A la vez, en paralelo, la cultura anglosajona le aporta perspectivas hacia el objetivo de la fría precisión con el resultado de una reflexiva e inteligente expresividad.
Inmerso en lo complejo de nuestro tiempo, Kapoor no duda en aprovechar para la consecución de sus monumentales obras las lecciones que Cézanne recomendó en 1904, lo de estudiar a fondo el cono, el cilindro y la esfera.
En diálogo con la tradición, geometría, ciencia e imaginación poética, junto a una cierta recelosa distancia, le permiten formar un ensamblaje poderoso bajo el cifrado código de la invisibilidad. Algo así como si en sus monumentales obras dejara impreso un alegato, una permanente reivindicación de que algo, o mucho, falla estrepitosamente en el ombligo del mundo. La sutil advertencia de un desastre anunciado en este Leviatán que acecha entre las sombras, posesivo y maléfico. Así, la babeliana Torre ArcelorMittal Orbit, el zigurat de 116 metros de altura que proyectó para los Juegos Olímpicos de Londres y algunas instalaciones anteriores formadas por explosivas cargas metafóricas. En muchas de las gigantescas obras de este artista hay mucho de un estudio de sí mismo. La experiencia se va formando por la repetición de hechos que la memoria guarda o almacena, en lo premonitorio de un desastre latente en esta humanidad que pierde poco a poco el humanismo. Todas las reflexiones que le permiten y proporcionan una carga importante de vivencias, o de autoconocimiento, para encadenar la producción de una serie de combinaciones mentales. Imágenes que posibilitan el simular los futuros acontecimientos de catástrofes intuidas que tal vez se escondan en el interior de la memoria colectiva.
Mirando aquella escultura recordé unas palabras que Bazaine dejó escritas: “Rechazar sistemáticamente el mundo externo es rechazarse a sí mismo: uno no se libera tan fácilmente de su propia carne. Es un modo de suicidarse”.
De pronto me di cuenta de que estaba atrapada, no había nadie, me faltaba el aire, me costaba respirar, una sombra poderosa de negativa energía flotaba sobre el símbolo opresor de un mundo atenazado por fuerzas ominosas; me sentí como Teseo en el dédalo del Minotauro, sólo que no tenía un ovillo a mano sino que el monstruo me ovillaba...
Desperté de pronto entre la muchedumbre como el náufrago que encuentra una poblada isla con rostros hostiles y desconocidos.
Tal vez soñara, pero el monstruo sonreía entre la gente. Y era humano.
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