
“Terra Nostra no está hecha para lectores... Cuando la escribí estaba absolutamente seguro de que nadie la iba a leer e incluso la hice con ese propósito... Me di el lujo de escribir un libro sin lectores”, dijo Carlos Fuentes, quien fue citado por Enrique Krauze. La revista Vuelta, de Octavio Paz, recoge esta declaración desmitificadora, que deja un sabor amargo en los comensales que han seguido la narrativa del escritor mexicano.
Volvemos a la vieja discusión del destino de la literatura. La muerte de la palabra escrita. La agonía del lector. La desaparición física del libro. El triunfo de la imagen exterior.
¿Nos lleva Fuentes, en sus declaraciones, a reconocer la existencia de una novela cadáver? ¿Es simplemente una actitud arrogante la del mexicano? ¿Es un juego, una parodia de sí mismo? ¿Descreimiento? ¿Bufonada?

Podríamos hacer uso de las palabras de Maurice Blanchot (El libro que vendrá) para sentirnos incómodos frente a lo que expresó Fuentes. “Es posible imaginarse —dice Blanchot— al último escritor con quien desaparecería, sin que nadie lo supiera, el pequeño misterio de la escritura. Para hacer un poco fantástica la situación, se puede imaginar que ese Rimbaud, aún más mítico que el verdadero, oye callar ante sí esa palabra que muere con él”. ¿O será que Fuentes cree que los lectores son incapaces de hundirse en las 783 páginas que escribió, por el hecho de que su novela es demasiado enjundiosa, densa o ininteligible?
El vértigo lógico asomado por Blanchot debe estar cerca del estómago intelectual de Fuentes, en quien reconocemos los méritos y la excelencia del narrador, pero que se hace el harakiri con sus propias palabras. ¿El libro que vendrá o el libro que se irá?
El ensayista francés, en El diálogo inconcluso, pernocta en el concepto del libro que muere por ausencia. Sin lectores, sin palabras: sin literatura. La ausencia del libro insinuada por este autor no desdice de la escritura —como Mallarmé—, pero verter el pesimismo en los propios escritores es cosa grande, McLuhan es otro toque. Sin otras imágenes, porque compartirlo no nos acerca a vocaciones, pero en Fuentes...
Que la oralidad no nos convierte en hombres de las cuevas. El libro es un monumento que nos hace variar, adquirir un rostro más humano. Su muerte es una vieja predicción. Esperemos que no se termine de cumplir, a menos que los novelistas y los poetas pregonen la defunción del tiempo.
Ese laberinto donde reposa el lenguaje es la gracia de la palabra escrita. La seducción debe comenzar con la propia esperanza de que la literatura siga siendo agua para disipar la angustia existencial.
Maracay, Venezuela, una noche de 1976.
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