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El señor Rulffo, de Fedosy Santaella

lunes 26 de octubre de 2026
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Fedosy Santaella
El doble como poética encuentra en esta novela de Fedosy Santaella otra forma de mirar su narrativa.

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Siempre llevamos nuestro doble al lado. Nos remeda, nos persigue, nos amenaza, nos mira a los ojos con el vacío de su interior. Somos, a la vez, el doble de ese doble que nos arrima a las sombras, como si éstas fuesen parte del misterio que no logramos descubrir.

Una poética del doble no desestima ninguna obra, sea literaria, plástica, musical o teatral, ésta última, sobre todo. Y esa poética simboliza la búsqueda de la eternidad, de la permanencia. Somos, en consecuencia, un reflejo, un remolino que emerge de la imaginación o de los sueños.

Una imagen fotográfica es la representación de un desdoblamiento. Adquiere vida cuando la miramos o nos miramos, entonces, aparece el Otro, ese que nos fulmina con su mirada desde el viejo papel donde la imagen sin moverse nos mueve.

Abro el libro, me abro en esta primera persona como lector y me tropiezo con el doble de Juan Rulfo, ese “señor Rulffo” cuyas dos efes nos avisan de la intención del autor, de un narrador que viaja con sus personajes, con los mismos que el autor de El llano en llamas y Pedro Páramo destinó a la soledad, al misterio y a la muerte. Desde el libro, desde las imágenes que nos entrega, encontramos a El señor Rulffo con su cámara fotográfica colgada del cuello, sobre su abdomen, como un arma que atrapa el perfil, el cuerpo y el alma de quienes por años lo acosaron en medio del silencio del autor mexicano.

Ahora, el venezolano radicado en México, Fedosy Santaella, vuelve a la carga, a esta sorpresa en la que él, su doble, es la conjunción del doble de esos que ambulaban por Comala en busca de “un tal Pedro Páramo”.

Santaella ha escrito, con la maestría que lo ha caracterizado, una novela mexicana, una novela donde la historia, desde su imaginario como lector, autor de historias y ánimas plásticas, nos lleva a descifrar el carácter, la vida real e irreal de un sujeto que se mueve por el paisaje que hemos leído en las obras de Juan Rulfo. Pero este Rulfo es Rulffo, su Otro, su otredad, su reflejo, el que emerge de un espejo mareante, suerte de torbellino que descubre los motivos de esta historia fascinante escrita por Santaella.

 

“El señor Rulffo”, de Fedosy Santaella
El señor Rulffo, de Fedosy Santaella (Dos Pájaros, 2026). Disponible mediante contacto con la editorial

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En veinticuatro capítulos, segmentos que destacan la aventura del señor Rulffo, de ese funcionario del Estado que busca a un enemigo, a un gringo secuestrador de niños, quien extrae los órganos de éstos para venderlos, el narrador lo expone a través del rostro y la fisonomía del personaje protagónico. Santaella juega, inventa, crea una atmósfera en homenaje al mexicano que sólo escribió dos obras de ficción. Santaella vuelve a Rulfo a través de su biografía, recreada, ficcionada, pero cercana al carácter silencioso y retraído del gran escritor azteca. El señor Rulffo es su propio yo. Es y no es, pero en este caso lo enfrenta y se enfrenta. Ese él que es y no es destaca la esencia de sus propios personajes, los que habitan en El llano en llamas y Pedro Páramo.

En sus páginas, Santaella toma en préstamo a personajes como Macario, Susana San Juan, el padre Rentería, un celaje de “El hombre fugitivo y Urquidi” y topografías que no sólo habitan las obras literarias de Rulfo sino en sus cientos de fotografías en blanco y negro; por esa razón esta novela está escrita entre sombras, brumas, en blanco y negro. Pero también en el azaroso mundo de las revueltas de aquel país que Juan Rulfo vivió y sufrió, aquel México donde sobraban los nombres de quienes lo destrozaban. El señor Rulffo, su otro, el real, y ahora su reflejo, tomaron notas y fotografías de ese mundo donde el silencio y las noches oscuras fueron el destino de una realidad mirada por ese Otro como “el enemigo”, el que secuestra la realidad y hace de Susana San Juan otro fantasma, otra imagen que al final ve como el usurpador, se disuelve frente al espejo, se hace polvo mientras el señor Rulffo es su propia soledad.

 

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En estas páginas habita la memoria de un niño de siete u ocho años, serio, circunspecto, que toma fotografías a procesiones, paisajes desérticos, cementerios, serranías, llanos, personajes, mientras en el presente se abre el camino que anuncia la llegada de una camioneta pick-up, un “paquidermo en la polvareda”, donde viajan el señor Rulffo y el indio Patricio Espíritu Santo, especie de guardaespaldas o guía, “sombra en las sombras”. En Xóchilt del Arenal inician la travesía.

Una voz casi anónima afirma que se trata de un gringo: “Serio... callado... lejano, dice el hombre delgado, como perdiéndose en una añoranza que duele”. Macario, que hace de policía, anda con este eco que varias veces describe al perseguido, un sujeto que ha secuestrado al niño Juan Leñero (un chico extraviado que tomaba fotografías), otro eco de la narrativa del original Rulfo. Macario resiente de ambos, de Rulffo y del indio. El fiscal de migración, el señor Rulffo, siempre guarda silencio, hasta que sus monólogos y diálogos lo descubren con una voz poética, profunda, airada, como para contradecir al original, al narrador que sólo dejó dos extraordinarios universos creados en medio del silencio y la adustez. No pasa de los treinta, es un hombre joven apegado a su oficio de observar, tomar notas y conversar con fantasmas y seres reales, donde destaca, para el gusto de él, la lucha campo-ciudad. En la novela del venezolano se manifiesta esta expresión y el calco exterior de los lugares por donde viaja ese yo desdoblado, que también podría ser el yo de nuestro autor, porque todo escritor de ficción se hace personaje desde él mismo. De allí que “la escritura también le ha servido. Es como los caminos... duele y cansa”, por eso “Sí, es difícil mantenerse humano, en uno mismo, encontrarse”.

La maldad del personaje Ignacio García lo hace decir: “En este país la vida es un soplo y la muerte un reino”. Caballos, perros, la cara de la muerte, esa significación muy acendrada en la cultura mexicana.

 

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El capítulo “Los rincones de las cantinas” se retrotrae al viejo cine mexicano. En ese ambiente se mueven las provocaciones, el temor, pero también la valentía. En la cantina con su Rolleiflex, con la cámara en las manos, escudriña en la oscuridad algo para fotografiar, dejar constancia de que alguien pasó por allí y dejó algún rastro.

“Se ha convertido en un vigilante de los silencios humeantes, de esas brechas que habitan en los rincones, entre paredes, en callejones, en las sombras, en los espejos”. Entonces, “sus ansias son un lenguaje”, teoriza una voz. Y cuando escribe busca o encuentra unas “palabras revelación”. De allí que el enemigo sea el afuera, el exterior (forjado fantasma o reflejo) donde habita “esa malignidad hecha carne”. Una ligera presencia, la del cantinero Faustino, armado, dialoga con Rulffo, quien busca al gringo mediante una imagen, una palabra, un indicio, “porque todo miedo, en el fondo, son ganas de vivir”, dice frente al hombre que limpia el mostrador. Señala, expresa: “hombres precarios de realidad”. Desde ese instante, se mira como irreal, solitario, serio, callado en sus adentros, desde la linfa de su búsqueda. Pero “ese gringo no es un gringo”, y el lector podría llegar a pensar que el señor Rulffo se busca a sí mismo, toda vez que los testigos lo descubren con sus mismas características. El doble se desdobla desde el lenguaje ajeno, desde la voz de quienes lo miran como un sujeto extraño, culpable.

Patricio, aparece y desaparece, pues es un muerto, como en los pasajes de Pedro Páramo. Desde su cercanía invisible Patricio le dice al señor Rulffo: “Usted me salvó la muerte”.

 

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Ahora está frente a Susana San Juan, el emblema de su amor. Piensa que el enemigo es la realidad, el tiempo, porque “la nitidez que les han borrado”, lo han convertido en sombras imaginadas, vertidas con la fuerza del misterio.

Cuerpos, dos cuerpos y los muertos de la familia a manos de la revolución. Dos cuerpos cercanos. Susana le pregunta: “Le tienes miedo a la muerte”, y él le responde: “No, le tengo miedo a las vidas que no viví”.

La imagen del pozo y el papalote. Mundo oscuro, mundo de luz.

—Sabes que no sueño.

—Sí, lo sé.

—Pero tengo los recuerdos.

Y entonces ella menciona a Comala, ese “rumor de vida”, donde se confunde la nada con el polvo. Y él mismo se dice: “Los espejos, esa herida, ese peligro”. El lector podrá sentirse frente al espejo y mirar su otro yo, sus cicatrices, su edad y sus miedos.

—¿Sigues escribiendo?

—Tengo anotaciones. Voy lento, no es fácil. Es casi un dolor físico.

(...)

—Sigue escribiendo. Por lo menos, sigue pensando que escribes.

 

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Pero, ¿quién es el enemigo?

El señor Rulffo se encuentra en una encrucijada. Santaella lo descubre, descubre su rostro en el espejo, el rostro del otro, el enemigo, ese que surge como un torbellino y trata de llevarse a Susana. La teoría del doble (doppelgänger), “ese motivo recurrente” que estudia la dualidad, el Otro frente al otro, la identidad como crisis, las sombras tantas avisadas por el mismo señor Rulffo y su otro, Juan Rulfo. El revoltillo psicológico o físico de quien pasa por esta experiencia de verse en el espejo y verse opaco, menos él y sí el otro. Ese fantasma que nos imita, nos burla, acosa y hasta puede llevarnos a las sombras, a la muerte. “El rostro del enemigo” no sólo se asoma, lo enfrenta, discute, dialoga. “Un hombre idéntico a él lo encaró”, esa “agua tensa” que es el temblor de muchas gentes de los diferentes pueblos que visita. “Pero no es la tierra la que tiembla... El espejo tiembla y susurra... El otro yo, tan seco como Susana”, la iba a llevar a las sombras. Ese otro yo: “Yo vengo del otro lado”, del vacío, de “esa casi muerte”. El señor Rulffo se enfrenta a quien lo trata de sustituir, ser él.

 

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El espejo, donde habita el enemigo. Una mano sale del espejo, de las brumas de ese liso universo. El señor Rulffo lo echa de la casa. Lo lanza lejos del pueblo de Mascota en unos matorrales.

Aparece de nuevo la propuesta del gringo. No es el de Ambrose Bierce. Es el gringo del señor Rulffo, su otro yo, el buscado por él mismo para eliminarlo, borrarlo. El indio Patricio —suerte de duende paramero— retorna, pero muerto, como le dice a su compañero de búsquedas.

“Pero ahora estás, así que la muerte no es excusa”.

Un grito de ebrios lo señala como el gringo. El enemigo lo emboscó. La imagen promueve a la muerte en el cuerpo de los borrachos. El motivo de ese yo ajeno que le pertenece fisonómicamente, fantasmagórico. Si hace lo correcto está anclado en el tiempo, la maldad, la muerte, tres temas que aparecen en la obra del Rulfo original. El remedo que sale del espejo es esa representación triple. El hombre humo, así califican al señor Rulffo, al otro, el que se esconde y se alista para apropiarse de los seres vivos, aunque estén muertos. Ignacio García lo persigue.

No deja de quejarse: “Todo duele aquí... Todo acá quisiera estar en otra parte... Todo aquí se parece tanto a lo que soy”, y pasa por “La cuesta de las comadres”, uno de los temas que trabajó el original, mucho antes de ser el señor Rulffo. En ese paisaje árido habita su alma.

Patricio Espírito Santo lo avala así: “Se me hace que el tiempo se fue para otro lado, patrón”, mientras gente armada, ese México de película y Carlos Fuentes, advierte de la huida del indio, del muerto que sigue viviendo como palabra.

 

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Otro plano del libro nos guía hacia los secuestradores. Esa realidad, esa verdad incuestionable de ese país donde la violencia no termina. El temblor del espejo, y más allá de esta lectura la pareja y dos niños a quienes pretenden extraerles los riñones para venderlos. La niña, una de las cautivas, dice: “Yo vengo de un vacío oscuro”, metáfora que fortalece el mismo vacío del señor Rulffo y lo vierte en la niña, mientras el eco del otro alberga la misma característica.

Los muertos gobiernan su mundo, lo que hace expresar al narrador: “A veces medita que no debió haber nacido”, una “fantasía macabra” no elaborada por su ánima: “No era él, sino el otro que no nació”. Patricio: “Estoy muerto”.

“Nosotros también, dice el tuerto, uno de los de a caballo”. Espectros, apariciones, pistoleros, matones. México y su espejo, el desenterrado, el que sigue siendo.

El señor Rulffo admite: “El gringo es una parte de mí que salió al mundo. Yo la llamé, yo la saqué”. Por eso, Ignacio García lo apunta: “Él es él. Yo soy yo”, confirma el señor Rulffo.

¿Quién es Justina, la que mira la noche? Otro espejismo de la obra de Rulfo. Ella, quien se entregó a la sombra de los espejos, fue absorbida por ese otro yo que pregunta.

Los niños, los que no son ellos, los que provocan que el señor Rulffo admita que no es el gringo. El espejo responde con un remolino. Los fantasmas infantiles matan a García, quien ya estaba muerto. Endriagos, monstruos, persistencia de una tradición de la cultura del terror. El señor Rulffo se deshace de esa imagen y escapa. Su otro yo lo espera al borde de un pozo, fumando. En este instante los demonios amplían su poder al precisar que el enemigo es la imagen del señor Rulffo. Y celebró haberse llevado a los niños “al otro lado”. Niños originales, niños imaginados, muertos. El gran negocio de la realidad: sus órganos.

“... un original puede matar a un doble, pero a un doble no le conviene matar a su original”.

 

9

El doble como poética encuentra en esta novela de Fedosy Santaella otra forma de mirar su narrativa. Aunque siempre estará el otro muy oculto, en esta se podrían desglosar títulos que abordan el tema, entre quienes se encuentran Saramago y su trabajo El hombre duplicado, Bioy Casares y La invención de Morel, Rayuela, de Cortázar, o el Borges que se afirma y se niega que es Borges desde la ceguera de su espejo. Entre otros autores.

Con ellos, o desde ellos, “el mundo se va a otra parte, y él ya no es más que una conciencia perdida que flota a la deriva en una inmensidad sin puntos cardinales ni horizontes”. Desde esta imagen poética el lector podrá descubrir que Susana San Juan hunde al señor Rulffo en un pozo, metáfora que una vez más atraviesa la sombra que envuelve a los personajes de Pedro Páramo.

 

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La voz del señor Rulffo le avisa al lector: “Esto lo estoy escribiendo”, pese a dormir al lado del impostor, del que tiene sus mismos rasgos, sus verdades. Entonces aparece otro fantasma, el real: “Vine a Comala porque me dijeron que aquí vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”, un personaje que no termina de ser leído, que sigue siendo el dueño de todos los espejos. Y como Comala no es un lugar para cobardes, el narrador invoca a Gamoneda: “La locura llama a la locura... el amor es ciego”, y Justina se le aproxima para expresarle que acaba de salir del espejo.

Rulfo o el señor Rulffo o su otro yo podrían, siempre el condicional, decir: “Yo ni siquiera soy una mentira... Estoy en la belleza. Escribir es también un vacío”. Declaración que contiene una teoría, el relato de una verdad dirigida a quienes han dicho que la poesía o la literatura salvan.

El espejo, la marea de su oleaje fantasmal. No deja de serlo, siempre será el motivo para ser parte de otro, de un yo ajeno, descarnado, volátil, literario, peligroso. Por eso, al hablar del reflejo expresa: “Él ahora es un resucitado, que vuelve más realmente muerto que vivo”. Los personajes de Santaella ambulan a través de los de Rulfo. Y el señor Rulffo es también Santaella, quien ha escrito esta novela desde la oscuridad, desde el interior silencioso del original Rulfo: “Cada vez eres menos un ser humano y más agujero”.

El señor Rulffo es un fumador empedernido. Sus Delicados prevén la bruma, la fundan desde su mirada quieta. Un ensayo, una crónica de su propia existencia.

En adelante, seguirá la escritura y lo hará como un fantasma, como él mismo lo ha sido. Ese fantasma de los espejos es el mal que “se odia a sí mismo, pero se mata en los otros”. La imagen convierte al lector en un efímero sujeto que siempre se ve en un espejo y se desconoce.

La puesta en escena final asoma a Susana, quien desprecia al sujeto invasor. El fotógrafo que fue y es Juan Rulfo es atravesado por la presencia del señor Rulffo: “Una foto de la foto de la foto”. Juntos, como en los viejos daguerrotipos. La foto interminable, infinita, eterna.

De esta manera el señor Rulffo, esa memoria adscrita a una realidad fascinante, se convierte en parte de un reclamo. Susana San Juan le dice: “Tú lo trajiste... Espero que ya no más, espero que por fin hayas encontrado el sentido”, por esa razón, especulo, Rulffo dejó sólo sus fantasmas en dos libros. En sus magníficas fotografías.

Unos niños en sepia salen a la realidad, son los verdaderos. El señor Rulffo sonríe: “Tiene años que no sonríe”. La locura es parte de Susana, quiere salir de ella.

El señor Rulffo enciende un Delicado y se queda mirando el seco paisaje de su vida.

 

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Una teoría de las sombras. La hipérbole de ese silencio que aturde, que se solapa mientras la escritura anuncia su presencia. Esta novela de Fedosy Santaella forma parte de nuestras propias oscuridades, de los tropiezos contra los espejos, contra nuestros propios cuerpos.

Somos parte de esa semblanza en la que se consumen sus personajes.

(Esta novela fue publicada este año por Dos Pájaros Ediciones en Montevideo, Uruguay, y presentada en la Feria Internacional de Libro de esa ciudad capital).

Alberto Hernández
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