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Se teje una trama, una imagen, una historia. Se cruzan los hilos y aparecen relatos, segmentos de secretos y precisiones públicas. La mano que forja el tejido calcula espacios, tiempos, personajes, yerros, crímenes, amores, tentaciones, enterramientos, fundaciones, quebrantos. Es decir, emerge del tejido el universo de una topografía, un mapa, un país que es un pueblo pequeño que se hace grande como reflejo de quien zurce y observa desde lejos lo que ha construido.
Y desde su mirador, acosado por la niebla del tiempo, el autor del tejido ha dejado un relato donde la ironía, el humor, la tragedia y la memoria cuantifican lo que habrá de ser en el lector la anécdota de un país que le ha tocado vivir, más allá de que otros ya lo hayan vivido sin darse cuenta y de no saber cómo fue construido.
Eduardo Casanova nos cuenta —instalado en el imaginario de un caserío— la Venezuela que es hoy desde el ayer. Una cronología donde la ficción promueve un correlato: somos un país borroso, armado con piezas defectuosas. Tanto, que las piezas humanas también vinieron con defectos de fábrica. El país humano sigue siendo la añoranza del paraíso de Colón. Y con esa imagen un tanto infantil, desechable y hasta cínica, la gente, su gente, ha vivido hasta llegar a los distintos episodios violentos por estar apegada a ese reflejo. A la conseja de ser un país encontrado bendecido por la riqueza.
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Más allá de la niebla es parte de Los caballos de la cólera, de La agonía del Macho Luna, de El solo de saxofón. Quien haya leído a Casanova se dará cuenta de que siempre relata desde la historia de su país, de sus personajes, desde la psicología de los que maniobran en sus líneas y se convierten en representaciones arquetípicas. Casanova no deja de ser ese país, el que se ha vivido en el pasado y el que se vive en este presente.
Eduardo Casanova empalma el pasado remoto con el pasado que día a día nos hace presente, aunque el futuro se torna neblinoso gracias a esos estadios temporales que dejamos atrás cuando consultamos el reloj. En esta nueva novela del autor caraqueño el personaje es también el tiempo perdido, el tiempo recuperado y vuelto a perder. Algo de Proust —en el manejo de esa aspiración temporal— nos ata a este relato. Mucho de la América atrasada, encendida por sus hechos y escrituras. Es la novela de la historia que no se mueve a pesar de que transcurre, porque pareciera que los antiguos comportamientos políticos siguen vigentes en nuestro esqueleto nacional.
Desde la llegada de Europa hasta el último de los tiranos, el país borroso no ha dejado de ser el patio de nuestras transgresiones. El patio festivo. El patio criminal. El patio de las componendas donde todo se celebra o conmemora. El patio patrio: una cacofonía. Eso ha sido este país alumbrado aún por el carburo de la “identidad” tan vapuleada por fabricantes de ilusiones. Y desde ese instante en que España pisó tierra insular, el continente se hizo incontinente, pero no por España sino por el bendito destino manifiesto de nuestro comportamiento ciudadano. El mestizaje, tan celebrado, a veces se torna nuestro más cercano enemigo, por aquello de no haber entendido que somos iguales con colores distintos. El resentimiento acude muchas veces para librar afrentas imaginarias.
Más allá de la niebla es una novela que nos revisa, escudriña nuestros vicios, nuestra falsa majestad, pero también la inocencia que perdura en la mirada que intenta penetrar esa niebla y ponerla al servicio de un paisaje distinto.
Circular en su ensamblaje nos dibuja. Seguimos siendo un mapa inconcluso, cubierto por una falsa niebla tropical. Seguimos siendo parte de una retórica permisiva. Seguimos siendo un país conquistable. Un país ajeno.
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