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Los futuros náufragos

lunes 18 de marzo de 2019
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“Los futuros náufragos”, de Yéiber Román

1

La realidad abunda en los ojos, en el olfato, en los oídos. Su capacidad sinestésica aturde, revierte nuestra identidad, la oculta, la borra, la disfraza, la hace aparente frente a los sentidos embutidos del gendarme, del uniformado que dispara los perdigones o lanza la bomba lacrimógena que da en medio del pecho de un joven. Su muerte es un recuerdo entre las tantas que ya forman parte de un largo obituario.

La poesía entra en la realidad y la convence. La trae a su parcela, a su calle verbal. La poesía se hace apóstrofe, ex profeso panfleto, lugar de origen del dolor. La poesía se hace poesía desde la muerte, desde la locura procurada por la violencia del poder. La poesía emprende la lucha política. La poesía es política, es citadina, polis, ciudad, río Guaire, avenidas, bacterias, distopías, carreras, caídas, tropiezos, heridas, ahogos, maldiciones, lágrimas, saliva, sangre, linfa, hemorragias, gritos. La poesía es la realidad. La poesía desmerece de la ficción en estas tantas veces en que la agresión de un poder no logra vencer la respiración de quienes lo enfrentan.

La poesía anula a la dictadura. La resquebraja. Los muñecos de barro de los palacios de gobierno se rompen lentamente. La gente que cruza la línea para enfrentar el miedo muere rápidamente, pero no fenece, sigue, continúa siendo calle, grito, sangre, sudor, lágrimas, poemas, canto, silencio, mucho silencio asomado a una ventana.

Desde esa realidad, la única que se puede respirar, Yéiber Román escribió Los futuros náufragos, editado por la Fundación La Poeteca, en Caracas, en noviembre de 2018.

El título recoge el tiempo de quienes habrán de cruzar el mar, un río, un puente, una frontera, un océano, la muerte. Pero el futuro ya es el presente. El futuro, como el pasado, no existe: es el ahora de un naufragio en el que las palabras forman parte del ahogo en esta inmersión de la que pocos saldrán ilesos, aunque ya todo el país, toda la realidad, ha sido comprometida criminalmente.

 

2

En éstas, como en otras páginas, la poesía se la juega. Corre el riesgo de ser un manto más, de ser un signo equívoco. La poesía se abre para decir, se desnuda y relata, ensaya, recuenta, inventaria, deja la marca de un instante y la cicatriz de ese futuro que tendrá que contar lo que sigue pasando, lo que dejará de pasar en el alma y cuerpos de los que en el porvenir emergerán del naufragio. Se salvarán del ahogo.

La poesía de este libro es un largo poema cuya sintaxis se encuentra en las pulsaciones del corazón y en las pulsiones del espíritu. Cada verso, cada poema transgrede el sueño, lo disloca. Quien lea este libro será parte de la calle, del impacto de una bomba contra su frente, contra su cabeza dilatada por el sol o la lluvia. Quien lea este libro seguirá siendo el mismo pero con el rostro de los caídos, de los que no callan, de los que entrompan la realidad cotidiana.

Desde la locura que significa vivir en un permanente estado de vigilia, sobresalto y temor, la poesía se atraviesa como una piedra:

Galimatías

Vivo en un palimpsesto inconcluso.
Un gran poema debería ser mi morada.
No hubo mano escritora.

Tanto golpes me dejaron en coma.
Me habita una pesadilla.
No sé cómo despertar.

Los niños ya no sueñan con ser astronautas.
Han olvidado cómo se pide un deseo.
Ahora juegan a ser los mejores pordioseros;
Grandes exploradores de basura.

“El tiempo hará limpieza”, dicen,
como si esto fuese un purgatorio.
Aquí nadie ruega por mí.
Ignoro por qué soy parte de la purga.
No percibo purificación alguna.
Desconozco mis pecados.

Vivo en un galimatías.
No estoy hecho para estos tiempos.
Soy indigno de vivir en un libro de historia;
No en uno de psiquiatría.

He hecho de la resistencia una religión.
Tal vez estoy muerto
y no me he dado cuenta.

 

3

La miseria, el asco, el dolor, los versos como oraciones sin pausa, en la extremidad de la desolación. La miseria, el personaje más lujoso del poder.

La puesta en escena del crimen. El espectáculo del populismo y la demagogia. La poesía registra cada rincón. La simbología no basta: una sintaxis complementa el grito, el rugido de quien desde su estirpe busca el final de esta partida en la que sólo salen ganando los que portan uniforme y deciden por el tiempo ajeno.

El nuevo teatro

El asfalto se convirtió en la tarima de un teatro.
Sobre ella hay personajes recurrentes
como los títeres asesinos.
El resto del elenco sí cambia,
tanto en número como en personajes.
Algunos salen de escena porque se cansan;
Otros porque les da miedo actuar.
A los que quedan los matan.

En este teatro abundan los espectadores.
Acuden de todas partes del planeta.
Al término de la obra sólo hay labios adheridos.
Ni una crítica.
Tanta sangre de actores esparcida.
Ni siquiera una “humilde opinión”.
Nada de nada.

La función debe continuar.

El futuro guarda sorpresas. La poesía también.

Alberto Hernández
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