
1
La sombra persigue al caminante, lo asedia, lo busca en medio de un poema. La sombra, compañera del que vive acosado por la luz, toma distancia de él mismo y se convierte en forma visible, en palabra no pronunciada, en afán silencioso. La poesía siempre ha sido parte de esa sombra asediada por el poeta. O el poeta quien la asedia, la acosa para saber de sus secretos. De la sombra emergen la iluminación y la oscuridad. Se corporiza, tiembla, se mueve, vibra, aturde y obliga a detenerse para que ella disipe su porfía.
Hay sombras agrestes, dulces, ásperas, invisibles, tanto que se transforman en la persona que las crea desde su humanidad, desde su anatomía y desde un objeto que nos habla para decir que la sombra es parte de ella o ella misma es la sombra. El poeta se sabe esa sombra, pero también la luz que crea con sus versos. Y por la sombra, por ese oscuro simulacro de la realidad, viajan el eco del tiempo y las voces extraviadas de los ausentes. Quien habla de la sombra habla de su relámpago interior. Ella, la sombra, destaca como un viaje, anda con su dueño. Ninguna sombra es gratuita, se debe al sonido que la menciona, que la dice, que la moldea con la pupila, pero es más honda su presencia cuando se escribe el poema que habrá de mantenerla viva, flexible, arrogante, servil, pero también inocente. No hay sombras culpables, a menos que el poeta lo diga o la transforme en una fórmula legible, corporizada en el verbo conjugado, en la boca que redondea su pronunciación. Decir sombra es decir puesta en escena. Su proyección sobre el piso es muestra de que quien vive es respirado por ella, por esa reina del ensueño.
Argemiro Menco Mendoza, quien penetra en la sombra y la descubre, quien la toma y la aleja de su mirada, la transfigura: la vierte sonido, conflagración, intento cierto, toda vez que ella, esa tentación de la luz, ese arrojo del sol o de una lámpara, están presentes en este libro publicado por Común Presencia Editores en su colección Los Conjurados (Bogotá, Colombia, 2007).
Muchas son las sombras convocadas. Muchas persiguen lo que anhelan: se hacen y deshacen en la medida en que ellas mismas se precipitan para acosar la luz. Somos sombra con cuerpo habitado por sombras y luces, pero es más la sombra que las luces: la sombra asediante persistente hasta que la luz, el brote del fuego, deja de ser. Sólo quedan nuestras cenizas, mientras la sombra persigue a otros que ambulan entre ellas, mientras los objetos se acumulan en la oscuridad.
La sombra es una esencia en el poema. De ella se desprenden otros temas, otros perfiles verbales que hacen posible la armadura de quien es acosado por ella, por ese fantasma que emerge de uno mismo. Somos dueños de nuestra sombra, pero en otras ocasiones ella asedia al vecino que nos acompaña. O nos abandona.

2
Armando Rojas Guardia, en su poema “Páramo”, desliza este verso: “Mi cuerpo al fin pulpa de sí mismo”, que podría significar que el cuerpo es responsable de su propia esencia, de la sombra que produce su estado, su postura, sus pasos, su parálisis mientras el sol o el artificio lumínico encara la anatomía de quien se sabe asediado por la memoria, por su genealogía, esa sombra lejana que es la muerte, el barro del insomnio, la densidad onírica. Desde el libro de Argemiro Menco Mendoza sobresale esta revelación: “Soy ademán de la poesía”, es decir, una sombra personal, porque esta poesía se abre a lo sombrío para decirlo, nombrarlo. Así, continúa con una pregunta: “¿Tienen espíritu gris / las palabras en su prisma / mis abuelos poéticos y la arcilla de mis sueños?”.
Hay sombras que iluminan, aquí está el sentido de este asedio.
3
El tiempo está compuesto de sombras y palabras. Este conjunto conforma el poema. Desde la sacralidad, desde la hondura de la fe, esta estancia: “San Alejandro guardó en su cuarto unas alforjas / de palabras antiguas y un caballo montado en el lomo de una sombra metafísica”. Vital fue el intento del santo, pero... “El apetito de las polillas barrió hasta con las escobas del padre santo”.
Es decir, la borradura, lo que desaparece, como ocurre con el paisaje brumoso, las palabras, los animales o los objetos. La sombra hace su trabajo, asedia, conmueve: un surrealismo termina en estos versos: “El hombre muge, el agua trina, los toros ladran”, este desplazamiento significativo ambula entre la sombra de la conciencia. Un eclipse intempestivo, radicado en esta visión: “Frente a una cama del universo, en posición erecta, / se excitan los asombros”, las sombras comulgan con esta última palabra del texto de Argemiro Menco Mendoza.
4
El sol, el fuego, un sendero para los pasos de quien lleva la bruma a cuestas, el peso de la luz que se vuelve gris, densa: la mirada cubierta, la pupila experta en dilataciones, y un sujeto, un personaje, un fantasma, una criatura en “El camino (que) se come los zapatos de tu sombra”, la misma que “Al amanecer, / el artista viste de colores”.
Personificada en una mujer, en una deidad, lo tangible, lo que los sentidos admiten como cierto: “En realidad / la dama realidad”, la que lleva al poeta a expresar: “Tú me cifras / y descifras mis suspensos”.
Y en busca de venganza: “Te maté, dulce sombra / para que vivas sola / y sólo en mi memoria”, de esta manera se libra quien la ha llevado a su lado, asediándolo. Hasta los gatos aparecen y desaparecen en medio del resol, esa “ternura felina” que febricita sobre un tejado bajo la luna. Y entonces, los “sabores bíblicos”, libro donde la luz lucha contra la sombra en un decir donde priva algo de humor:
“La melosa y salerosa mujer de Lot / refugió su pecado de ojos ávidos / en una estatua de sal”, y más adelante como una sentencia: “Estamos en la cueva más oscura”.
5
Y de nuevo, un registro surrealista, donde “las sombras ambulan en la pureza del alba”: “Bombillos que ladran encendidos: / tinieblas que se espantan en el túnel del aire”.
Este libro se recorre entre la sombría prudencia de quien habla. De quien se niega a no estar bajo el sol. O de quien siendo forma, humanidad, cuerpo, se evapora: “No tengo sombra (...). La vaina de la noche se traga el filo de la oscuridad, su oscuro miedo”.
Tantea en la densidad del aire y halla lo que no buscaba. Una definición de serendipia, un diccionario de palabras armadas, listas para defenderse de ese túnel sin fin.
No deja de aparecer la muerte. No deja de ser esa sombra, ese sueño que parece una revelación festiva, mientras la épica griega pone en escena los nombres de Andrómaca y Héctor. El pasado no es luz, pero sí un eco.
La figura del padre, del hombre que ya no está, del que viaja entre relámpagos y nubes, donde está “Dios con su amado pescador de luceros”, por eso el poeta encumbra las palabras, la luz pura, ardiente: “El fuego clarifica / mi padre como el río / —mi padre era Luis Menco Cortez— el río sabe soñar con mis padres, / yo fluyendo como ellos”: el viaje hacia ese más allá donde la luz no le concede puerta a la sombra.
El asedio es la convicción de un algo que se mueve entre las sombras. Y la poesía lo sabe.
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