
La poesía es un arte y no un pasatiempo.
Pound.
Con los poetas con quienes viví la ciudad deambulábamos por bares, la propia universidad, encuentros furtivos que el día nos ofrecía ocasionalmente; nadie andaba en plan de poesía, los poemas surgían en la soledad de los espacios privados y momentos preferidos. Formábamos una suerte de cofradía sin proponérnoslo. El azar nos reunía y las horas ociosas, tan necesarias para el arte, formaban parte de nuestra existencia diaria. Las anécdotas construían vida, formaban parte de la virtud de estos encuentros especiales. La poesía tiene una respiración inequívoca, un escenario que se autoimprovisa. A veces bastaba con escuchar, seguir el eco de las palabras. Poesía y vida terminan siendo una misma aventura.
No obstante, en contraste a este proceder, tengo muy presente que Nicanor Parra era una máquina poética sin respirar. Sus armas eran un cuaderno común y corriente y un bolígrafo, un lápiz bic. Y comenzaba su puesta en escena, letra grande, entre infantil y desordenada, sus rayones, tachaba sin contemplación lo que no le parecía valioso o un acierto en lo que buscaba. Nunca vi a alguien tan confrontacional con la página en blanco, no le daba tregua, su método era compartir su búsqueda con quien fuera testigo de su ejercicio respiratorio hasta la asfixia, si fuera necesario. Había una sombra, en este incesante viaje parriano de exprimir la palabra, despojarla de toda adjetivación, deshuesarla de cualquier artificio, y ese fantasma era Neruda. Una obsesión que espera ser trasladada a un libro para entender en toda su importancia el impacto de la antipoesía y develar esta pugna tras las bambalinas de la poesía chilena.
El otro método quizás, de los bohemios, era vivir el carpe diem, leer, acumular atmósferas y reunirse a solas con la página en blanco. Esto no quiere decir que Parra no disfrutara su propio carpe diem y no trabajara en su casa con una férrea disciplina de físico y matemático.
Neruda, contado por él en entrevistas y por quienes le conocieron, trabajaba como un verdadero oficinista en cuanto a horarios, en cuadernos, en sus diferentes casas, en especial Isla Negra, durante sus largos viajes en barco, aunque acuñó la célebre frase: “De tanto amar, nacen los libros”. Los poetas son más metódicos de lo que parecen, aun aquellos bohemios, trabajan y trabajan cada verso y poema. Gonzalo Millán hacía hasta nueve versiones de un mismo poema, como un joyero. Una vez vi a Lihn, pasado el atardecer en su casa, retirarse a un cuarto que tenía en el fondo del patio para continuar con el vicio de la poesía. En un poema dedicado a Rimbaud, Lihn se enfrenta a sus propios fantasmas como poeta: “Él botó esta basura, yo le envidio su no a este ejercicio”. Rimbaud se fue a África y se olvidó de la poesía. Ya había hecho su trabajo a los diecinueve años, un genio. En cambio, Lihn aceptó su condena de escribir, seguir escribiendo poesía y cuanto llegara a su imaginación. Afortunadamente, para la poesía. Gonzalo Rojas escribe al ritmo de su respiración, así se le da, ha dicho en diversas ocasiones. Rolando Cárdenas participaba de todas nuestras tertulias. Tenía una mirada lluviosa, venía del sur de Chile y su poesía era cotidiana, profundamente austral, y él de una extraordinaria sencillez y humanidad. Muy amigo de Jorge Teillier, poeta de la Araucanía, nostalgia del lar, del paraíso perdido. Jorge también reescribía sus poemas aunque parecieran construidos desde la espontaneidad.
Fue un período fértil para la poesía, en la provincia señalada de la región antártica famosa. Los poetas respiraban a sus anchas y pienso que el notable prestigio universal de Neruda era el paraguas protector de los poetas chilenos y para la propia poesía. Una cierta dignidad que hoy brilla por su ausencia en el mundo digital. Y sus alrededores. Se editaban importantes revistas de una alta calidad: Tebaida (norte), Arúspice (centro sur) y Trilce (sur). Grupos de entusiastas poetas jóvenes, de una gran calidad, publicaban, daban recitales y continuidad al arte de la poesía. Había más que una camaradería oficial. Cuando se fundó la editora Quimantú (Sol del Saber), en febrero del 71, se desató una verdadera explosión de las actividades culturales y una revolución del libro. La poesía, siempre en la mesa del pellejo, disfrutó de esas mieles y buenos tiempos. Fue una época dorada para la poesía con la culminación del Nobel para Neruda y ya Chile se conocía como un país de poetas. La Mistral, en 1945, había abierto el camino. Huidobro, De Rokha, Díaz Casanueva, Rosamel del Valle, Arteche, Alberto Rubio, Anguita, Uribe, Barquero, Óscar Hahn, Waldo Rojas, Omar Lara, Oliver Welden, Manuel Silva Acevedo, Floridor Pérez, Zurita, José Ángel Cuevas, Hernán Miranda y muchos más figuran en el mapa de la rica poesía chilena, que en varias ocasiones los he mencionado. Algunos de ellos teorizaron sobre el quehacer de la poesía, Huidobro, Teillier, el mismo Parra, De Rokha también tenía su propia teoría. Algunos hablaron desde la tribuna, otros desde la marginalidad, pero se hicieron sentir y dejaron sus huellas. Araron a lo largo de toda la geografía chilena. Con ellos también están presentes sus lecturas, las cuales no podemos ignorar, porque la poesía no es un paisaje aislado de la literatura. El poema no es huérfano. El árbol genealógico de la poesía es vasto y milenario, mucho antes de la escritura, la oralidad. La poesía es una especie de infancia de todos los géneros literarios. El siglo XX fue el siglo de oro de la poesía chilena y no se trata de una frase. Heredera de la épica de La Araucana, continuó batallando de norte a sur en su más alta expresión, diversidad, complejidad, originalidad, y aun en el Gran Apagón Cultural, en tiempos de dictadura, mantuvo una nueva vitalidad dentro y fuera de Chile. La capital, Santiago, un valle rodeado por la imponente Cordillera de los Andes, ha dado también grandes poetas, con otra mirada, desde Vicente Huidobro en adelante.
La tradición siempre es la tradición y la poesía tiene sus propios caminos, no nace de la nada. Borges tenía clara su película y aunque algunos no lo crean, iba al cine, porque su curiosidad era infinita. Un lector inagotable y pienso que consideraba que era su mejor carta de presentación. Los poetas hablan desde la aventura de las palabras; a veces es mejor leerlos que escucharlos.
Estos poemas, arbitrio de las palabras, son producto de estos tiempos de diáspora, volátiles como el espejo de Alicia.
La palabra adquiere
La palabra
adquiere fuerza
y sentido
cuando es justa,
verdadera, única
y comprometida,
sorprendente.
Ignorar a un poeta
Ignorar a un poeta,
apostar por su olvido,
puede ser un truco maestro
de estos tiempos banales,
perversos, diría sin riesgo
de equivocarme y lo dejaría
por escrito, como si certificara
el derecho a la poesía,
a la vida.
¿Qué sabe el poema del poema?
¿Qué sabe el poema del poema?,
balbuceo, nacimiento de la palabra,
descubrimiento y reencuentro,
un mismo poema siempre.
Ser y saber, palabras son únicas,
tan nuevas como viejas conocidas
agitan el tablero de la poesía.
El inicio es sólo especulación,
ensayo, error, búsqueda, descubrimiento
de su forma y contenido en una unidad.
¿Qué sabe el poema que desconoce el poeta?
La palabra tiene la última palabra,
el poema y el poeta lo saben y suscriben.
El silencio
El silencio,
aparentemente,
no ocupa espacio,
pero está presente,
se escucha, se siente.
Tus huellas dejas
Hermosa,
tus huellas dejas,
al partir vas,
en cuerpo y alma.
Vuelas, sólo vuelas.
Toda belleza
Toda belleza
es susceptible
de derrumbarse,
a no ser que sea
de mármol.
Bestia dorada
Bestia dorada,
animal perverso,
magnífico, adorable,
ejemplar único,
monstruo idolatrado,
eres irrepetible,
te representas fielmente
como la pesadilla más extraordinaria
de nuestro y cualquier tiempo
frente a los ciegos espejos
de la historia, y aun así,
no pierdes la esencia,
frescura en el mercado
de las ilusiones,
el don inobjetable
de tu infinita, hermosa
egolatría.
La poesía es graciosa
La poesía
es graciosa,
divertida, diría,
a veces
ni me saluda,
indiferente,
despreocupada,
sabia, me obliga
a descubrirla
a través
de la palabra.
Trópico
Te has quedado solo
con tu bastón
bajo un portal
que te protege
de la intensa lluvia
que no te deja ver la calle
a unos cuantos metros.
Vagas luces de automóviles,
destellos intermitentes
convierten el mediodía
en un confuso paisaje
que sólo puedes contemplar,
inmóvil.
No te tientes
No te tientes,
la página
en blanco
sabe guardar
sus secretos
para el lector
que no se queda
con el reflejo
de las palabras.
Lázaro, discreto, servicial
Lázaro,
discreto, servicial,
regularmente cae
al suelo,
es culpa mía.
Nunca he probado
con decirle:
Lázaro, levántate,
porque sin mayor
aspaviento lo hago
cuando lo olvido
y él, sabiamente,
siempre dispuesto,
responde erguido.
Un bastón siempre
es humilde,
silencioso, y te va
a tender una mano
para salir del paso.
Se quedó solo
Se quedó solo
el poeta,
solo con su poesía
y unas cuantas
palabras
por conocer.
Cuando no eres
Cuando no eres
asunto de nadie,
sigue remando,
tú eres el río.
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