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La poesía, un paréntesis al silencio de las palabras
y otros poemas

jueves 5 de marzo de 2026
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Pablo Neruda y Nicanor Para
“Hay dos maneras de refutar a Neruda: una es no leyéndolo, la otra es leyéndolo de mala fe”, dijo Nicanor Parra ante dos mil personas en su célebre discurso en la Universidad de Chile. “Yo he practicado ambas, pero ninguna me dio resultado”.
A los que se atreven a escribir

Tiempo de nacimiento, memoria, la palabra que viaja, se transforma, crea atmósferas, y da cuenta de cuanto ve, selecciona, asocia y, sobre todo, vive, respira y funda. Digo, a mi manera de ver, cuánta suerte hemos tenido los chilenos de tener, conocer, leer, especialmente, tantos extraordinarios poetas a lo largo del siglo XX y este primer cuarto de siglo que se niega a declinar en medio del caos, la estupidez y la digitalización perversa de la vida común y corriente. No todo está perdido en nuestro paraíso, el único con que contamos, y la poesía es algo más que parte del paisaje, por así decirlo, hace la diferencia en todas las artes humanas. Esto tiene o no poesía, así de rotunda es la palabra y en el ser se instala o desinstala el poema. No busques, amigo lector, en una esquina vacía, a donde no llegan ni hacen verano las palabras. Seguiré admirando a los perdedores con talento, a los convidados de piedra, a los que olvidaron a pesar de sus méritos, postergaron y a regañadientes aceptaron. A los desaparecidos, qué horror es el olvido. A los que nunca dejaron de escribir. A los que presiento que están aquí y ahora, sin importar los años, las épocas, las distancias en cualquier dirección y estado de cosas. Nuevamente nos encontramos caminando hacia el abismo, ignorando las palabras que apuestan por la vida. La poesía es luz en el túnel de la historia, no lo olvidemos.

 

Más allá de las palabras, la palabra

La palabra escrita, el poema, va más allá de las palabras en estado puro, tiene que ver con quién la escribe, en qué contexto, quién o quiénes son los destinatarios, y cuánto permanece en el tiempo, fresca, limpia, fluida, sólida en su mensaje, contenido único e intransferible a las lecturas pasajeras, sesgadas y oportunistas.

No estoy consultando libros, publicaciones, sino mi propio oráculo, estrujando vivencias y memoria. Siempre existirá la arbitrariedad, algún sesgo del inconsciente, el gusto, porque no se trata de organizar un insectario a partir de la asombrosa mantis religiosa, que entre sus características ve imágenes en tercera dimensión. Tampoco podemos conocerlo todo y cuadrar el círculo. La poesía es un enigma, a pesar de quienes escriben con tanta claridad, objetividad, realismo, como si fuera un calco de la naturaleza humana y del paisaje.

Cada poeta tiene su propia dimensión, profundidad, vigencia, historia, trascendencia, época, público; en última instancia, peculiaridad. Me viene a la memoria la comparación que hizo, en la época de la editorial Quimantú, el crítico chileno y profesor Jaime Concha, comparando a los poetas con la geografía chilena.

Siempre me ha impactado, desde niño, la naturaleza, y Chile es una loca geografía, como documentó Benjamín Subercaseaux. A pesar de que Santiago es más bien árido, seco, cuenta con un río que le atraviesa impávido, oscuro, terroso, una gigantesca montaña nevada que lo preside y un valle lleno de almas en vilo que resisten a la rutina del presente y crean su propio futuro. Santiago capital de qué, cuestionó en su momento el poeta Gonzalo Rojas, en su derecho, chillanejo, estudioso, viajado, uno de los casi inclasificables en el buen sentido de la palabra. Los hay más, sí, y que los hay. Poetas de provincia, especialmente del sur, no provincianos de la poesía, del norte, en el extremo en que nace Chile viniendo del Perú y Bolivia, así como los poetas capitalinos, urbanos, quizás para algunos y aquellos de uno y otro lado, del centro y más, los que viajaron, expatriados, exiliados. La poesía tiene mucho que ver con las lecturas; si no, veamos a Borges.

 

El Chile bautismal

Jaime Concha ejemplifica su metáfora con la cordillera de los Andes para señalar la dimensión de los poetas chilenos en el siglo XX, a quienes clasifica como grandes cumbres, volcanes, lagos, ensenadas, ríos e hilillos de agua cristalina. La poesía chilena tiene un fuerte vínculo con la peculiar geografía chilensis. Mistral, Neruda, De Rokha, Parra, Barquero, Teillier, Juvencio Valle, la Violeta, Cárdenas, Alcalde, Floridor Pérez, Zurita, y probablemente se me escape más de alguno. Hay una suerte de influencia telúrica en los poetas mencionados, sin demeritar a otros que conforman la notable poesía chilena, en el país de la Capitanía General del Reino de Chile, cuyo poeta fundador es el español Alonso de Ercilla y Zúñiga, autor de esa gran épica que relata La Araucana y comienza a nombrar ese “Chile, fértil Provincia, y señalada. En la región Antártica famosa, De remotas Naciones respetada, Por fuerte, principal y poderosa: La Gente que produce, es tan granada, Tan soberbia, gallarda [valiente], y belicosa [guerrera], Que no ha sido por Rey jamás regida [gobernada], Ni al extranjero dominio sometida”. Ercilla lo dice casi todo en su bautismal obra, Chile de norte a sur, un país de gran longura, lo mide y ubica en su particular geografía, y no me imagino todo el asombro que le debió llevar al concluir su obra en dos largas décadas dentro y fuera de Chile, después del fragor de las interminables batallas contra los mapuches, gente de la tierra.

 

Una diversidad seductora

Algunos quizás piensen que me he quedado en el pasado al mirar atrás de la pantalla y desdibujarme tal vez en el horizonte, pero la memoria en poesía, a mi entender, es ganancia, para activar el presente y vislumbrar el futuro, que después de todo somos un solo barro en nuestra historia. En la poesía chilena, a mi manera de ver, hay muchos críticos, profesores, académicos, que han estudiado más a fondo la dimensión de los poetas de Chile, tienen la gracia que se reinventan a partir de Darío y uno de los principales protagonistas chilenos viaja de ismo en ismo, sin demeritar los que cuentan con su propio repertorio, van a contracorriente, contaminados de sus lecturas pantagruélicas, lo devoran absolutamente todo. Parra decía, dijo tantas cosas interesantes, cómo no recordarlo: ay de aquellos que leen un solo libro. No nombremos para seguir nombrando.

Lo seductor de la poesía chilena es su diversidad, una continuidad, diría, casi milagrosa, antes y después del quiebre, del apagón cultural del 73, que disparó una diáspora que algún día recibirá el reconocimiento de la historia chilena, sólo por haber seguido existiendo en la palabra. No todo fue poesía, también cine, pintura, narrativa, periodismo, filosofía, teatro, música, un gran abanico roto en mil pedazos por el mundo de la dispersión y del reencuentro, y también de la muerte extranjera. La fractura de la cultura chilena fue horizontal, vertical, al cuadrado, rota de pies a cabeza, su columna vertebral, el cuerpo se desplomó. Difícil olvidar ese silencio, nacido del patio de los callados. Tiempos vividos, un apagón a plena luz del día. La noche más larga de Chile, de terror, con Drácula en casa.

 

Un azar extraordinario

Cuando uno lee, relee a los poetas, conversa con ellos al mismo tiempo. Ahora, en esta nueva etapa, me ha tocado soñar con ellos. El más reciente sueño fue con Gonzalo Millán, uno de los más originales de nuestros poetas, con quien coincidimos en la vida escolar, universitaria y en esporádicos encuentros. Gonzalo, en el sueño, me escribió una nota afectuosa —recuerdo que la letra no era la suya, fácil de reconocer— hablando de la vida, el amor, porque me escuchó hablando de una mujer y, de paso, me ofreció que pasara por su casa, porque me tenía lista una máquina de escribir. Una oferta generosa, por demás. Creo que Relación personal de Gonzalo es su versión personal, el equivalente quizás a Veinte poemas de amor y una canción desesperada de Neruda. En otro sueño, con el poeta Waldo Rojas, aparecía como un proustiano a la antigua y en la tradición de su laboriosa poesía. Con Enrique Lihn, en varias y difusas ocasiones, Parra, Teillier, Neruda (a quien no conocí), Rolando Cárdenas en los confines de Chiloé y Antonio Skármeta, quien fue mi profesor. Me alegran estos sueños, porque certifican que no se han ido, me acompañan y reafirman mis lecturas. Y no son casualidades; con cada uno de ellos, excepto Neruda, tuve particulares coincidencias de un azar extraordinario, situaciones y circunstancias irrepetibles. Así son los encuentros y reencuentros con la poesía y los poetas, un acto que las palabras nos permiten compartir, algo más allá.

 

Libros claves de la poesía chilena

Algunos libros claves de la poesía chilena, que todos habíamos leído, recitado en voz alta alguna vez, fueron escritos por nuestros poetas en el exterior, por ejemplo, la Mistral: Desolación (1922) en Nueva York, y Tala (1938) y Ternura (1945) en Buenos Aires. Altazor de Huidobro fue publicado en Madrid en 1931 y escrito gran parte en Europa. Residencia en la Tierra, de Neruda, las escribió principalmente en el Lejano Oriente (Colombo, Birmania, Java), así como en Chile, Argentina y España. El Canto general de Neruda también atravesó geografías, fronteras, comenzando por la vida clandestina del poeta; finalmente se editó en México. La diáspora tiene un muestrario más extenso. Imposible soslayar el impacto que tendría después en la poesía chilena Poemas y antipoemas de Nicanor Parra, al irrumpir en el escenario en 1954. Muerto Neruda durante el golpe cívico militar del 73, Parra se transformaría en la cabeza visible de la poesía chilena. Qué paciencia, tenacidad, la de Nicanor, admirable. Se mantendría en el Olimpo hasta su fallecimiento el 23 de enero del 2018. Larga vida a la poesía chilena.

Había fuertes y profundas raíces y surgieron grandes voces, el pulso se mantuvo, Rosamel del Valle, Díaz Casanueva, Anguita, Arteche, Gonzalo Rojas, Parra, Uribe Arce, Barquero, Lihn, Teillier, Rubio, Hahn, David Turkeltaub, porque si vamos a nombrar, al menos los más visibles, Gonzalo Millán, Silva Acevedo, Oliver Welden, Waldo Rojas, Hernán Lavín Cerda, Omar Lara, Jaime Quezada, Floridor Pérez, Federico Schopf, Zurita, José Ángel Cuevas, Hernán Miranda. Los conocí a todos, sólo paso lista a mi memoria, y con la mayoría de ellos tuve contacto directo, los leí. Forman parte del telón de fondo de la poesía chilena. De generación en generación van sumando los años, porque las raíces persisten. Quiero destacar que la familia Rubio dio tres grandes poetas que poco se citan: el abogado Alberto Rubio, el primer juez de Isla de Pascua, su hijo Alberto Rubio Riesco y su nieto, Armando Rubio Huidobro, quien falleció a los veinticinco años. Me detengo en Alfonso Alcalde, quien escribió un Panorama ante nosotros y tal vez no se le dio el verdadero lugar que se merecía. Dijo: “Para mí la poesía es la raíz primera y última: una sonajera de piedras, el espejo privado y colectivo donde nos miramos”. La célula de identidad, en suma. A Alcalde hay que leerlo, navegó sin complejos en las dos aguas contradictorias de la poesía chilena: Neruda y De Rokha. La ola suele llegar a la orilla, pero la vuelve a recoger el mar.

A los más jóvenes los conozco por unas vagas, intermitentes lecturas, y seguramente vendrán otros y otros. La poesía cuenta con sus propios y enigmáticos caminos.

 

Hay que saber leer, como diría Lihn

Las lecturas, el rodaje de la vida, la memoria, el paisaje, la atmósfera diaria, el medio que te rodea, tus circunstancias, todo se transforma en tus vivencias cotidianas y se convierte en poesía, es decir, en vida. De tanto amar salieron los libros, dijo alguna vez Neruda. Cada libro es una enseñanza, como si fuera un gesto, una invitación a seguir buscando. Tengo grandes deudas de mis compañeros de juego, como llamaba Pound a sus colegas, porque cada uno tiene su propia mirada, visión, comprensión, lecturas y qué entiende por poesía. Me llama la atención que dos poetas tan diferentes, Borges y Neruda, se hayan detenido con gran interés en la obra de Whitman, por ejemplo. Y así, si vamos investigando, leyendo, deteniéndonos en la contaminada ruta de la poesía, las sorpresas son numerosas. La obra de Parra, considerada por Lihn como sucesora de Neruda, tiene mucho que ver con el autor de Odas elementales.

Parra confesó en un célebre discurso de recibimiento de Neruda en la Universidad de Chile, dicen que ante dos mil personas, unas palabras célebres, no lejos de la realidad, que duró décadas de encuentros y desencuentros entre ambos poetas.

“Hay dos maneras de refutar a Neruda: una es no leyéndolo, la otra es leyéndolo de mala fe. Yo he practicado ambas, pero ninguna me dio resultado”. Un ejercicio al estilo parriano con el encanto de la eterna ironía. (Décadas después, en esas idas y vueltas de Neruda y Parra, el Vate de Isla Negra llamaría “magnífico juglar” a Parra. Todos sabemos que los juglares, en la Edad Media, entretenían al pueblo). Para que surgieran tantos poetas y de unas características tan diversas, sin duda están las lecturas realizadas por cada uno de ellos. Muchos de los poetas fueron universitarios, empedernidos lectores abiertos a todas las influencias, y como he señalado, cuando uno los lee está leyendo sus lecturas previas y van apareciendo nombres, autores, una familia adoptada a lo largo de los años. Lihn, el poeta de La musiquilla de las pobres esferas, le pregunté algo así como por qué Neruda era un poeta importante y había escrito grandes libros. Como era habitual en Lihn, a quien no le agradaba Neruda —ya muerto—, respondió con su acostumbrada sinceridad y sabiduría: “Leyó, supo leer y bien”. Y volvemos al mismo tema, Borges solía repetir que era un lector, que era más importante leer que escribir. Un consejo que no debemos dejar pasar. Las palabras ajenas suelen ser más importantes, quizás, que las que logremos escribir algún día.

 

Epílogo

Ha sido un privilegio conocer a todos estos escritores en vida, compartir con varios de ellos atmósferas literarias iniciáticas, talleres con algunos, la universidad, situaciones particularmente interesantes, únicas, vitales, especialmente con W. Rojas, Lihn, Parra, Teillier, Cárdenas, Barquero, Millán. Tiempos irrepetibles, excepcionales, de aprendizaje, un Chile inolvidable. Ninguno de nosotros habríamos sido lo que somos si no hubiésemos estado ahí. Han pasado más de cincuenta años, estamos no sólo lejos en el tiempo y en la distancia, sino que somos memoria. La poesía siempre nos convocará.

 


 

Es tuyo el poema

Es tuyo el poema
si lo lees
como si fuera tuyo
está escrito para tus ojos.

 

La infancia me recibe

La infancia me recibe
con los brazos abiertos.
Dónde andabas,
me pregunta,
y me abraza
como si fuera
el primer día de clases.

 

Algo que el viento

Algo que el viento no improvisa,
la innegable presencia de tu partida,
el viaje y aquí en el aire me quedo,
el espacio inmóvil que sigue tu curso,
infinito como el silencio que viene
llegando con tu ausencia que me niego
aceptar en cualquier tiempo, amor.

 

Libertad

Libertad:
una palabra
manoseada,
contaminada,
confundida,
cautiva,
asfixiada,
censurada,
convertida
en
Estatua.

 

¿Quién lee poesía en estos tiempos?

¿Quién lee poesía en estos tiempos?,
pasa un tren bala y un pájaro permanece
en la rama con sus dos alas sin volar.
Las palabras así van ajustando
sus significados, haciéndose verbos,
no se detienen un instante para respirar.
Todo va tan rápido como el amanecer
de un nuevo día y otro.
Pero el tiempo sabe que pertenece
a la eternidad, a lo que nunca muere,
pasa como en una banda sonora,
esa música incidental que nos atrapa
por pasajera, servicial a la memoria
de nuestros oídos.
La magia está en ser parte
de la película, dejarse ver
en el día, día, como si fuera
una gran pantalla de imágenes fugaces,
como lo que vas viendo en un tren bala
que un pájaro no busca imitar.

 

El diluvio es un gesto

El diluvio es un gesto del mar,
de las aguas absolutas que reinan
sin diques de contención,
no hay represas, piscinas, lagos, ni ríos,
el límite es el agua sobre el agua,
nada más que un inmenso océano
incapaz de retener con palabras,
avisos de prevención por inundaciones
o de prohibido bañarse en el lugar
por riesgo de vida.
El Arca fue un sueño de Noé
para seguir soñando la vida,
procreándola en la palabra,
si fuera necesario.

 

No hablo de poesía

Con mis hermanos
no hablo de poesía
Con mis compañeros de trabajo
no hablo de poesía
Con mis hijos
no hablo de poesía
Con mis colegas
no hablo de poesía
Con los conocidos
no hablo de poesía
Con los desconocidos
no hablo de poesía.
Mi amiga ve el mundo
como debiéramos verlo todos,
con poesía,
con el alma
la que preside todos los sentidos.

 

La campanita de Wall Street

Los que alegremente tocan
la campanita en Wall Street,
preguntan al hombre
que limpia las alfombras,
saca brillo a la fachada,
da lustre al toro de Wall Street:
¿qué hace en Wall Street?
El hombre responde:
acumulo sabiduría
en la Bolsa.

 

¿Cuántos muertos?

¿Cuántos muertos
le quedan a la muerte
para terminar
su tarea criminal?

Rolando Gabrielli

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