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El viaje interior de Javier del Prado Biezma
(sobre el libro A borbotones geométricos)

lunes 28 de octubre de 2024
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Efi Cubero, Javier del Prado Biezma y Antonio Benicio Huerga
Efi Cubero presentó con este texto el libro A borbotones geométricos, de Javier del Prado Biezma (centro), el 3 de octubre de 2024 en el Ateneo de Madrid, con la presencia de Antonio Benicio Huerga, editor. 📷 María José Muñoz Spínola • Los Libros del Mississippi

Aparte de la calidad de la edición a cargo de Los Libros del Mississippi y del bello prólogo de José Manuel Lucía Megías, al abrir con lírico pórtico sus páginas, pienso que este libro unitario está lleno de claves. Libro que ahonda y a la vez posee la ligereza dinámica de un aliento imantado de frescura y verdad que lo hace singularmente único de principio a fin. Libro de pensamiento con conciencia cifrada de realidad, brasa o fuego que se concentra y a la vez se propaga con vértigo y deseo: no se olvide que somos giróvagos en un mundo en movimiento continuado y el autor, de una vertiginosa contemporaneidad, a la vez dotado de una calma infinita desde esa red luliana de lógica y razón, nos sumerge en su mundo y nos depara, al leerlo, una intensidad tan significante como extraña.

Adentrarnos en la irradiación de una obra como la de Javier del Prado Biezma no es tarea fácil. Hay que sumergirse en las salpicaduras de las saladas aguas, por otras latitudes con fondo escurridizo y bimodales límites, donde nadar a ciegas, puesto que este creador busca y encuentra lo englobador de una poesía total. En cada libro, de autónoma apariencia, resultan ilimitadas las posibilidades, pero al leerlo a fondo nos damos cuenta de lo unitivo de su empeño, ya que el conjunto de ensayo, crítica, poesía y mucho más, se interrelaciona en lo definitivo de una multiplicidad compacta que forma y conforma una perfecta conjunción de ese todo meditativo y poético de su particular diagrama.

Este creador y catedrático de la Sorbona, de la Universidad Complutense de Madrid, laureado, traductor, analista de Mallarmé, Rimbaud, Baudelaire, Proust, Sédar Senghor, Yves Bonnefoy, y más autores de relevancia internacional y eterna que nos devolvió, con sus acertadas traducciones (no olvidemos que Javier es poeta. Un gran poeta), esa renovación a través de la lengua francesa de una parte sustanciosa del lenguaje poético occidental.

“A borbotones geométricos”, de Javier del Prado Biezma
A borbotones geométricos, de Javier del Prado Biezma (Los Libros del Mississippi, 2024). Disponible en Amazon

A borbotones geométricos
Javier del Prado Biezma
Poesía
Los Libros del Mississippi
Madrid (España), 2024
ISBN: 978-8412824247
114 páginas

Doctor honoris causa de universidades fuera de nuestro mapa, con premios internacionales de alcance, especialista en saberes múltiples y variados, que además dirigió, en 1994, nada menos que la Historia de la literatura francesa (Ediciones Cátedra), autor de más de una veintena de libros importantes, sin mencionar sus conferencias y viajes, sus estudios sobre arte y miles de cosas más, que serían, por su dilatada extensión, imposibles de enumerar aquí. Su obra personal, además, ha contado siempre con excelentes exégetas.

Conozco bien buena parte de sus libros de ensayo y de poesía. Obras atravesadas por una urdimbre esencialmente sabia y compleja, a veces inconformista, donde la creación no es fábrica de metáforas, ni voluntad desordenada, sino pensamiento que siente, como apuntaba Unamuno, o sentimiento reflexivo que no se conforma con lo trillado, lenguaje en tensión pero muy conscientemente sopesado, con multitud de líneas vectoriales de múltiples ángulos y perspectivas que contienen una gran carga de profundidad. Un pensador, un creador con el don como germen, esa privilegiada fatalidad que los extraños auténticos poseen, además del rigor implacable de los grandes maestros, herederos de la ilustración, que no se conforman con la magia de lo imprevisto, y sí con la razón y el conocimiento adquirido como toma de conciencia para entender los grandes enigmas existenciales y las estaciones del tiempo, el concepto huidizo, volátil, que siempre escapa de nuestro raciocinio mientras inútilmente lo perseguimos con Voluntad de horizonte y añoranza de morada, certero título para uno de sus libros indispensables. Pero sin descreer del todo de una inspiración mirada siempre, no como movimiento sobrenatural, sino como estímulo que alienta la labor creadora. Su poesía se impregna así de vida, de movimiento, vuelo, música y arte, arquitectura espacial, esencia y existencia, tal y como podemos constatar en este libro que hoy reseñamos y del que me propongo hablar simplemente como cómplice o lectora del mismo.

Como diría Octavio Paz, los poetas no tienen biografía y, si hay autenticidad en una obra, como es el caso, la obra hablará por ellos.

¿Qué encontramos en este libro como forma, independientemente de lo que el creador, proteico, órfico, abismado en sus propias contradicciones, en permanente fuga incluso de sí mismo, nos transmite como fondo?

En primer lugar la materialidad de una visión que emociona profundamente por lo que de espíritu y energía contiene.

En segundo lugar la perfección sonora del lenguaje, que es música y a la vez grito inaudible. La disposición tipográfica. El silencio. Un silencio que habla cuando nos conduce a través de las líneas del interior como en un laberinto personal e iniciático, para indicarnos tal vez lo que de trascendente posee la existencia. Los versos que dibujan sobre el espacio la geometría del pensamiento. “Ante todo una posesión de espacio”, reclamaba Henri Laurens. Y la duda. Centrado en las temáticas universales que inquietan desde el principio de los tiempos a cada ser humano, sabiendo muy bien la inestabilidad de este presente que nos habita. Y sobre todo llama. Una llama vivificadora que arde sin consumirse como la bíblica zarza. El fuego primigenio que se roba a los dioses, que por otra parte para Javier no existen. La vida que zarandea los sentidos y el intelecto. La “Vibrante palabra de inmanencia divina” que, como en JRJ, es la poesía donde el poeta, excéntrico y a la vez desde su propio centro, es el dios deseante y deseado, fundamentalmente de sí mismo, pero que a la vez se entrega a los otros dejándoles un legado tan importante como inmaterial. Aunque no es la inmanencia, sino la trascendencia, lo que persigue y halla en sus poemas Javier del Prado Biezma, quien desea alcanzar cumbres insospechadas, con vigorosa fuerza y con idéntica hondura que los predecesores admirados (como un Mallarmé, por ejemplo, siendo diferentes), bajo el mismo misterio y reflexiva humanización. Y puede ser sardónico o amargo, elevado o irónico, metafísico y desprendido de anécdotas, donde la creación sea a un tiempo dominio y equilibrio, elevación y sutileza, o ese abismarse hacia dentro con la mirada puesta en los afueras. Porque crear puede ser, además de algo personal, abarcadoramente universal. El arte no tuvo jamás fronteras. Es ese rastro imperceptible que une y no divide nunca, y nos hace más fuertes y mejores.

Me llama la atención el título elegido, nada previsible en un libro de poesía. Original sin duda y contradictorio, porque el poeta no habla a chorros en este libro, ni de forma acelerada ni apresuradamente. Creo que se refiere, no a la palabra de manantial que brota mezclada con el barro, el barro que modela la arcilla, la imperfección del hombre, sino a la lava ardiente como los apasionados del primer círculo de Dante que se liberan de su apasionamiento culpable, convirtiéndose en llamas que arden en superficies de arena candente que sepulta y a la vez preserva los vestigios para una eternidad que se desvela, rebela y revela.

Lo dice claramente en este, el poema 8, donde parece interpelar al “otro” desdoblándose como Narciso ante el estanque temiendo al sedimento del espesor del limo... ¿del lenguaje? ¿Del pensamiento?

¡Ay, qué agobio,
si la palabra del otro,
en vez de lava,
es barro!
Brota a borbotón opaco,
no corre,
se desliza,
lame, lengua,
la superficie pura de la espera;
lame, lodo
y la mente se embaza
con tanto engrudo denso
que te arrumba,
esclavo
.............en un cobijo de pereza.

Como vemos el poeta desea ser lava. Incandescente lava como rugido de dragón que ascienda en libertad y a borbotones, reconciliada con las palabras múltiples y dispersas. La simultaneidad espacial de superficies y planos modulando el interior, transformando también lo que ya conocemos en algo distinto y profundo. Libro de pensamiento, pero lleno de una emoción sincera que focaliza sus motivos bajo la apariencia a veces de frío luminoso, de agitación imprevista por donde se desliza lo inefable. Lo intuitivo y lo cognoscitivo en un proceso que sitúa este libro más allá del conocimiento y la intuición, algo que adquiere respiración y cuerpo. Sutilidad y andamiaje, cimiento y aire vivo.

No es ajena, escribí alguna vez, la escritura a la fosilización de la posmodernidad o, lo que es lo mismo, a la desarticulación de lenguajes artísticos gastados. Aquí es la vida lo que se proyecta, pero no deja de ser otra especie de señuelo para el que busca nuevos horizontes al construir un espacio propio. Más que un cuarto —como diría la Wolf— un espacio propio y propicio de naturaleza y corporalidad, de genericidad e individualidades donde la magia de la vida misma puede fundir la existencia con la imaginación.

Lo primero que nos da la bienvenida, aparte del prólogo citado, es un poema singular: “A modo de puente hacia mi todo”, cuyo enunciado ya nos da pista segura para adentrarnos en tan esencial laberinto. Se trata de un puente-árbol, al que sólo canta en “metáfora sin ecos” y al que el poeta acaricia “su rugosa corteza perfumada” al ritmo de la frase con una lengua “tersa y pura”.

Enlace y núcleo de lo anillado en la memoria, vetas del tiempo, palimpsesto, cicatrices que recorren la albura y el duramen del árbol o del hombre, rumor de ramas y magmática hondura, la vibración del existir que se expande en cada huella, signo o incisión. La duda con sus asedios, la certeza y la savia, y la sabiduría, la lucidez crítica del creador que desnuda y proyecta lo que está por nacer en su propio interior (naturaleza, que viene de nascere) con un lenguaje hondo y multiforme, a la búsqueda de improbables lejanías.

Y la infancia, preámbulo inolvidable. Lo ávido de urdir mediante la imaginación sin la memoria. Reivindicar la poesía como salvaguardia de libertad.

1

¡Y siempre,
....................como llama,
.........................................a ramalazos,
en alas del deseo!
Niño de dios,
......................las noches
como pájaros negros,
deslumbrantes,
ardían hacia el alba;

las pavesas
sólo eran versos
y un párpado invadido de temblores.

En cuanto a lo geométrico del enunciado me conduce a El ensayador (Il Saggiatore), el libro de Galileo Galilei que en el mes de octubre de 1623 conmocionó a Roma, y que precisamente habla de “la filosofía que está escrita en ese libro enorme del universo pero que no puede entenderse si no aprendemos primero a comprender la lengua y conocer los caracteres con que se ha escrito”. Galileo nos dice: “Está escrito en lengua matemática, y los caracteres son triángulos, círculos y otras figuras geométricas sin las cuales es humanamente imposible entender una palabra, y que sin ellos se deambula en vano por un laberinto oscuro”.

Aunque es verdad que muy anteriormente Dante cierra su Divina comedia con esta maestría que subraya lo expresado: “Alcé mi vista y vi / las páginas sueltas del universo / en un solo libro reunidas / por la austera mano de Dios sostenido”.

También Cézanne supo entender la geometría del mundo, y Matisse, afirmando que cada época lleva consigo una luz propia, “no como fenómeno físico, sino la única luz que existe realmente, la del cerebro del artista”. En este caso la de un creador llamado Javier del Prado Biezma que en este libro aporta, además de una sólida y espacial arquitectura, la fulguración de un vivísimo fuego que abre paso y revela: desvelando.

Harold Bloom, en su famoso y controvertido canon, también García-Berrio en coincidencia, y antes que ellos otros autores de épocas remotas como Dante y más, afirman: “La principal cualidad del valor poético es la universalidad” (Harold Bloom, 1993; pp.75-76), y esta universalidad la hallamos, ampliamente, en este autor y en este libro. Yo diría que la geometría de esta entrega tiene un carácter hímnico. De cántico, de energía solar, de sabia pureza reflexiva. Es naturaleza sin duda, del ser humano y del cosmos, porque también la filosofía forma parte de él. También posee una naturaleza paisajística, a la que nuestro autor está muy vinculado como sabemos, siguiendo tal vez el consejo de Voltaire de que se debe cultivar jardín y huerto para oxigenarse de la carga opresiva del estudio y de las bibliotecas, del peso del intelecto puesto que, mientras se estudia y observa el mundo desde fuera, se trabaja la tierra y se asiste al milagro vivo donde la flor brota y el pensamiento crece mejor y se expande, radialmente, en todas las direcciones posibles. Todo entonces se funde y conforma frente a ese todo indivisible. Texto tejido como pieza inconsútil con el propio interior, la mente y el corazón del mundo, la época que nos ha tocado vivir, cosmogonía y conciencia de ser. El ser del poeta tan ligado a todo, tan esencial, sensual y espacial. Solitario y solidario. Esa reintegración sustancial con lo sagrado de la creación literaria y artística o, citando a Cernuda, “una experiencia espiritual externamente estética, pero internamente ética”.

Aparte de su obra personal y poética, Javier del Prado Biezma también ha hablado de otros creadores con conocimiento, rigor profundo y énfasis. A veces como si fuera una dilucidación o exégesis de su manera de observar la vida. Del autor del Anábasis, Saint-John Perse, por sus propios éxodos e interiores exilios, por lo excéntrico de los desplazamientos, forzados o voluntarios, con tantas connotaciones colectivas y personales con él mismo, y por la calidad de esa voz inconfundiblemente universal.

O la proyección del viaje existencial.

La idea del viaje que le lleva a Lamartine y sobre todo a Victor Hugo, ese viajero de la noche, como Javier lo define en páginas inolvidables, de las cuales no me resisto a extraer algunos párrafos finales del libro de ensayos Voluntad de horizonte y añoranza de morada que citaba anteriormente y que la Universidad de Lérida, en su colección El Fil D’Ariadna, publica en 2021. Un horizonte siempre aplazado, verticalidad del ascenso, o del descenso, el que parte, el que va, el que pasa, el ser en marcha, todo lo que presiente a Baudelaire y sus alegorías desde donde, según Javier y otros autores, nace la gran poesía moderna.

Dice Javier del Prado Biezma en el libro antes citado:

La vuelta al alma, la naturaleza interior del viaje, la vuelta en la que cristaliza el espíritu iniciático del aprendizaje moderno, universal. Sólo el viaje tradicional por mar, con su trayecto, aunque trazado por el mapa, sujeto a las fuerzas misteriosas que construyen las derivas hacia tierras imprevistas o hacia los abismos, con su horizonte inexistente, siempre diferido, nunca aprehensible, o el viaje celeste, en su ausencia de todo referente (ya sin dioses), pueden permitir el vuelo arriesgado, la apuesta de la ensoñación poética, sin asideros fijos o con asideros movedizos —el baile de las estrellas—, los saltos trascendentes de la intuición, los sobrevuelos de la visión, ya sean los del visionario o los del vidente, o la caída de la locura insoslayable (esquizofrenia) a la que está condenado el verdadero poeta.

O del autor de “El barco ebrio” por sus portentosas imágenes oraculares y su visión de un universo propio en un ser poético tan joven y a la intemperie. Rimbaud, en su exploración del “otro”, el anhelo de la integración con la naturaleza cuando el ser humano no tenía noción alguna del pecado “sol y carne” pero también la duda, “ese melancólico pájaro” que siempre planea en el controvertido destino del extraño. La realidad siempre, que alberga lo maravilloso que a veces no sabemos ver. Lo gratificante de los sentidos en la carne, y la iluminación que los multiplica. O esa aspiración de ser un poeta total. Abarcarlo todo sintiendo la ebriedad de los abismos cósmicos y también personales.

O de Baudelaire, por su rebeldía y disidencia, y ese creer en el esfuerzo de la inteligencia que piensa, tanto como en la inspiración, y su independencia y desconfianza hacia el progreso y la modernidad, tanto como en el pasado. Y, al mismo tiempo renovando conceptos, sin confundir jamás, como dejó escrito, “la tinta con la virtud”. La soledad en medio de la multitud que nuestro autor tuvo tiempo de descubrir en el París de Baudelaire como en otras ciudades. Su concepción renovadora del arte, los matices de fuga, ese añorar la unidad... Tantas cosas.

La sagrada locura que lo-cura todo, del extraño: como exaltación del ánimo, jamás como privación de la razón.

O del eterno Juan Ramón Jiménez, que busca, como él mismo, y pide a la creadora inteligencia “el nombre exacto de las cosas”, poeta centro de sí mismo y del mundo, dice Juan Ramón Jiménez:

Palabra justa y viva
que de la vida interior brota, lo mismo
que una rosa vaciada en un lucero;
cúmulo, cima del sereno monte
del corazón, contra el cénit exacto,
final estrella del surtidor recto
de la fuente más honda
—¡la del alma!

El poeta que “Puede olvidar, callar, gritar entonces dentro / la palabra que llega del redondo todo / la vibrante palabra muda, / la inmanente, / única luz que no se extingue, / única ola sin fracaso”, canta Juan Ramón.

Javier del Prado Biezma parece entablar un diálogo imaginario con el de Moguer y responderle en este libro en el poema 14:

Emergías,
no sabías el mal que te harías
ofreciendo tu voz a la luz: la voz se oxida
si la adornas con oros / y en follajes.
Grita,
aunque el grito se enrosque
como un brote de helecho,
al crecer: toda espiral te lleva
más hondo
y, a la par, más lejos.

(La espiral, el ADN, el rizoma...)

O Mallarmé, referente cima admirada de Javier, punto y aparte al que este libro, siendo muy distinto y personal en su fondo y forma, de alguna forma homenajea puesto que, como él, ha sentido la “responsabilidad de la creación como manifestación de lo absoluto”. Anular la casualidad. O, como dice en su autobiografía, que “la mayor aspiración del poeta es la interpretación órfica del universo. El desafío. La locura que él considera necesaria”.

La esquizofrenia, término tan exacto para Javier en su raíz etimológica: escindir-mente. Separar la mente. Tan alusivo al sentir del poeta: esa escisión mental... Ese desdoblamiento, sin entrar en diagnósticos de otra índole que no vienen al caso.

Afirma Aristóteles que “la historia —no siempre, lo sabemos— cuenta lo que sucedió y la poesía lo que debía suceder”. Ojalá que la poesía fuera un antídoto contra el veneno de guerras ominosas. Puesto que debemos, o deberíamos siempre, reivindicar el valor sustancial de la palabra, y de las artes todas, como salvaguardia y defensa de la libertad del ser humano, de su trascendencia y de su verdad.

Nos lo grita en su poema 73:

Haz el amor
y no la guerra.
Haz el amor
igual que los gorriones y las nubes
en plenitud de roces y gorjeos.
La guerra,
.................
....................ra
.........................la
....................a la basur
.......................a
métela en esa bolsa, negra, opaca,
con su cierre automático,
que dejas, cada noche,
en el rin
..............cón
.....................de la
..............................esca
.......................................ler
.......................a
¡Que se la lleven en camión blindado
al jardín donde el gran sheriff
se perfuma el escroto
con agujas de sándalo!

¿Por qué nos llega este libro tanto? Pues por la sencilla razón de que a estas alturas de honores académicos tan merecidos, el creador, el poeta, no se ha convertido en mármol ni en estatua de sí mismo y, como la naturaleza, es cambiante y profundo, sabe mucho de espacios naturales y mentales. Él dice que también sabe de “fracturas y fallas”.

Y también es irónico (con una “romántica ironía”) y con un sarcasmo quijotesco y manchego. Subversivo, mordaz y disidente. A través de su obra nos sigue alumbrando con esa perentoria luz de trascendencia y vida, de amor y de deseo en plenitud creadora. A veces alegórico, aunque no lo pretenda, la carne se le convierte en poesía, ese esplendor carnal y táctil, sin medida ni tiempo, con pasión y emoción de aniquiladora brasa. Y en la estela de ese mar que contempla, o la llama mientras el tacto se convierte en palabra que navega hacia el puerto seguro de un amor correspondido: Ese Esplendor...

¿Qué encontramos en A borbotones geométricos?

Más de un centenar de páginas de alta poesía, la gracia de la síntesis, lo depurado, cada poema puede leerse aisladamente, autónomo, como destellos de sabiduría, y a la vez unidos y engarzados en un libro que es un todo, como un perfecto anillo o alianza con el mundo con fuerza sustantiva y magia de soñar. Ritmos internos, con vida propia inscrita en el equilibrio de lo humano y lo interior, el júbilo de amar y de crear, la certeza de ver, al mismo tiempo dudando. Amar siempre, a ese amor de años, Isabel, a la que el poeta bautiza como Esplendor.

Amar la poesía con su propia mirada, como en el poema que cierra:

Poema 104

Mirar ciertos ojos
(¿qué tienen los ojos
más allá de una agüilla
de cristal
................que los llantos destiñen?
y ver a un dios en ellos:
ese temblor que invade
los cuerpos
....................cuando un haz
....................de luz se empeña en
........aposentarse en el deseo
—más allá de la muerte,
más allá de la carne
y más allá, incluso,
de las redes que teje la razón
(¡tan luminosa!)
cuando intenta ordenar la madeja
de un cuerpo
que tiende hacia los légamos
del sexo.

(Ese DESEO).

Javier del Prado Biezma

Javier del Prado Biezma

Profesor emérito de la Universidad Complutense de Madrid (UCM), nace en Toledo en 1940. Es doctor honoris causa por la Universidad Michel de Montaigne, Officier des Palmes Académiques y Premio Internacional Horace en traducción de poesía. Profesor invitado en Nanterre, Sorbonne IV, Bordeaux, Toulouse-le-Mirail, Turín. Premio Internacional de Poesía Barcarola.

Ha publicado, como poeta y novelista, 17 poetas de Bilbao (1975, antología), Fragmentos de una autobiografía imposible (1983), El mirador de Berbés (1989), La palabra y su habitante (2002), El año de los tulipanes (2003, novela), En las márgenes de... (2008), Poeta entre profesor y crítico (2010), Elegía por la muerte de Julienne Danielle (2020), Libro de las negaciones (2021), Primer libro de amor (2021), Grutas y grutescos (2023), A la sombra del mar (2023), y, en francés, la novela Le lavoir au lezard bleu (2020). Como crítico literario, Cómo se analiza una novela (1984), Para leer a Proust (1990), Teoría y práctica de la función poética (1993), Autobiografía y modernidad literaria (1994), Análisis e interpretación de la novela (1999) y Voluntad de horizonte y añoranza de morada (2021). Ha dirigido Historia de la literatura francesa (1994). Sus artículos y monografías abarcan aspectos de la narratividad y la poeticidad y las relaciones de la poesía con las demás artes.

Es traductor y analista de Gerard de Nerval, Charles Baudelaire, Stéphane Mallarmé, Arthur Rimbaud, Patrice de la Tour du Pin, Léopold Sédar Senghor, Yves Bonnefoy y otros.

Efi Cubero
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