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La cátedra del silencio, el verdadero lugar de la poesía

domingo 15 de diciembre de 2024
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La cátedra del silencio, el verdadero lugar de la poesía, por Rolando Gabrielli
Me quedo con todas esas conversaciones iniciáticas, históricas copas de bares y poesía, tan aleccionadoras, profundamente sinceras.

Son los críticos, algunas editoriales interesadas en bautizos, los académicos, profesores de literatura, muchas veces, los encargados de determinar quién entra y se constituye en generación de su tiempo y época, acompañando además a otros que hacen lo mismo en unos años y fechas determinadas.

A algunos nos toca el azar de no pertenecer a nada, frecuentar la historia a distintas distancias, ser diáspora quizás sin etiqueta, sin nombre, casi un eterno observador de lo que sucede, pasa y queda en la memoria, último recurso de un presente imperfecto.

La escritura es tan personal y termina siendo pública con el tiempo, tiene su propio andar y recursos para mostrar su verdadero rostro y cuerpo.

En este ir venir callejero por la geografía propia e internacional, andar de andadura sin límites, ubicuos, de palabras, sobre todo, en la juventud de los sueños, tanteos frente a la página en blanco, ejercicios, aprendizaje, lecturas, pasión verbal, está más o menos dibujada nuestra imagen.

Yo me quedo con todas esas conversaciones iniciáticas, históricas copas de bares y poesía, tan aleccionadoras, profundamente sinceras, plenas de lo nuevo, desconocido, aparentemente marginales, fuera de la cátedra, improvisadas, sin compromiso. Marcaron a fuego la poesía sin ninguna otra pretensión, con el sello invisible de las palabras verdaderas, esas que no se ocultan de la realidad, pero son imprescindibles para formar una orquesta o quizás una banda de poetas anónimos.

Poetas que no buscaban un sitio en ninguna parte a pesar de su historial, Efraín Barquero, Jorge Teillier y Rolando Cárdenas. El Chico Molina era un inclasificable, no se ajustaba a las normas y manejaba su propio pentagrama.

La poesía conformaba su propia atmósfera, estaba ahí, se manifestaba en distintos planos, a su manera y propia intensidad, surgían otros autores, anécdotas, libros, autores, las conversaciones no tenían principio ni fin. La noche era más que una convidada de piedra, más bien se transformó en nuestra anfitriona. A esas noches se sumaba la poeta Stella Díaz Varín, con un torrente de palabras y una apasionada vida, mujer mítica, hija de un relojero anarquista.

En esas reuniones improvisadas, citas con la poesía, que a veces culminaban en la Sociedad de Escritores de Chile (SECH), el Chico Molina se iluminaba por sobre todas las voces, en una atmósfera de santo que nos susurraba acerca de lo maravillosa que es la literatura, porque es capaz de hacernos vivir varias vidas, viajar, soñar despiertos, reconocernos, finalmente, en las páginas de un objeto maravilloso: el libro.

Había magia en ese mundo, no siempre inventado. La poesía era otro estado de cosas, deslizaba peces de los ríos hacia el mar. El poeta trabaja con sus propias videncias, conciencia y materia. La vida, en verdad, es su verdadera materia prima, y ahora, si cree que ChatGPT es su solución, se equivocó de oficio, porque la experiencia poética en sí es un ejercicio irrenunciable para llegar al poema.

Los escenarios eran múltiples y reflejaban la riqueza, diversidad e importancia en la vida nacional, universidades, de la poesía chilena, reflejo también de la cultura nacional. Los poetas eran reales, estaban vivos, tenían una voz. Recuerdo que en la casa de Waldo Rojas se diagramaba la revista Trilce; Omar Lara, su director, viajaba desde Valdivia y se charlaba de poesía de aquí y de allá. Rojas siempre ha sido un amante exigente del lenguaje, muy riguroso, y Lara tenía como referente a César Vallejo. Por ahí aparecía en otras noches paralelas Enrique Lihn, un poeta en ese entonces con una reconocida trayectoria, y se enriquecía el diálogo de una manera privilegiada. Mi primer poema fue editado en Trilce, “Sólo una jaula abierta”. Ya en la universidad nos reuníamos con otros cofrades de la palabra, Anselmo Silva, Bernardo Araya y algún otro pasajero de esa suerte de nave poética sin capitán ni ruta previsible. Leíamos a Cardenal. Qué tiempos. Respirábamos poesía a pleno pulmón. Después vinieron los talleres con Enrique Lihn y ahí estaba, recuerdo, Raúl Zurita, entre otros. Por aquí, por allá, la poesía se hacía sentir, tenía presencia, había un respeto tácito. No era un arte a la volandera, donde se dice todo y nada.

El arte de la palabra se manifestaba en pequeños círculos, universidades, al aire libre, institutos, talleres, congresos individualmente, no había límites, porque había tanta libertad como poesía y poetas. Se sentía el peso de la Cordillera de los Andes, el mar, el desierto, los volcanes, y una tradición muy chilena, los terremotos. Pero la poesía seguía cantando, existiendo, dictando su silenciosa cátedra.

 

La vida de un poeta

La vida de un poeta
es la vida de un santo.
Rimbaud marcó el camino,
desató verbos, pintó vocales,
su iluminación estuvo
en pisar el infierno,
sin quemarse.
Arthur, el adolescente maldito,
traía amaneceres en sus palabras
en el blanco azul de sus ojos,
desarrolló pura videncia,
sin ver lo que vio,
dijo todo.

 

El profesor López

El profesor López
¿Cómo se llamaba el profesor López?,
un gran tipo como en efecto lo fue,
el nombre debe estar en la lista
del departamento de inglés,
donde ejercía el magisterio y la amistad
en nuestra propia jerga chilena
de camaradas de bar y de unas cuantas anécdotas
de los sesenta y tantos donde la primavera
dictaba su cátedra en una esquina cualquiera
sin tener un expediente universitario.

 

Sólo las palabras

Sólo las palabras
van más lejos
que las palabras.

 

2

No duermas
sin antes
escribir
o recordar
un poema.

 

3

El mercado
toca a rebato
campanas,
no sabemos
hasta cuándo.

 

4

El equilibrista
no admite red,
su acto tiene
una belleza
inmortal.

 

A lo lejos

A lo lejos,
ese soy yo,
voy caminando
hacia algún lugar.
No estoy dormido
como en el sueño
en que me veo
joven, dispuesto a todo,
me echo el futuro
al bolsillo,
silbo una de Sinatra,
sigo con Bob Dylan
y doy gracias a la vida
que me ha dado tanto.

 

Discurso

Qué solemnidad tan solemne,
ni una palabra de más,
sólo el silencio que pone
todo en su lugar,
sin decir una sola palabra.

 

Mi regalo de Navidad

Sientes que te espían,
cámaras, drones, vigilancia.
Te pregunto, si sabes que no eres nadie,
por qué te preocupas,
no estás a nivel de objetivo de alto riesgo.
De inmediato tu valor cotización mercado
desciende al mínimo de la indiferencia
que no clasifica, caes en la categoría
de objetivo no valioso.
En definitiva no calificas,
puedes caminar como un pendejo,
feliz por las calles, detenerte frente al mar
mirar a tus espaldas cómo se asfixia la ciudad,
la gente corre desesperada frente a los semáforos,
todos llegan a un mismo lugar a ver las mismas cosas,
volver a endeudarse por lo último que ofrece el mercado,
y tú, libre de esas pendejadas, sonriente sobre tus pies.
lo más seguro, humano, que va quedando en la tierra.
Este es mi regalo de Navidad, convertirte en una luz
que ilumine la oscuridad.

 

Desde algún lugar que desconocemos

Desde algún lugar que desconocemos,
la contemplación nos mira
y yo admito que sabe quién soy,
si acaso me invita a entrar
a un estado irrepetible,
de uno mismo en silencio y absoluta paz.
donde llega ese otro que estaba contigo,
nosotros en una sola cuerda,
sombra y cuerpo,
una misma sintonía.

Rolando Gabrielli

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