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Las ciudades, una tímida bandera blanca

martes 9 de diciembre de 2025
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Göbekli Tepe
Göbekli Tepe, que está en Turquía y data de hace once mil años, es la construcción más antigua conocida hasta ahora. 📷 Rolfcosar (2010)
Las ciudades buscan su propio rostro, que el tiempo no termina de construir

Lo interesante de la arquitectura es su vocación camaleónica. El tiempo no le hace mella, siempre permanece. Las guerras pueden destruir ciudades, lugares emblemáticos, construcciones que parecían eternas, y aun así, columnas milenarias, puentes, templos, catedrales, plazas, sostienen nuestra historia en el azar de sus resistentes materiales e ingenio humano. Quizás la arquitectura aprendió de la caverna a resistir el tiempo, el olvido, la desidia humana. No es afirmación ni pregunta, más bien curiosidad, algo esencial en arquitectura, observar más allá de los sueños y de las ideas.

Una de las características que más sorprenden es la capacidad de resiliencia de la disciplina frente a los crecientes retos del medio, necesidades de la gente, urgencias del planeta y el inexorable paso del tiempo. El hombre no sólo construye su torre de Babel, sino que se manifiesta con proyectos inspirados en sus vastos, inagotables sueños, fantasías, ficciones que trazan la huella de sus infinitas ansias de poder y ambición de conquista. En este caso, la torre de marfil es una metáfora inútil. El diseño tiene la magia de convertir la materia en algo nuevo, vivo, útil, funcional y realmente bello, crear espacios únicos, transformar lugares, cumplir sueños, habitar la ciudad, compartir con la naturaleza los sabios consejos de un oficio que se renueva en cada época. Las ciudades siempre están en permanente movimiento, son una construcción humana única, reúnen voces, se manifiestan en la multitud, sus propios paisajes, espacio público, en el diálogo permanente entre el individuo y la sociedad que le convoca.

La arquitectura, aun en este siglo de las tecnologías y las maravillas de los nuevos materiales, no ha dejado de ser un oficio, porque sigue requiriendo de habilidades, capacidades, destrezas que otorga la práctica, y un pasado que pareciera invisible se hace posible con la acumulación del conocimiento las nuevas maravillas que algunos atribuyen al poder casi mágico de la inteligencia artificial. Las tecnologías con sus nuevos programas que incluyen la IA parecieran haberse tomado la mesa del arquitecto y borrado un pasado milenario dominado por el arquitecto-maestro-hacedor y su experiencia avalada por los siglos.

Con alguna facilidad y ligereza se desplaza al arquitecto a la mecanización de un oficio que requiere creatividad, imaginación, intuición, observación, conocimiento, curiosidad, experiencia, trabajo en equipo y mucho trabajo; pasión, sobre todo, diría. Y, quién dijera, ideas. El arquitecto comienza a mostrar su destreza, conocimiento, habilidad, creatividad, talento, cuando ve el sitio por primera vez y empieza a dibujar, imaginar, construir en su cabeza el futuro proyecto que compartirá con la belleza del lugar, su paisaje, verdadera naturaleza. Es un primer paso que se va ajustando en un largo trayecto de consultas, la chispa que ilumina un largo camino, el boceto que busca su verdadero rostro, mirada, porque cada proyecto tiene una cara inconfundible y va a ser habitado por quienes ajustarán su propia narrativa al vivir esos espacios. La arquitectura, por más cemento, acero, vidrios, que contenga su estructura, es vida. Hay un tiempo para pensar, construir, y otro para vivir el proyecto construido, la obra.

La herencia milenaria de la arquitectura no es poca cosa. El templo turco Göbekli Tepe data de hace once mil años, es la construcción más antigua conocida hasta ahora, mientras que las pirámides egipcias tienen poco más de cuatro mil quinientos años.

Los templos mayas más antiguos tienen unos cuatro mil años y son nuestros ancestrales orígenes en América latina, de unas construcciones y arquitectura que han permanecido en el tiempo como testigos de viejas civilizaciones con sus propias enseñanzas y belleza, como desafíos civilizatorios.

Más cerca de nosotros, para no perdernos en los tiempos, están los romanos con sus ingeniosos diseños, algunos de los cuales aún nos acompañan, como los acueductos, puentes, caminos, que reflejan el poder de la técnica constructiva, de los materiales y de la ingeniería romana. Incluso la Mona Lisa (la Gioconda) esconde un puente en las inmediaciones de su enigmático rostro. La imaginación de Leonardo sigue imaginando, sin duda, en nuestros días. El hijo de Da Vinci nunca creyó en las limitaciones, dejó un cuaderno abierto de invenciones que aún nos maravillan, el genio nunca deja de observar, crear, hacer, inventar ir más allá, innovar, en una palabra.

La historia de la arquitectura es muy antigua y viaja en el tiempo, pero cuenta con un presente activo en cada generación que renueva las ciudades, espacios, construye, reconstruye, restaura la historia y recupera la identidad de un lugar, lo engrandece cuando respeta la historia, cultura, el pasado, y lo hace acompañar del futuro. El ciudadano que habita las ciudades modernas de este siglo no parece tener tiempo ni interés en descubrir su ciudad, caminarla, habitarla verdaderamente como parte de su existencia, vivir sus espacios, ser parte esencial de su territorio y, no estaría de más, cuidarlo.

Epidemias, terremotos, tsunamis, huracanes, tornados, tifones, erupciones volcánicas, temporales, tempestades de nieve, tormentas perfectas, grandes devastaciones, volcanes en erupción, desastres naturales inclasificables, ha enfrentado el hombre a lo largo de su existencia, pero nada ha destruido totalmente el hábitat, siempre la naturaleza logra regenerarse, presentar su mejor cara ante un depredador que se esfuerza por dañar no sólo el paisaje, sino todo lo que le provee vida, agua, mares, selvas, ríos, animales, la tierra en toda su dimensión, atmósfera, esplendor, y riqueza. La naturaleza siempre está viva, todo lo que se construya sobre ella, a sus alrededores, y sin tomar en cuenta los debidos códigos ambientales, traerá sus consecuencias, el mar volverá a ocupar el lugar donde fue desplazado, el manglar destruido es una garantía de pérdida de la biodiversidad, degradación de las costas, y se convierte en un agente que estimula una mayor exposición a desastres naturales además de liberar grandes cantidades de carbono a la atmósfera. La crisis ambiental tal vez sea el mayor desafío latente de la arquitectura, de los equipos interdisciplinarios, diseñadores, urbanistas, de la propia comunidad y de todos los estamentos involucrados en la seguridad, conservación misma de este proyecto tan humano que a veces descuidamos de una manera distraída en lo más esencial.

A pesar de las maravillas que nos ofrecen las ciudades en medio de su complejidades, sin duda hay quienes huyen del cemento, del vidrio, de tráfico farragoso, se refugian en los campos, bosques, montañas, lugares aislados de los centros urbanos, porque detestan la confusión de las metrópolis, el ritmo infernal de sus calles, la pobreza salvaje de miles y miles, la pérdida de la comunicación entre las personas, del poder adquisitivo, la soledad entre millones, el aire enrarecido que a veces no soportan ni las palomas. Los más conscientes dicen que algo hay que hacer, un gran dilema a resolver para el urbanismo, la ciudad es una caldera a prueba de contaminaciones, las ciudades no dejan de expandirse, crecer desordenadamente, los guetos son algo más que parte del paisaje y el caos no es una palabra desconocida para las ciudades. Se espera para 2050 un crecimiento desmedido de la población en las ciudades, mayor presión a sus infraestructuras, a la capacidad de abastecimiento de agua, el transporte, contaminación en el amplio sentido de palabra, y muchos no estaremos para confirmar esta historia en carne propia.

Por ahora, los sobrevivientes sacamos una tímida bandera blanca, en tiempos de tanta guerra.

Rolando Gabrielli

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