
(El enorme Polifemo está sentado frente a Ulises. Su único ojo lo reduce más a una sombra. La imagen, tomada de Mitología griega y romana, de Jean Humbert, nos muestra el dibujo de trazo fino, que nos permite pensar que, al abrir la novela de Erik Del Bufalo, entraríamos en la cueva del cíclope, hijo de Neptuno y habitante de las costas de Sicilia.
En el texto de Humbert podemos leer: “El rey de Ítaca, sin inmutarse, entabla conversación con el cíclope, le cuenta sus aventuras, le entretiene y le escancia pródigamente el líquido embriagador. Polifemo, saturado de vino, bosteza y se duerme. Ulises coge entonces una enorme estaca y la clava en el único ojo de Polifemo...”).
Lucian Holzer llega a la puerta del juzgado. Dice al entrar en la otra cueva donde los espera el otro cíclope: “En su interior un nuevo espíritu aguardaba impaciente por mí. Tanto en la tierra como en el cielo había más luz de la que les pertenecía. Ya no podía ver nada. La claridad comenzaba a desbordarse llevándose las cosas. Una enorme luz lo borraba todo. Froté mis ojos y entonces di los pasos que faltaban”, y de esta manera el narrador inicia el relato que contiene la vida de ese Ulises llamado Lucian Holzer.
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¿Con quién habla el narrador/personaje, ese Lucian que no menciona a su interlocutor? ¿Quién es ese sujeto oculto que lo escucha, que no habla, que se mantiene como una sombra del pasado en una cueva, mirado por un ojo que no parpadea? ¿Acaso Lucian Holzer tenía previsto contarle parte de su vida a esa presencia que lo oye sin proferir palabra alguna? Comenzó con el Usted distante hasta fraguar con delicadeza el Tú como una cercanía que el propio Holzer trató de justificar, como un permiso para continuar la historia.
“Creo que a estas alturas nos podemos tutear” (p. 244).
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Una primera persona recorre las páginas de esta novela de Erik Del Bufalo. Una primera persona que viaja en diferentes tiempos y que acusa igualmente diferentes eventos que casi lo conducen a la locura. Entre dos amores, entre Lucrecia y Judith, entre una muerta y su esposa viva, entre la conjunción de la intriga familiar, vecinal y hasta judicial, esta historia de Del Bufalo destaca por la calidad de su escritura, por su estructura y por la tensión que logra a través de su personaje principal, quien vive en una suerte de cueva donde un ojo se multiplica desde la gigantesca arbitrariedad de la muerte de Lucrecia, muerte que lo conduce a ser testigo/sospechoso por quienes tramaron todo para hacerlo ver culpable.
De la muerta, la permanente divagación: “Lucrecia se materializaba en mi mente como una inflamación...”, y así viva, y así muerta.
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La trama, con visos de una novela policial, va mucho más allá: destaca los avatares de un personaje que se mueve entre dos aguas: el pasado de un amor y el presente de otro que se mimetizan a través de una imitación patológica de la segunda mujer: Lucrecia, ya muerta por efectos del talio, vuelve a la vida a través de Judith, quien forma parte de un entramado de traiciones donde juegan papel relevante un amante de Lucrecia, el mejor amigo de Lucian (“el imaginario”), un conserje y la misma Judith, entre otros, quienes logran convertir a Holzer, primero en testigo del evento criminal, luego en sospechoso hasta dejar abierta la puerta de la caverna judicial para calificarlo de culpable.
“Y aunque Lucrecia estuviera muerta y Judith viva y triunfante, la determinación de ésta provenía solamente de la fuerza de aquélla” (p. 275).
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La intriga, el tejido que envuelve al personaje, podría ser parte de lo que el mismo narrador dice acerca de la política: “La política, tanto la antigua como la de nuestros días, es una cuestión de intrigas. La intriga es más poderosa que el dolor, y la política, la suma de todas las intrigas” (p. 90).
Y así, un país, un paisaje social que aparece en la mirada del narrador: “Por eso, a aquellos indigentes se les llamaba lateros o recogelatas. Pero eso era antes, cuando ser indigente era aún un oficio, antes de que llegaran familias enteras de trabajadores a comer de la basura” (p. 185).
La novela, de final abierto, deja abierta también la idea de que la novela vuelve a su inicio porque los tiempos narrativos así lo exigen: Lucian Holzer será juzgado y para eso deberá contar el cuento que ya le contó a su interlocutor anónimo. Es decir, ya la historia fue relatada. Queda ahora el castigo, que no aparece en estas páginas, pero que el lector podrá imaginar.
Para quien insista: ¿quién era el interlocutor, quién era ese Usted, quien era ese Tú? No era Tanabe, el amigo imaginario que también lo traicionó. ¿Acaso algún funcionario, la conciencia del personaje, la imagen de ese Ulises moderno que vive en un país disperso?
Queda el lector con la duda. Y como toda duda, espacio creativo, emprendedor.
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El primer diálogo comienza a aparecer (p. 162) durante un interrogatorio policial para iniciar las investigaciones de la fiscalía. Esta novela es más un extenso monólogo donde se cruzan parlamentos entrecomillados, lo que da pie para pensar que se trata del consciente o inconsciente del personaje Lucian.
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Del Bufalo es un narrador que cuenta desde la realidad, desde su ojo avizor, desde la mirada de quien es traspasado por la mirada del otro. Son muchos ojos los que lo miran, pero es un solo ojo el que lo juzga. El que lo llevará ¿a la cárcel?
Es un narrador que mantiene al lector en tensión. Su juego con el tiempo y el espacio hace que el lector se traslade de un sitio a otro con el personaje. Es el personaje quien lo lee. Es el personaje quien le permite al lector ser ese otro yo personificado en el mito, en el sujeto invisible con quien habla que también podría ser el monstruo que lo mira, ese al que pronto tendría que clavarle la estaca en el único ojo que lo martiriza.
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Un aspecto que llama felizmente la atención de este cronista es el contenido poético de esta novela a través de, así los califico, versos sueltos que podrían dar pie para un poema oculto también, invisible, secreto. Dejaré unos ejemplos para ilustrar:
“En ese precario resplandor, la sosegada maldad de los objetos perforaba el velo de la sombra” (p. 13).
“...la oscuridad y la falsa luz cubrían la realidad” (p. 13).
“Tampoco las sombras existen cuando todo está oscuro” (p. 14).
“...el fantasma de otro, un fantasma ajeno” (p. 22).
“Somos el ardiente patio del desconsuelo” (p. 29).
“...un amigo tan bueno que a veces parece un amigo imaginario” (p. 30).
“En mi cobardía no me atreví a devolverle el alma” (p. 35).
“Lucrecia se materializaba en mi mente como una inflamación” (p. 36).
“Las vetustas tuberías del edificio se quejaban como los intestinos de un gigante que nos había devorado” (p. 56).
“Había una ausencia que no se ausentaba, que no se ausentaría jamás” (p. 60).
“Mas la muerte no se puede pensar” (p. 70).
“Uno apaga la luz y de golpe se encuentra en otro sitio” (p. 73).
“...como si se me hubiese perdido el espíritu” (93).
“El miedo y el deseo son corrientes oceánicas” (p. 121).
“El ancho mar me mostraba, añil y soberbio, toda su nervadura” (p. 128).
“era un día sin ganas de acaecer” (p. 184).
“La verdadera luz no se ve, alumbra” (p. 193).
“...un objeto con dignidad propia” (p. 219).
“Nadie las mata, se mueren de realismo” (p. 250).
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El monstruo, la realidad que acontecía en la vida de Lucian, se expresa en este símil que arbitra la historia en dos fragmentos:
Porque soy como la mosca, soy como el fantasma, en fin, como Ulises, quien para lograr escapar de las fauces de Polifemo utilizó una increíble astucia que sobrepasaría en plectro las abusadas estrategias de la conspiración (...). Judith tramó mi destino con amor y aguante. También devino astuta y hasta más que eso, ficticia. Lucrecia no fue sino el tejido que mi esposa hiló y deshiló mil veces para hacerme retornar a ella, aun a costa de su propio ser... (p. 299).
Cegado aquel Polifemo, ¿cuál fue el destino de Lucian Holzer al entrar al salón del juzgado?
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