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El imperdonable perdón de las palabras

jueves 20 de marzo de 2025
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Allen Ginsberg
“Ginsberg, hermano mayor de la contracultura beat, profeta del horror, / si te vieras en un espejo, la imagen no sería más certera / en pleno festival de la muerte en este siglo”.

No digas tonterías, esto no es más que un poema
Allen, viejo Ginsberg,
muchacho, qué podrida está la podredumbre,
como si oliera a la Dinamarca de Shakespeare
y tu Aullido clavara un puñal de silenciosos lirios
y rojos claveles frescos al amanecer
de esta vieja historia repetida,
ahora con el conocido cuento de la libertad sin rumbo.
Es un tiempo donde el espanto acaricia los sentidos.
Es legítimo tu grito en el silencio de la oscura
noche de Denver, en Denver, Colorado,
donde los beat dan vuelta el reloj marginal de la historia,
jazz, jazz, un concierto para desoladas catedrales
de Denver a San Francisco, a mediados de los 50,
un eco vigente en el poema que amargamente
se reescribe en las calles espejo de una palabra
huérfana, dolorida, sorda, muerta, en pleno siglo XXI,
harta de drogadictos que sobre sus vacilantes pies,
suspendidos en la nada, se detienen en la miserable
miseria de sus sombras, a ojos del espanto
y balbucean sus pobres almas muertas en vida,
que vomitan sílabas vacías en sus bocas estupefactas.

 

2

Qué horror, Allen, esta realidad tan vulgar,
es casi una estrella que se pavonea en las grandes cities
que superan la modernidad, anestesiadas de desencanto.
Ginsberg, hermano mayor de la contracultura beat, profeta del horror,
si te vieras en un espejo, la imagen no sería más certera
en pleno festival de la muerte en este siglo.
Son tus pies y la poesía los que se arrastran por el mundo.
¿Quién se quiere perder este espectáculo
de macabros bufones que disfrutan de su ópera prima?

 

3

Son más, muchos más en un mundo que les ignora
y por encima de su muerte pasa el silencio con sus cadáveres,
sobre sus vencidos cuerpos y cabezas desconectadas de todos los sentidos.
No sé si son las mejores mentes de esta generación, Allen,
destruidas, diría, sin presente, ni futuro, ni memoria, perdidos
en la ruina que la muerte les convoca.
Anclados en un signo de interrogación sin respuesta,
quemando sus neuronas, arrastran sus carritos de supermercados
con sus últimas pertenencias, las sobras piadosas
de un capitalismo salvaje, sin piedad,
parecen asteriscos de una página llena de errores.
Una especie mal aclimatada, diría un biólogo
al elaborar una hoja de vida de un planeta moribundo
que agoniza enfermo en brazos del gran capital
que abanica sus bitcoins en tiempos de una supuesta
era dorada prometida.

 

4

Son, en verdad, un paréntesis de sus últimos días,
anclas sin puerto, garabatos gramaticales,
siluetas inconclusas que giran sobre sí misma y no lo saben.
No son ángeles, ni corredores de la bolsa, ni malignos cuerpos blasfemos,
gente común y corriente reventada por el sistema,
una cifra del gran total de la nada, miseria finalmente.
Este infierno tiene combustión propia, arde en cualquier esquina.

 

5

Nadie les verá como otra cosa que no sea ser parte del paisaje,
que les detiene frente a sí, sin tiempo, sin nada,
en la inocencia de no reconocerse,
de ignorar si existe otro espacio donde mal morir.
No alegan ni reclaman, se consumen en una antorcha
que no les ilumina ni sugiere un camino.
Ocupan unas cuantas calles, kilómetros a lo sumo, de grandes ciudades
en arrinconados paisajes urbanos, sin tiempo, islas, pequeños archipiélagos
marginales de olvido y automaltrato,
no he visto una pintura más espantosa y tan de época.

 

6

La suerte parece estar echada al basurero urbano,
el silencio de la muerte abriga sus noches frías.
Estamos viendo repetido en tu memoria este paisaje tóxico,
Allen, restos de cuerpos en naufragio,
la historia es un mero remedo de la vida,
se duplica rabiosa sin siquiera mirarse al espejo,
a veces, apenas respira, pero está ahí,
este siglo colérico, perverso, deshumanizado,
te ofrece en el mejor de los casos un hipotético
viaje a Marte sin retorno garantizado.

 

7

Un suspiro sería resignación, nostalgia no admitida, nada más.
Son las bisagras rotas, los espejos ciegos,
los huesos vencidos de estos cuerpos aniquilados,
que nos hablan en su mudo silencio existencial
y se consumen ante nuestros ojos como postales
que el terror envidiaría.

 

8

Oh, modernas, grandes ciudades, opulentas madonas,
matronas del urbanismo de hierro y cristal,
sus blancos, eternos pechos de mármol, firmes, deslumbrantes,
de oscuros presagios, anuncian una pantagruélica gastronomía
para habitantes cosmopolitas sin patria, cuyos hijos deambulan
comiendo en el gran basural de la historia,
el menú chatarra que dicta a la carta el siglo XXI,
sin una nota de jazz, sólo una partitura inconclusa.

 

Posdata

¿Has leído Aullido?, un Manifiesto de la contracultura beat
que estremeció la poesía, de mediados de los 50,
la vida, las drogas, los viajes hacia el más allá,
una explosión pública del gozo del cuerpo y los sentidos,
verdaderas tormentas de interminable placer
para describir a muertos en vida en búsqueda de todo y nada,
donde dejaron colgadas sus vidas, sin saberlo?
Un beat le daría a toda esta humillación, fracaso, más sentido
que una vida atrapada, tal vez, en la corriente de un río
imaginario, sordo, que arrastra un paisaje inexistente.

Rolando Gabrielli

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