
“Escribí para no desaparecer (...) habitado por la lluvia... y la palabra”.
Johnny Gavlovski
1
La poesía es un asalto, un instante que se vierte palabras, porque ella habita en otro lugar. Está escondida, asomada en un pensamiento que se va construyendo en la medida en que ella, la poesía, es abordada como imagen. Es decir, imagen. Siempre ha sido un personaje, un rasgo íntimo que se comunica con la conciencia o los sueños de quien, como dice Johnny Gavlovski, le llegó como un relámpago en medio de varias situaciones anímicas que lo condujeron a encarar lo que su interior le apostaba a decir.
Y así ocurrió, nació La lluvia que me habita, atornillado a varias secuelas verbales que lo condujeron a trasladar sus conmociones, sus tormentos, pero también su paz, a palabras que hoy leemos con mirada atenta, desplegada en cada texto, cada envoltorio sintáctico, verbal, que también nos lleva a decir que estamos ante un libro oficioso, trabajado a pesar de que el autor explica en el prólogo que le llegó sin saber, y ese sin saber es, precisamente, la poesía. No sabemos quién es ella, cómo definirla, para qué sirve, si nos salva o no, si seguirá con nosotros toda la vida o sólo será un momento, un pedazo de nuestra existencia.
La lluvia, esa persistente que cae, que nos derrama. Esa nube cargada de sorpresas, que nos cubre y nos apresura, es hoy y ha sido tema para extraerles a las palabras la poesía que nos convoca. En este caso, la lluvia vive en el autor, lo sorprende y lo moja con los sonidos que su propio espíritu define y conjuga a través de tres momentos que ha vivido.

2
En el poema que le da nombre al libro, el poeta es gota verbal. Asume que “sin aviso / llega, / abre el silencio / donde todo // con tacto adormece / habita sin prisa / calmado / acunando / calmando / el pulso secreto / de los pensamientos...”.
Digamos que el poema asume el control del poeta, lo revisa, lo calma, lo adormece, lo hace su súbdito.
Y como afirma Matthew Arnold: “La poesía es, en el fondo, una crítica de la vida”, razonamiento que recorre todo este libro de Gavlovski.
En ella, en su poesía, nos vertemos encuentro repentino, como la lluvia, como ese agosto que “lo devuelve al origen”, al relato de los momentos que conforman la estructura anímica de esta publicación que la editorial LP5 ha puesto en nuestras manos.
Y sigue en el mismo poema: lo retorna “al brote de la tierra”, como un nacimiento, como arbusto alimentado por la lluvia, por esa metáfora líquida que se apersona en esta aventura escrita: volver a respirar con palabras lo que la existencia le ha ofrecido. Por eso, “se abre / ofrece vida / semilla / que en cada paso / germinamos”.
El poeta es igualmente una voz bajo el torrencial de agosto, como podría ser un hombre sin paraguas mientras los truenos abaten sus oídos y los cristales de los edificios tiemblan.
Imaginar desde el poema nos permite recrear, permutar, rehacer el texto, he allí la bondad de la escritura, y esta de Gavlovski facilita esa condición: ser partícipe de su hermosa pero a la vez reveladora imaginación verbal.
Y es la lluvia su hábitat interior cuando dice: “me deshago / gota a gota / soy pulso / savia / ofrecido el brote mío”; reitera ser semilla, embrión, cuando escribe: “germino / en cada silencio (...) pliegue en la sombra de los / que fueron pensamiento...”.
El silencio es una constante en este libro. De él emanan las palabras que vuelven al silencio, a la sombra.
Nerval, el que se colgó de un poste de luz para eternizarse, llegó a expresar que “la vida de un poeta es la vida de todos”, como esa lluvia que habita a Gavlovski, pero que también lo deshabita, lo vierte en la corriente del tiempo: “la lluvia me habita / y suelto / suelto / no hay regreso / sólo esto que respiro // y si digo alga queda / en el desvío / que será la hondura de instante...”.
Quise comenzar mi lectura con este texto porque reúne ese “desvío”, esa multiplicidad de imágenes de quien sin ningún tapujo declaró en el prólogo cómo había surgido la idea de escribirlo, de trazar tres experiencias, tres momentos. Y aquí en este título se inscribe esa idea, ese tanteo, esta aventura producto de esos momentos en la vida de Johnny Gavlovski.
3
Viaje largo por este sendero de quien conversa con los lectores, de quien no se hace a un lado para expresar lo que su pasar por el mundo le deja como herencia, como respaldo interior convertido en sonidos, en voces que se unifican y se hacen poesía.
En varios textos la palabra nombrar se afinca en el lector curioso. Es como una búsqueda permanente de un quién o un alguien que habita —también con la lluvia— el alma del poeta.
“Eres / con lo que te nombras / remordimiento / olvido / llamarada / que no busca quemar / sino volverse humo”. Ese “eres” es un símbolo, un sujeto que ha estado siempre en todas las vocales y consonantes del autor. Por eso mira al pasado, se busca en sus antepasados. Por eso “recorro mi herencia / en este cuerpo / llamado / polvo de hogar”.
Y el silencio, la constante, continúa su avance en el texto, en este que nos arrima el autor: “lo que no se dice / torna caminos / descalzo (...) ser sin nombre el tuyo / el mío / de nadie / ninguno / silencio”.
Como un ahogo, un poema repite las palabras, las enumera una y otra vez, hasta el término, hasta ese largo sin fin que se determina ajedrez de voces repetidas como para buscar que el silencio se deshaga de él mismo.
La ausencia, una cara que ya no está, y de nuevo: “olvidan el nombre / del rostro / que exige regreso (...) donde ‘el silencio / se alza como un dios’ (...) es la máscara que no puedo nombrar”, “el rostro que me habita”.
Por sus párpados se pasea Fedor Dostoyevski, quien se aposenta en su dormitorio, en el techo, en las paredes, en los sueños, quien “me escribe con sangre de tina / lo leo / al revés y entiendo / todo / demasiado”.
El cielo, un animal de metal que rebota en los oídos, en esa “lluvia” de ideas que posibilitan el todo de este libro, una metáfora que no se detiene: “disparos / en la sien del silencio”, y así, “Cada guardián. Cada silencio”, y el dolor: “me hago monstruo / para que nadie cruce / mis heridas” al enhebrar la oración a Jericó: “sueño sin ley // la extrañeza familiar”.
En medio del desvelo, una vez más: “te nombro / en la vigilia que me atraviesa // en el ritual del insomnio”. Una fecha nos recuerda el terremoto de Caracas de 1967 y la presencia de un símbolo, de una grieta que permanece “quieta / nada decía (...) la grieta no era colapso / era resto / recuerdo, puerta...”, allí está la infancia, el niño que anhelaba huir de casa. Esa “...infancia (que) se disolvió en la superficie / líquida”.
Un viaje en el tiempo, un viaje habitado por tantos recuerdos, en el que la lluvia es una justificación, un consuelo, la pronunciación del tiempo ido en “Casa prestada”: “nombrando / cajones / vacíos // todo lo amontonado se inclinó hacia el silencio: las cartas, las huellas / los temblores de la infancia // la casa prestada / se revela”.
Un intermedio invoca otra respiración: “Apuntes de Selene en obsidiana hacia el amanecer”. Y así, una imagen bíblica: “en el principio fue el caos / negra la mirada // luz líquida / entre sus grietas / respira la roca // la mirada revela / en el camino del silencio / la sabiduría antigua / acaricia en secreto / cada pliegue del alma”. La luna danza ante quien escribe, ante quien sueña. Y es “la hora del lobo”, la hora del aullido del poema. En este que dice de Selene: “la piedra habla / el filósofo responde // habitas la grieta / sin romper el misterio”.
Entonces, habitado por la lluvia y las palabras, nuestro autor se desenvuelve en una segunda parte. Ya es el sol, el día que nace. “abro los ojos // no hay cuerpo / sólo esto que se balancea / que respira conmigo / que me nombra // crece / en la vastedad callada del silencio”. La insistencia del nombrar y el silencio.
Al volver al poema que le da nombre al libro nos topamos, una vez más, con el sustantivo adjetivado: “en el abismo / de mis pupilas / / eco de todos los demás // silenciosa / la lluvia / me habita”. Aquí está la médula de estas páginas, desde las cuales lo callado se arrima a otra lectura: “acaso la vida / sea un verbo / un cuerpo / conjugándose / en el dulce temblor / de nombrarse”, y sin ningún recato “pedir silencio / a la tormenta”.
Desde el recuerdo del prólogo esta declaración: “escribo / una historia / indescifrada // quiere nombrar”.
4
Una imagen que sacude, que descubre el dolor, ese instante que a veces no cesa: “misterio / que habita / el recuerdo // confunde / su herida / con la llaga” y “el contorno // conjugándose en silencio”.
En el prólogo/noticia del libro El hacer poético, Julio Ortega, con la colaboración de María Ramírez Ribes (Monte Ávila Editores, 2010), expresa: “La poesía acontece, siempre, en el futuro, en el horizonte de una lectura en construcción (...); la poesía sigue albergando la fe que nos nombra”. De esta manera el nombrar o no de la poesía de Gavlovski es una insistencia que pregunta, que indaga, que hurga en el misterio, en el tiempo que no ha llegado.
Nuestro autor vuelve la cara hacia la calle, critica una realidad, la envuelve con palabras sin adorno alguno: “elijo mis batallas // atrás / los huérfanos del mundo / escarban / mendrugos de vacíos” y sigue “donde el silencio se pliega al trayecto (...) “así / la tierra guarda mis silencios // y el Ávila no está lejos / sino aquí / adentro / desde el horizonte derramándose”.
Pero, siempre ese pero, esa porfía: “algo que aún no puedo nombrar”. A veces la poesía se oculta, no se deja tocar, desconoce el lenguaje.
En un viaje al otro lado del mundo, la voz del poeta retorna a la imagen leída al comienzo: “cuando la palabra germina en la tierra”, y un antiguo templo en la penumbra dorada de un espacio que lo empuja a despertar “sin abrir los ojos”.
En una aclaratoria, el segmento “La vida se revela” informa el autor que fue traducido al chino mandarín por el poeta Yongbo Ma.
5
En “No era mío el temblor”, el autor afirma que “todo se disuelve // eran míos los ojos cerrados”, y para concluir, para llegar al fin de aquella retahíla donde las palabras ahogan y desahogan, habla nuestro autor de sus treinta años, de los “años (que) reposan / en nuestras espaldas / en la curva del hombro (...) treinta años / que laten como siglos”.
En una posdata: “llego al punto / donde el lenguaje / se quiebra (...) el tiempo deja de ser línea / justo allí // me encuentro”.
Esta lectura conserva las características de lo escrito por el poeta en el prólogo. Una lectura al desgaire, una lectura gozosa libre de ataduras.
- Huerto de lirios, de Rosana Hernández Pasquier - lunes 20 de abril de 2026
- El alma por la boca, de José Iniesta - lunes 13 de abril de 2026
- La seriedad del niño que juega, de Florencio Quintero - lunes 6 de abril de 2026


