
1
En el escrito de su heterónimo Juan de Mairena, el poeta Antonio Machado afirma: “No decimos gran cosa ni siquiera (lo) suficiente cuando afirmamos que al poeta le basta con sentir honda y fuertemente y con expresar duramente su sentimiento”.
José Iniesta ha revisado, desde su memoria cultural, desde una tierra poética y prometida, la voz de Machado a través de tres epígrafes que hablan de la actitud de quien se acerca a la poesía y logra alcanzar ese cielo verbal tan ansiado. Si bien Mairena, el maestro, suscita en Machado esa afirmación, es porque Iniesta ha entrado en los sentimientos de una forma de hacer poesía. Aquí, en este libro, El alma por la boca, editado por Pre-Textos en su colección Cruz del Sur y con el patrocinio de Sara Girri y José Gallardo, estamos frente a una pieza literaria que canta, que rima a través de tercetos y cuartetos hechos, precisamente, para entrarle al cante con el alma en la boca y el espíritu en las manos, las de escribir y las de llevar el ritmo de las letras y la música. Machado, aquel que se nombraba Mairena, es su propio fantasma en medio de la alegría de esta poesía donde la vida, el amor y la muerte le envían mensajes a Dios y a los hombres con la idea de que no se olvide de dónde viene y hacia dónde va.
Esta es una poesía que se lee con lentitud para extraerle el zumo, los significados a cada respiración, corta respiración que invita a hacerlo hondamente para poder expresar esos sentimientos que animan el cuerpo y sus adentros convertidos en instrumentos se concatenan con los mismos versos. Tres o cuatro versos representan un mundo, una metáfora de lo breve, lo cual indica que en lo breve está la extensión, la inmensidad del pensamiento.
Es decir, José Iniesta se descubre en el alma de Antonio Machado, en la tierra que los vio nacer, en el barro que los instaló en la historia de la poesía española. Machado es una obligada referencia que, como señala el poeta venezolano Harry Almela en el prólogo para el tomo Discurso de ingreso en la Academia, libro que también contiene “Del cuaderno de Los complementarios” y, por supuesto, el discurso, editado por la Liebre Libre (Maracay, 1997), lo siguiente: “Agudo como en todo lo demás, Machado realiza aquí un ejercicio de filosofía, declarando su confesa formación bergsoniana y su vasto conocimiento de Kant y de Hegel”. Más adelante, como para ablandar la piedra, Almela deja escrito: “En España se tiene como pauta para medir a una persona culta, el haber conocido a Machado antes de que Joan Manuel Serrat musicalizara algunos de sus poemas”, pues ahora nos toca leer y cantarlo desde la poesía de José Iniesta.

2
El libro de José Iniesta está dividido en tres secciones: “Alejándome de mí”, “Entre el amor y la nada” y “Maneras de ser el viento”, donde desahoga todo su talante poético para reconocerse en Machado desde la estructura y los decires que usa. Vale expresar que los versos de tres líneas superan los de cuatro, razón por la cual el tres debe tener un significado especial en el canto, suerte también de aforismo muy castizo que atrae al lector y lo hace reflexionar.
De entrada, el epígrafe que usa nuestro autor dice “Este placer de alejarse”, mientras Iniesta se acerca a la poesía de Machado, como una manera de hacerse de su tono, de su tesitura, y volcar toda su curiosidad en el viejo poeta español.
Para ilustrar al lector este cronista dejará para su consideración textos de Iniesta que seguramente alegrarán el espíritu de los que se acerquen a este libro. Con El alma en la boca el título lo dice todo: por la boca emerge el alma, es decir, una poética del aliento estético del también autor hispano.
Yo escribo para encender / candelas en mis entrañas / y en las prisiones del ser
jamás me sucede nada
se me desvelan mis vidas
donde yo estoy acabándome
hacia qué noches sin lejos
lo pequeño y lo infinito todo cabe en nuestro pecho / y el vértigo de un abismo
sin fin por la polvareda
Por no saber dónde ir
No sé de mí qué va a ser / cuando se acabe el camino / y ya no sienta esta sed
¿Y quién me lo iba a decir / que después de tantos pasos // me alejaría de mí?
Nada sé
Yo buscaba mi sentido
porque me siento muy solo
Donde no quiero llegar / me llevas tú, porvenir / a la muerte. ¡Qué arenal!
3
Largo es el camino que la poesía de Iniesta traduce. La muerte es un síntoma, una marca que queda en cada verso, en cada instante de su respiración. Cada verso es como un ahogo. No obstante, “alguien” aparece en sus palabras, alguien que se aleja, que se le extravía ante los ojos.
Y sigue su más adentro cantando: “De tanta niebla en el alma // no reconozco el camino, / ni dónde se halla mis casa” (...) “de no saber dónde vamos”.
Esta voz que se busca en ella misma, la que se canta para ser oída, nos permite pensar en una profunda pena, en ese cante que desnuda —precisamente— el alma desde la boca que la nombra. Esa soledad atestigua en el poema: “Mi novia es la claridad // el misterio de los pasos” (...) “Sé que me voy a morir” (...) “Sé que el silencio no existe” (...) “No soy nadie al caminar // Ni mi gente conoce” (...) “Entre dos nadas / silencio”.
Se niega el yo, el alma, se niega y se reafirma al hacerlo. “La vida es un contratiempo” (...) “ayer vine a levantarme // hoy no sé dónde caerme”.
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Suena el eco de Machado: “La imagen aparece por un súbito incremento del caudal del sentir apasionado y, una vez creada, es ella a su vez creadora...”, y así lo deja leer, ver, mirar, cantar Iniesta, quien apegado a la tradición de la poesía castellana se acerca a Machado para él pasar a ser ritmo y movimiento, pasión y lección acerca de la vida, el amor y la muerte.
Machado, una vez más, abre la puerta: “Ninguna voz es la mía”, e Iniesta se abriga con “mis vidas cansadas” o “increíble me parece / que este dolor en mi sangre / se contenta cuando vienes”, y se pregunta, como lo habría hecho Machado: “¿Yo quién soy en el camino?”, y así, “vengo herido de muerte / porque he mirado tu boca”, esa boca por donde sale el alma, por eso “Ni deseo que amanezca”, y entra en lo oscuro: “El misterio es lo que canta”, como si le insuflara fuerza a su propio eco, al canto que construye.
Una bella imagen lo consagra: “Jamás te cerré la puerta. Me duele la madrugada”, y para desdecirse: “Yo te puedo prometer / la aventura del camino”. Una vez llegado a “Maneras de ser del viento”, el poeta no descansa, continúa su canto a la intemperie que se hace verso, verbo, canto, danza, revelación: “Qué pena más grande tengo / En el discurso del viento”, y prepara un final silencioso y sombrío: “por el polvo de mis huesos” (...) “Iba a oscuras de mí mismo / me respondió el horizonte”.
Sísifo, el mito, se nos hace verso en Iniesta: “La montaña que yo subo al poco que estoy bajando con la carga de una piedra”, y no deja pronunciarse, como una vez Machado: “Soy lo incierto”, y para dolerse: “Malherido voy de sombras”.
Este libro de Iniesta hay que leerlo en voz alta, musicalizarlo, darle la fuerza de la voz para que sea oída en todos los ambientes. Canta el poeta, escribe y deja la marca.
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